Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   España ya es una Monarquía con Rey     
 
 Informaciones.    22/11/1975.  Página: 6. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

ESPARA YA ES UNA MONARQUÍA CON REY

Por Josep MELLA

HOY, 22 de noviembre de 1975, España ya no es «la Monarquía sin Rey». A una larga etapa de Gobierno personal, autoritario y absoluto, le sucede la difícil aventura de la constitucionalidad monárquica. A ia fuerza instituyente del pasado, la capacidad de organización del futuro. Se produce un relevo de generaciones, un trasvase de conceptos, una transustanciación de legitimidades. Se cierran dos paréntesis —el dé la guerra civil y el de la excepcionalidad— y se abren numerosas incógnitas. Se podrá decir, y así lo repetirán una y otra vez quienes se niegan a sí mismos una esperanza razonable, que la etapa que ahora comienza es una mera repetición a escala reducida de la historia anterior. Puede ser así, desde luego; pero en alguna medida depende también de que las opciones colectivas, los intereses de la? mayorías, sepan imponerse sobre las nostalgias, los extremismos y las radicalidades de las posiciones más atrincherada; en su propia suficiencia

rrato de dee», en definitiva, que las paginas del porvenir no -están escritas por el fatalismo de a predestinación Casi todos los datos con los que operarnos evidencian una insuperable provisionallo^id. El lenguaje, las actitudes, los títere ses, están y han de estar sujetot ai contraste de la verificación histórica 1 odo lo que en su dia se dijo estaba atado v bien atado, surge ahora en una nueva perspectiva más sociológica, sometido a una prueba de peso y calidad, conectado, con dimensiones menos dogmatices v- mas cercanas a la realidad cíe ios hechos La politicf española va a perder en genialidad en inspiración, en ramalazos de magia o de intuición. Y va a gana; en sentido común, en mediocridad en compromiso y en transparencia \ partir de ahora, acaso el futün "que nos aguarda va a ser menos glorioso y grandilocuente, más modesto "y coloquial. Pero debemos esforzarnos en que sea conocido aceptado y compartido surgida de un autentico entendimiento v ~> laboración entre sectores ideológicos y sociales que hoy son oficia! mente incompatibles.

La viabilidad histórica de la Corona depende de su capacidad -i ra encarnar la soberanía del pueblo y para convertirse en el único punto de referencia común que legitime y haga posible» todas ´~s discrepancias. Esto, como se "e, altera en alguna proporión el T Vf-de la Jefatura del Estado.

Si queremos esforzar n o a en en proscribir y ^en nacer innecesarias laa soluciones revolucionarias, si pretendemos hacer posible Ja convivencia en la libertad, ha de ser necesario también superar antagonismos y olvidar JOB rencores. A una nueva sociedad le corresponden unos nuevos me dos políticos. El problema, sin embargo, no alcanza tanto a los oí des institucionales como a si. • cor tenidos.

Afecta menos a los is trunientos que a la capacidad ra aceptarlo? con rectitud y generosidad. ES t talmente imposible a estas alturas tratar de mantener los perfiles excepcionales de una época supera da, de desconocer la exigencia unánime torno al respeto a los derechos v libertades, de hace: perdurar la existencia de ideas y asociaciones proscritas de la legalidad de entender el Estado español como una entelequia incompatible ´ con militancias y procederes que son habituales y legítimos en los demás países del mundo occidental

Hoy es una exigencia apremiante. Nada de lo que aquí hay ~ue hacer o decir puede omitir el recuerdo doloroso de qu° la ."España moderna ha surgido de una guerra civil sangrienta y que sé ha prolongado en una posguerra repleta de sacrificios y de heridas. Seria utópico, si no suicida, ignorar las cicatrices, tan a menudo innecesa? rías, con que a muchos compatriotas se les exige ahora sobreponerse a su propio testimonio del drama de empana y ofrendar a la paz la huella que la violencia dejó en sus cuerpos y en sus almas. Pero nos guste o no, las llagas existen. Y de nada sirve fingí- ignorancia ante ellas o tratar cié envenenarlas con mas encono. A todos se nos pide ahora el gran esfuerzo de subornidar nuestra propia posición a la posibilidad de encontrarnos, como pueblo, ea un sendero transitable

La Monarquía, por su posición trascendente, ajena a todo partidismo está en mejores condiciones que otra forma de Estado para realizar tal soldadura. Per., no se puede desconocer que pera la borona constituye un paréntesis muy largo esta etapa de cuarenta y cuatro años que el pais ha vivido al margen del sistema monárquico. Ni ignorar tampoco que la crisis de la institución monárquica vino porque el último Rey no fue capaz de entender que la historia de los pueblos exige en ocasiones transformaciones heroicas y que la Corona no puede tomar partido por ninguno de los bandos contendientes Hay que añadirle a todo lo anterior el hecho innegable de que en la España de hoy hay muy pocos monárquicos de razón, oue su arraigo, pues, se medirá de acuerdo con sus resultados; que su viabilidad no dependerá del carisma histórico, sino de sus logros concretos, Y que por ello, cpir.o «test» definitivo, sólo en la medida en que la Corona sepa ver que está llamada a cerrar toda una etapa de la vida española, puede obtener un auténtico respaldo popular y una verdadera aceptación ciudadana.

Se dice que la Monarquía es una institución del pasado. Y en nuestro caso, lo es. De un pasado que se quebró por la torpeza de irnos y otros, pero que ha sobrevivido a su propia época. Repásense los grandes políticos con los que topó Alfonso XIII —las nacionalidades, la izquierda, la cerrazón del capitalismo— y se comprenderá que todos ellos han llegado incólumes a 1975. Nada se ha avanzado en su resolución. La preocupación de los gobernantes ha discurrido por otros derroteros, acaso previos, pero que lo prudente hubiera sido simultanear: Para ello, sin embargo, habría sido preciso aceptar la historia como una confluencia de pareceres encontrados, como un gran rio al que afluyen riachuelos de muy ´distinta procedencia. De ahí que sea necesario, a la altura de hoy, reemprender sí discurso allí donde lo quebró el curso fatal de los acontecimientos. Y encararlo con ilusión. Con la esperanza "ue da poder hacerlo desde la estructura social de un pa;s moderno, desde un amplio consenso en torno .al. deseo de no repetir los artiguos desenfrenos

Institución que arraiga en el pasado, asi, la Monarquía no puede caer en el error de entender la- tradición como lastre insoslayable, como hipoteca imposible de levantar La Monarquía ha sobrevivido allí donde se ha esforzado en hacer posible la continuidad de loa pueblos Incluso sobre la continuidad de los propios sistemas, siempre circunstanciales v revisables. Y si en ello radica su mayor título de honor. está también inserto el mayor de los riesgos que le aguarda en cada recodo del camino. Porque en España no tenemos todavía perfilada una auténtica Monarquía Constitucional y hay grupos minoritarios que van a tratar de disputarse la posibilidad de instrumentalizarla. Quienes se resisten a perder posiciones de privilegio, .quienes mantienen actitudes que no se atreverían a someter a un sufragio limpio y plural, pueden tener la tentación de tratar de Impedir que la Corona consume su alianza con el pueblo. Los observadoras extranjeros aperciben sobre la piel del toro una pelea porfiada por el Poder, cuyo signo mas distintivo es el sentido elitista de los contendientes,

su íaita üc equiparación con cualquiera de las grandes formaciones políticas de la Europa contemporánea. No puede apoyarse la Corona sobre una base tan frágil e interesada. Su camino discurre en dirección opuesto. Y converge a la plaza pública, a las calles y caminos de este hermoso y bendito pais.

Pero para ello, por paradójico y extraño que parezca, la Monarquía tiene que hacer un ejercicio consciente del poder constitucional para renunciar a él; como símbolo de la soberanía tiene que devolvérsela al pueblo; como arbitro y amparador del pluralismo tiene que abrir cauces legales de consulta y participación. Un Rey, por definición, tiene que pensar más en loe intereses del pueblo que en sus opciones personales. Pero incluso en aras de la continuidad institucional, la Corona ha de saber que su base no está en los grupos que aspiran al monopolio político y social, sino en quienes son capaces de respetar la voluntad del pueblo y las formas democráticas.

La Corona, pues, ha de impulsar las reformas, hacer posible la reconcicliación. Y ha de hacerlo sin tardanza, con plena conciencia de que por las especiales características de su investidura- tiene una urgente necesidad de legitimar con hechos el crédito inicial que se le ha abierto dentro y fuera de España.

Para nadie han dejado de regir nunca las reglas del tacto j de la prudencia en el arte de gobernar a los pueblos. Y en nuestro caso, cuando tan encontradas son las posiciones, cuando tan tajantes son las cotas en las que se han encastillado los antagonismos, la mesura y el tono adecuado son imprescindibles. Pero no se debe confundir la velocidad correcta con la lentitud, la seguridad con la eliminación de todo riesgo.

En España hay unas expectativas de cambio contenidas por el inmovilismo de los años últimos, un montón de problemas pendientes que la Corona debió encontrar ya resueltos y que hoy debe abordar sin.demora de ningún género.´ El margen de confianza que la Monarquía necesita debe ganarlo a partir de toe ejemplos concretos, demostrando BU trayectoria con hechos, haciendo que todos sus gestos vayan orientados en una única^ dirección de entendimiento y superación de euat quier exclusión.

22 de noviembre de 197$

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