Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Ultima crónica: La Historia ha muerto, viva el Rey     
 
 Gaceta Ilustrada.    20/11/1975.  Página: 46-47. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

CRÓNICAS DE LA TRANSICIÓN

Por Ricardo de la Cierva

Ultima crónica:

La Historia ha muerto, viva el Rey

LA historia no se detiene: pero se remansa. En algunos momentos estelares la ´historia de una nación, identificada con una vida, viene a dar en el mar que es el morir; y entonces parece que termina cuando en realidad nace como tal historia.

Estas crónicas deben terminar hoy, mañana del veinte de noviembre de 1975, al confirmarse la muerte dé Francisco Franco; Ja muerte que todos adivinábamos en el parte médico del miércoles a las dos menos cinco de la tarde, donde se traslucía que el abnegado equipo de doctores se daba, tras un mes largo de tensión increíble, por vencido; y que esperábamos ya desde media tarde quienes pudimos conocer la inexorable rectificación del electroencefalograma.

Pero ni esta casa, ni esta revista ni esta sección pueden saludar a la nueva época, ni al nuevo Rey con la torpeza de llamar transición al comienzo de su reinado, que es, por encima de todo, horizonte.

No es que se interrumpa el proceso histórico. Nos asalta sin remedio, en estos instantes, la imagen del río. En la España de los torrentes y de las sequías los cambios de época se jalonan, demasiadas veces, mediante despeñamientos y cataratas; pero ahora no va a suceder asi. El siglo y medio de nuestras guerras civiles se incorporó de manera irreversible a la experiencia histórica de las comunidades españolas hacia 1950; justo cuando el hambre y el analfabetismo desaparecían para siempre como lacra y lastre de nuestra historia y de nuesta vida.´ Convertida en activo histórico de consecuencias insondables, esa doble transformación constituye la baza principal con que Francisco Franco Bahamonde se enfrenta, desde hoy mismo, con ese juicio de la historia que él invocó conscientemente, constituciortalmente, desde los primeros momentos de su acceso al poder supremo

El último mensaje

LA historia ha muerto. Hasta hoy hemos hablado de Franco como persona, como época, como acierto, como error; pero él podía leer nuestras opiniones, y de hecho alguna vez ha corregido personalmente al margen nuestras páginas. No era solamente un protagonista; era también un testigo viviente, que una mañana, por ejemplo, quiso aclarar de manera definitiva, sorprendente, el trascendental encuentro de Primo de Rivera con el Ejército de África en Ben-Tiéb; que otras veces callaba y otorgaba; que otras subrayaba con cierta ironía paternal la gran evasiva: -Desde el gabinete de un historiador treinta años después se comprende muy cómodamente el error de la batalla del Ebro».

Pero todo eso preparaba la historia; revolvía y depuraba los materiales de la historia; no era la historia. La historia, para nacer, debe morir. La historia contemporánea encomendada a mi generación se abre en los primeros días de 1875, con el advenimiento de la Restauración, que trataba de cancelar los ciclos excluyentes y agónicos del siglo XIX; se cierra -el 20 de noviembre de 1975, con el final de una época que es a la vez el principio de otra. Serán nuestros hijos —que viven atónitos la muerte de Franco— quienes historien el reinado de don Juan Carlos de Sorbo n. Nuestra tarea queda hoy delimitada definitivamente; investigar, analizar y entregar a los españoles la historia del último siglo de España. Se nos acaba de morir entre las manos la historia como experiencia, como coexistencia, como vida; la historia ha muerto para empezar de verdad.

Y tía muerto con la sobrecogedora aparición del presidente Carlos Arias Navarro ante las pantallas de Televisión Española a las diez de la mañana del 20 de noviembre. Su presencia era ya, desde el primer

secundo, tina lección. Su voz prolongaba hacia el futuro, en minutos y quiebros imposibles, la actitud y la voz de Franco. Cuando llevó su mano al pecho en busca del mensaje postumo de Franco la tensión histórica alcanzó, estoy seguro, el nivel de los momentos esenciales en la vida de un pueblo. El último mensaje: el testamento, la decantación de toda una vida, la comparecencia simultánea ante Dios y ante el pueblo. Primero, ´la adivinación táctica de la muerte; porque la clave de todos los éxitos del viejo soldado fue siempre e! sentido de la realidad táctica, y no le iba a fallar este sentido en su última batalla, frente a su último enemigo. Inmediatamente la aceptación serena; el testamento entregado a Carlos Arias. £1 último mensaje; que leído ante las cámaras —asombrosamente leído, maravillosamente transmitido— se convertía en la última victoria táctica de Franco contra una muerte que sólo (e ha podido vencer en el terreno logístico; mientras esta última victoria nos hace sentir otra vez la esperanza de que la confrontación definitiva, la estratégica, pueda plantearse y dirimirse también como una victoria.

La clave personal del mensaje, la confestón no sólo religiosa sino cristiana; absolutamente sincera ante la muerte, acogiéndose a la Iglesia. La clave histórica, preservar sus dos grandes lecciones: la unidad y la paz. La clave política: evitar los personalismos en la etapa trascendental que ya vivimos; y transferir todas Jas lealtades históricas al Rey. AI futuro Rey, dice Franco, ya dentro de la historia; porque hasta el último instante ha mantenido en sus manos agonizantes no ya el poder, pero sí el sentido del poder en que se interpretó, desde 1936, su permanente sentido de servicio. La referencia al Rey y la expresa alusión a la pluralidad de las Españas insertan en el futuro, mucho más que en el pasado, el testamento y e! mensaje de Franco; que nos deja todas las posibilidades para ese futuro, sin mengua de lealtad histórica alguna.

La historia ha muerto. La historia se hará. En medio del mes de agonía y angustia, que en algunos instantes parecía derivar al estupor y al esperpento, la historia de Franco clamaba por un final digno de Franco. El propio Franco se ha encargado de marcar y hasta de dictar ese final, tía sido gracias a Franco y a Carlos Arias, un final digno de esa historia, digno de esta España. Franco, la historia, ha muerto. Tiene ya su paz. Descanse en nuestra paz.

El último análisis

PERO, aunque sea la última, ésta es una crónica; y no puede refugiarse sólo en la evocación. Cada semana, a lo largo de este esfuerzo, hemos pretendido decantar, filtrar, concentrar y precipitar la noticia clave. Esta semana han aparecido claves múltiples; que no cabe desdeñar, aunque sólo puedan resumirse en la acotación rápida de su trascendencia. Sobre el Sahara lo ha expuesto todo Piniés; lo había predicho todo González Casanova; y lo ha sentenciado todo Mingóte, en la cumbre de su genio, el 16 de noviembre: «¿Quién podía sospechar rué esto no era una provincia?».

El ministro Carro intentaba, en un Pleno de las Cortes que estaba allí, pero ausente, una racionalización.. Yo me atengo a Mingóte. Eso sí; parece probable que el Gobierno haya actuado, en sus últimas decisiones, correctamente ante una situación tristísima, que culmina un proceso descolonizador planteado y ejecutado —allá desde ios años cincuenta— con una serie secreta de errores, torpezas y hasta desaliños.

Todo esto había que terminarlo sin deshonor; aunque con el inevitable tributo a los errores políticos ajenos y propios, a las debilidades políticas exteriores nacidas del desconcierto interior. Con mirada histórica todo esto me parece el gran fallo de la «unidad de poder y coordinación de funciones». El conjunto de nuestro proceso descolonizador parece más bien «discordancia de poder y confusión de funciones». Pero el caso es que el Príncipe salvó, con el Ejército, el honor del Ejército y de España; y que el Gobierno ha utilizado sus cartas marcadas con decisión y dándosele una higa de las Naciones Unidas (o como dicen ahora todos los cursis juntos, de Naciones Unidas.). Quiera Dios que Mingóte haya puesto el punto final a la dialéctica vietnamita del asunto; que no lo veo tan seguro, por desgracia.

Segunda clave: la señal de alerta dada por Sindicalismo, transmitida certeramente por Ya: diez mil millones al trimestre de evasión de capitales. ¿Cabe mayor cobardía histórica en estos momentos? Consta personalmente a este cronista la disposición patriótica ele buena parte de nuestra clase empresarial, y de casi todos nuestros dirigentes de la Banca y las grandes líneas de Ja economía privada. Pero tampoco faltan, por desgracia, las ratas cobardes que sustraen a nuestro pueblo recursos vitales en momentos de crisis económica, de cambio político, de transformación histórica, y sobre todo de angustia social provocada por el paro creciente, la ineludible, pero gravísima subida de precios, la incertidumbre en el empleo. Esta torpísima evasión, suma y aliviadero de tanto egoísmo cobarde, debe ser atajada de manera ejemplar; porque sospechamos que no le faltarían al Estado recursos para ello, si se decidiese a abordar el problema caiga quien caiga. Y tal vez bastarían unos cuantos ejemplos significativos para cortar la sangría y hasta para provocar el reflujo. Si se confirmase la tolerancia o ía desidia en tan vital problema la culpa no recaería solamente en los cobardessino también en los negligentes.

Y por último el discurso de don José Antonio Girón de Velasco en Asturias. Un editorial de Ya ha aludido al «espíritu de inmovilismo que a nuestro juicio trasciende de él». Preocupa a este cronista que los medios afectos al señor Girón, entre los que destaca, como ya se anticipaba en la crónica anterior, nada menos que Televisión Española, se empeñan en resaltar encima el carácter moderado de esta nueva comparecencia gironiana. Naturalmente que el señor Girón tiene pleno derecho a exponer sus opiniones; por lo que espero que no nos negará a los demás el pleno derecho a discrepar. El señor Girón ha frenado sus ímpetus y ha pretendido sinceramente la moderación. No ha convencido más que a !a respetable cohorte de sus incondicionales. El señor Girón es una figura histórica que traía —con todo derecho— de proyectarse hacia el futuro. No creo que lo consiga, y si lo consiguiera sería todavía más grave. Lo que me preocupa en el discurso del señor Girón no es su inmovilismo real en medio de su apertura aparente; todo eso ya lo sabíamos. Lo que me preocupa es su múltiple, casi obsesiva referencia a los propósitos de quienes «proponen el aniquilamiento del Estado y sus más fieles servidores». Unas líneas más abajo repite: «Lo que no se puede tolerar es que se pretenda la destrucción y aniquilamiento de quienes hicieron posible el Régimen». Piensa el señor Girón que alguien pretende su aniquilación. El señor Girón tiene acreditado su valor a través de una larga historia personal y política; y encarna ese valor en una alta condecoración militar, ganada a brazo partído en primera línea. Pero su indudable valor personal y acreditado valor .político sirve de portavoz a los temores históricos del bunker y de la gran derecha española infiltrada por la extrema derecha que no se resigna a abdicar un monopolio de poder detentado durante cuatro siglos. Esa es la entraña del discurso y del inmovilismo real. Lo demás —la renuncia a la revolución pendiente sustituida por algo tan esotérico como «la revolución exigible»; la proclamación verbal de libertades teóricas mientras se designa simplemente como «dorados señuelos» a las libertades Fundamentales, el desbordamiento retórico y las invocaciones al «impropicio dios del grisú»— no es más que una acumulación de legítimas nostalgias y de inútiles obstáculos a la democratización que •pide la España de hoy. Dentro de la cual, como testimonio y como posibilidad política cabe, naturalmente, e! señor Girón y cuanto él representa. Pero dentro de un juego diferente, sin monopolios impuestos por el inmovilismo. y con la fuerza que le confiera la aprobación que logre recabar del pueblo español en competencia con las demás fuerzas políticas del país. Nadie pretende excluir al señor Girón ni menos aniquilarle. Lo que pretenden quienes no están de acuerdo con él es que el señor Girón y cuanto él representa no les excluya ni les aniquile a ellos.

El Rey

TERMINA . así, en la misma brecha informativa con que se inició la serie, esta última crónica de la transición. Se alza despacio en el edificio de ias Cortes españolas el estrado para el Rey. Juan Carlos de Borbón, e! sucesor más preparado políticamente de toda nuestra historia moderna y contemporánea, vive ahora sus vísperas con toda la conciencia de su misión. Sabe lo que quiere y también lo que puede. Está probablemente sometido 3 presiones altísimas que mueren entre las encinas de la Zarzuela. Su misión histórica no va a consistir solamente en continuar lo que deba continuarse, ni sólo en innovar, ni sólo en reanudar. Su misión arbitral consistirá, por encima de todo, en asegurar la viabilidad del campo de juego.

No será simplemente un poder moderador ni un arbitro; su abuelo don Alfonso XIII, inteligente y digno Rey de España, pensó que el arbitraje podía ser en cierto sentido una función ajena al juego y por eso dijo en 1918 qui si no se cumplían ciertas condiciones estaba dispuesto a abandonar. Con enorme alivio podemos comprobar todos que don Juan Carlos no va a sentir jemas la tentación de abandonar; porque ha superado, en los últimos años, ocasiones más difíciles de las que llevaron la duda ai ánimo de su abuelo. Franco ha sido, además de una persona, una época; Juan Carlos —cuyo reinado efectivo empezó frente, a sus oficiales en El Aaiun— será, además del Rey, la Corona; además de la persona, la institución.

Han bastado unos días para que todos pudiéramos comprobar su absoluta inmunidad al chantaje político.

El bunker ha pretendido echar sobre sus hombros hipotecas que no le corresponden; algún sector de la izquierda le perdona generosamente sus vinculaciones históricas y le concede magnánimamente", como si hablase con un maletilla político y no con el heredero de cien Reyes y veinte pueblos, una oportunidad.

Pero la oportunidad del Rey somos todos; la oportunidad se llama España. Esta no va a ser su aventura, sino nuestro camino. Su éxito y su fracaso van a ser los nuestros. Ni él está al margen de nosotros, ni nosotros al ´margen de él. Vamos a ayudarle todos a que presida —utilizo conscientemente el verbo— el intento definitivo que tan bien planteó Cánovas, pero que falló, primero, por la agresión exterior de un imperialismo inconsciente; segundo, porque si bien asumió e integró a los adversarios de la víspera, no logró adivinar que toda una clase inmensa y desheredada, pero, no enemiga —¿cómo van a ser enemigos de España los pobres de España?—, necesitaba y exigía su puesto en la vida social y en la vida pública.

El Rey de 1975, que cuenta además con la presencia callada, captada perfectamente por el sexto sentido secular de nuestro pueblo, de -una Reina europea y mediterránea, perfecta traducción española de su palabra materna — sofrosyne— que sólo puede explicar a los españoles a través del seny catalán, conoce su oficio, su objetivo, su misión tan difícil corno necesaria. Sabe que la historia ha muerto, presta a revivir en la suya. Sabe que España está con él. Entre esos mismos encinares de ´la Zarzuela que ven morir, sin acercarse siquiera, las intrigas y las presiones, contempla el Rey cómo se anuda serenamente, sin gritos, sin signos de admiración ni de adulación, todavía con mayor certeza histórica que esperanza, y más como un deseo que como una invocación ritual, el lema para una historia naciente: Viva el Rey.

Lectio brevis

Al cerrar el ciclo cíe estes treinta y ocho crónicas de la transición debo agradecer, por encime de todo, a mis colegas, la continuada e inmerecida atención con que ¡as han comentado y acogido en sus páginas. En el lugar de honor de mi despacho, que no es más que el abigarrado despacho de un periodista de filas, está desde hoy el álbum de recortes más preciado de mí vida; esos recortes que me han alentado a seguir en medio de la tensión que nos ha cercado y nos ha invadido a los hombres de le prensa, hasta que hemos dado con la imposible receta de enseñar al país nuestra experiencia de convivir con ella. Agradezco de corazón ¡os comentarios elogiosos; y comprendo también las posiciones personales y políticas de quienes han querido contribuir con su discrepancia a la difusión de estas meditaciones en voz alta.

Por si no ha quedado claro en 5/ texto quisiera que las últimas palabras de esta lección, de esta crónica, de esta serie, fueran de agradecimiento personal y político al Presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, en cuyo rostro demudado hemos podido ver todos esta mañana la huella y el dolor de la transición. Desde aquí se le ha tratado siempre con todo respeto, pero también con todo rigor. La transición tiene un nombre: el suyo; o mejor, el nombre de España interpretada por él. Sus planteamientos, sus angustias, sus vacilaciones, sus errores y sus aciertos serán un día capítulos en la historia de una misión imposible, pero necesaria; cuando estas crónicas se conviertan en historia. La última contribución de Carlos Arias en este mes largo y desquiciado con que termina una época se resume en une sola palabra: dignidad. En medio de la duda y la incredulidad y los rumores y los nervios perdidos él ha entregado a España, con su rostro hundido, avejentado en mes de una década, la suprema lección de su dignidad. Estas crónicas se abrieron con la dignidad de Torcuato Fernández Miranda en la noche del asesinato del almirante Carrero; re cierran con la dignidad de Carlos Arias, con su sereno desfonde al leer las últimas palabras de Franco.

Gracias a hombres como ellos España continúa.

GACETA ILUSTRADA —

 

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