Autor: Gavela, Daniel . 
   Lección andaluza     
 
 El País.    31/10/1980.  Página: 24. Páginas: 1. Párrafos: 22. 

EL PAIS, viernes 31 de octubre de 1980

La lección andaluza

DANIEL GAVELA

Casi ocho meses han tardado nuestros políticos en poner fin al contencioso andaluz. No es la suya,

evidentemente, una hazaña de especial renombre, ya que en el tiempo invertido por ellos en reencontrar la

vía del artículo 151 de la Constitución y retornar al punto de partida, Colón habría descubierto hasta tres

veces América y aún le hubieran sobrado algunos días. Sin embargo, sería injusto afirmar que la

experiencia ha sido inútil, porque gracias a ella y a pesar del barullo de todos estos meses ha servido para

arrojar un poco de luz en la confusa España posconstitucional.

Habría valido la pena el referéndum andaluz aunque sólo fuera porque el 28 de febrero constituyó la más

importante revalorización de las urnas como procedimiento eficaz para dilucidar las confrontaciones

políticas en un país en el que casi la mitad del electorado se había vuelto ya de espaldas y en el que las

bandas de iluminados esgrimen las metralletas como sustitutivos de la voluntad popular.

Pero el 28 de febrero no fue sólo el gran triunfo de las urnas sobre la arbitrariedad y de la imaginación

frente a la prepotencia. Gracias a él estamos en condiciones de conocer mejor las limitaciones de nuestros

gobernantes —incluidos los que gobiernan desde la oposición—, y siempre es bueno saber con quién nos

gastamos los cuartos. Gracias a él también se ha llenado de contenido la oferta autonómica para el resto

de España y ha quebrado el modelo inicial al quedar reducidas las distancias entre nacionalidades y

regiones tras las sucesivas entregas del Gobierno para hacer atractiva la vía del artículo 143 a los ojos de

los andaluces. El atrincheramiento de las fuerzas políticas de la oposición en el artículo 151 permitió que

hoy sean otras regiones las que recojan los frutos.

Fue un gran privilegio vivir de cerca el 28 de febrero y los días que le precedieron; asistir —no dando

crédito a lo que veían nuestros ojos y a lo que escuchaban nuestros oídos— a toda una maniobrà de

aplastamiento de los procedimientos democráticos, nada menos que por el Gobierno de la nación, con el

fin de hacer prevalecer con los procedimientos más innobles una opción legítima, la de UCD, frente a

otras que no lo eran menos. Por eso fue más grande la victoria de los andaluces, porque la medida de las

victorias la dan el enemigo y los, fines por los que se lucha.

El enemigo eran el partido del Gobierno y el Gobierno mismo, no porque defendieran la legítima opción

del artículo 143, sino porque en un referéndum por ellos convocado predicaban la abstención. «Andaluz,

este no es tu referéndum», decía Lauren Postigo machaconamente desde la radio. «Y bien, entonces, ¿cuál

es?», se preguntaban los andaluces. Desde el Gobierno se intentó boicotear una consulta popular que las

Constituciones reservan para las grandes ocasiones, en las que se quiere evitar que los representantes del

pueblo adopten acuerdos sin consultar explícitamente con el cuerpo social.

Pues bien, en ese preciso momento el Gobierno se dedicó a combatir la única institución de democracia

semidirecta que resta en los sistemas políticos modernos con toda su artillería. Las hemerotecas ahí están,

por si la memoria quebradiza de los humanos ya no recuerda aquella pregunta antològica, el recorte de la

campaña, la prohibición de la propaganda en los medios de comunicación oficiales, que son de

extraordinaria importancia en Andalucía, las presiones sobre los medios de comunicación privados, los

errores del censo, la televisión que no cubre toda la región, las dificultades para el ejercicio del voto a

funcionarios y un largo etcétera.

La revaluación de las urnas Frente a todo esto se alzó el pueblo andaluz, y las urnas revalidaron su

función en una democracia, incluso sobre los demócratas que predicaban la abstención.

Había mucho de sublevación popular en el 28 de febrero, mucho de 2 de mayo y de guerrilla pacífica

contra los napoleones de Madrid. Los taxistas, los camareros, las amas de casa engalanando sus balcones

con banderas andaluzas y pintando los tiestos de andaluz, los caníaores, los restaurantes sirviendo helados

ver-di-blancos, las jóvenes portando un sí sobre sus pechos, de prominencia a prominencia, fueron los

comandos de esta guerrilla que arrastró hasta las urnas, el 28 de febrero, a andaluces dé todos los

rincones, de derechas y de izquierda, tullidos, enfermos y sanos, en paro o con trabajo.

Los mismos andaluces de UCD traicionaron a su propio partido y muchos de los llegados de otras tierras

a controlar el desarrollo de la votación lloraban lágrimas de arrepentimiento en los vestíbulos de los

hoteles, después de haber sufrido el asedio de un pueblo que además de votar les negaba hasta el agua.

Les habían prometido, a algunos, un fin de semana en Andalucía, y al día siguiente de la votación los más

ya estaban de vuelta a casa.

Políticos al descubierto

El referéndum andaluz ha contribuido, por otra parte, a que conozcamos mejor qué clase política tenemos

y de qué textura están hechos tos proyectos de hombres de Estado que nos gobiernan. Ante todo, queda la

gran duda de saber si el contencioso andaluz se resolvió porque realmente era una cuestión de Estado, que

bloqueaba todo el desarrollo autonómico, o simplemente porque se estaba convirtiendo en la tumba de

más de una carrera política. Una tumba que los responsables de los grandes partidos, Adolfo Suárez,

Felipe González y todos los demás, comenzaron a cavarse a sí mismos por su incapacidad para evitar que

una cuestión de Estado se convirtiera en una plataforma de ambiciones partidistas y personales.

A todas las grandes biografías de UCD les salpica el barro del atropello —fallido— andaluz. Empezando

por Adolfo Suárez, como máximo responsable de la improvisación de su partido en materia autonómica,

porque si bien es cierto que no sólo UCD ha hecho gala de irresponsabilidad en éste tema, le corresponde

asumir la cuota más grande, porque su improvisación es tanto más grave cuanto que el partido del

Gobierno tuvo en sus manos la conducción de todos los procesos autonómicos a su antojo. Sin UCD no

hubiera prosperado por el 151 la iniciativa autonómica en la fase municipal en ninguna región.

Hay otro gesto de Adolfo Suárez muy revelador y es su imposición al PSOE de que Manuel Clavero no

firmara el acuerdo para desbloquear el proceso andaluz. Suárez rectifica, pero no perdona lo que indica

que no ha rectificado del todo y que su enmienda le viene impuesta por las circunstancias. Hay que

comprender, por otra parte, que es muy duro reconocer la victoria del pueblo andaluz cuando ello lleva

consigo tener que reconocer los propios errores.

Fernando Abril, ex vicepresidente del Gobierno, entonces más gloria de UCD que hoy, también tuvo que

ver con esta historia. El fue quien, después del volantazo de su partido en Andalucía, transmisió a la flor y

nata de UCD, reunida en la Moncloa, ei lema de la campaña que se avecinaba: «Las guerras, cuando se

plantean, hay que ganarlas con medios leales y desleales; por tanto, ésta será una guerra sucia».

Fernández Ordóñez, entonces en fase de expiación tras su paso por el Gobierno, al ver el cariz de los

acontecimientos, tomó a Manuel Clavero y, llevándole a un aparte, le dijo: «Manolo, piénsalo, van bien,

te van a hacer la vida imposible. No sabes el calvario que yo pasé».

José Pedro Pérez-Llorca, andaluz de Cádiz, cuya aportación más célebre al referéndum fue la redacción

de la jeroglífica pregunta. Más desconocida y no menos meritoria fue la habilidad desplegada para evitar

que la palabra Andalucía apareciera en tres plúmbeas páginas del Boletín Oficial del Estado en las que se

regulaban los términos de la consulta.

Rafael Arias Salgado, entonces secretario general de UCD, defensor del «rigor constitucional» de la

pregunta y máximo responsable de la campaña abstencionista que acabó convirtiéndose en la principal

impulsora del voto.

Antonio Jiménez Blanco, andaluz, hoy presidente del Consejo de Estado, en cuyo feudo granadino se

llegó a practicar la guerra psicológica desde una avioneta que soltó miles de panfletos —no llevaban pie

de imprenta— en un vuelo rasante sobre la multitud que en la plaza de Bib-Rambla presenciaba un mitin

comunista, justo en el momento en que Rafael Alberti recitaba lo de «Paseábase el rey moro...». Por

aquellos días, no conforme con la historia de las dos Españas, lanzó la idea de las dos Andalucías y el

centralismo sevillano.

Rodolfo Martín Villa, padre del invento de reconducir todos los procesos autonómicos, que después de

haber metido a su partido en el embrollo andaluz, lo sacó finalmente de él, con lo que sus compañeros le

deben dos favores. El 28 de febrero, Martín Villa revalidó, por otra parte, todos sus títulos como mago de

las urnas, pues por doquier se aparecía, como un Cid Campeador reencarnado, encabezando las

expediciones de interventores de urnas llegados de Castilla, Aragón, Murcia y otros reinos. Tuvo que

mostrarse de cuerpo presente en el Palacio de Congresos y dejar que los periodistas metieran sus dedos en

la herida del 151, a fin de desmentir todos los rumores que llegaban de Andalucía sobre supuestos

avistamientos.

No sería justo excluir de este retablo de personajes a Alejandro Rojas Marcos, porque habría que

recordarle que la constancia, y no sólo el oportunismo, es una virtud en la política. Es verdad que sin el

PSA no hubiera sido posible el 28 de febrero, porque ni UCD, ni PSOE, ni PCE, hubieran sentido la

necesidad de subirse al carro del artículo 151. Pero no es menos cierto que si hoy Andalucía tiene

expedita esa vía es a pesar del PSA. Su pacto con el Gobierno suponía medir a toda Andalucía, por el

rasero de Almería, en definitiva, no reconocer una victoria,

Quién se cargó el invento

Es probable que sin referéndum andaluz hubiera sido más fácil la construcción del Estado de las

autonomías, aunque cabe la duda razonable de si no habría estallado el invento por otro lado. Al fin y al

cabo, del batiburrillo autonómico no tienen la culpa los andaluces, sino la clase política, y ésta es la

misma con o sin el 28 de febrero. No fueron los andaluces los que se cargaron el modelo autonómico

inicialmente previsto en la Constitución, sino la poca convicción con que lo defendieron sus diseñadores.

La Constitución prevé un modelo autonómico desigual entre nacionalidades y regiones, un modelo a la

italiana, que hubiera podido funcionar si los parlamentarios hubieran sido consecuentes. Pero apenas

aprobada la Constitución, en vez de admitir ante el pueblo español el tratamiento autonómico diferencial

y justificarlo como adecuado a realidades diferenciales, perdieron el culo, como el cojo famoso —«No

corráis, que es peor»—, en ponerse al frente de la subasta autonómica en sus regiones respectivas.

El caso andaluz no fue más que el soplo de aire que empujó el primer naipe. Lo demás vino por

añadidura. Sorprendidos en el descampado con los pantalones en las rodillas, los políticos —el Gobierno

sobre todo— tenían dos opciones: subírselos o bajárselos. Optaron por lo segundo: autonomía para todos.

 

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