Autor: Broseta Pont, Manuel. 
   Un pueblo a la espera     
 
 Informaciones.    22/11/1975.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

UN PUEBLO A LA ESPERA

Por Manuel BROSETA PONT

ESTE pueblo nuestro es admirable. Y paciente. Y sufrido. Y callado. Está rezumando por todos lo* poros de en piel una gran serenidad. Que no se ba alterado, pese a que le han dado sobrados motivos para ello.

Posiblemente sea un pueblo mucho más maduro y digno de confianza política y social de lo que nos han querido hacer pensar.

Más recientemente ha pasado con serenidad por la prueba que todos pensaban más grave: la, muerte de Franco.

AI pueblo español desde hace tiempo se le acumulan lo» problemas interiores.

El paro laboral crece y continúa creciendo. La cartera de pedidos de nuestras empresas, o continúa disminuyendo o no se anima. Por ello, la preocupación —justa preocupación— de nuestros empresarios es cada día más: Intensa. Nuestra inflación sigue creciendo. Nuestros precios —especialmente los de la cesta de la compra— siguen su carrera ascendente. Nuestros trabajadores en el extranjero, que están en paro forzoso, empiezan a regresar. No se sabe si habrá, trabajo para ellos, aunque parece que no. Nuestra Bolsa, que parece querer recuperarse de su lánguida situación, quizá porque ha empezado a entrever mayor seguridad en lo político. Dígase lo que se diga, hay aún niños españoles sin puestos escolares. Y algunos de los que los poseen tienen que pagar por ellos un precio que los ingresos familiares no pueden soportar. Hace unos días nos decían unas estadísticas que descendía el porcentaje de hijos de obreros ea la Universidad, con lo .que se perjudica, a esta clase social y a la propia Universidad, qu* necesite, la exigencia y la crítica interna de los hijos de los obreros

Sin duda hay aun mas problemas graves e» el interior que, afecten a ¡a. ausencia de libertades políticas. Ante todo ello, el pueblo español calla y mantiene una serenidad que maravilla a los observadores. El pueblo calla por muchas causas. Pero fundamentalmente porque quizá no tenga cauces hábiles para hacer escuchar su voz.

Al pueblo, desde hace tiempo, se le acumulan también los problemas exteriores.

Por si faltaba algo, al retorno de trabajadores se unió hace unos días la actitud de Marruecos. Nuestros tradicionales amigos «políticos» (casi los únicos!) nos organizaron la gran marcha sobre el Sahara, que estuvo a punto de hacernos sentir «comerciantes! de I» ajeno. La frustración del Sahara aun no ha desaparaceido. Europa dice, una. vez mas, que no somos de recibo por nuestras peculiaridades políticas, Y en esa Europa está el Mercado Común, al que va 7 del que viene la mayor parte de nuestro comercio exterior. Sin el cual no podemos vivir, sin el cual nos colapsaríamos. Estados Unidos —después de que nuestro Gobierno aceptó, una vez más, sus propuestas para renovar las bases militares— va a someter el convenio al Congreso, el cual es muy posible que lo rechace por razones políticas.

Medio mundo, y parte del otro, está contra nuestras peculiaridades políticas. Menos Chile. Curiosamente se mantiene ahora un silencio significativo de China y de los países socialistas. Por todas las latitudes parecen esperar que cambiemos para recibirnos.

Ante todo, el pueblo español continúa prolongando su silencio, quiza esperando un cambio que no llega aún.

"Además de todo ello, nuestro pueblo ha pasado callado y en silencio por graves acontecimiento*.

0n presidente de Gobierno murió en un atentado político. El hecho no produjo ninguna tensión social ni política en el pueblo. El 19 de julio de 1974, el Jefe del Estado estuvo a punto de fallecer, y ello produjo la lógica tensión, pero todo el país y la Administración del Estado continuaron funcionando aceptablemente. Se transmitieron sus podeers a don Juan Carlos, y después fueron reasumidos por el Jefe del Estado. Y el pueblo mantuvo su tranquilidad. Tan sólo en los «circuios» y «cenáculos* cercanos a la vida «oficial» estos acontecimientos convulsionaron a la clase política. A quienes de ésta hacen su profesión y dedicación.

Hace ya bastantes semanas el terrorismo y la violencia produjeron desgraciadas víctimas. Después se ejecutaron cinco penas de muerte. Los otros condenados a muerte fueron indultados. El país y los pueblos del Estado español pasaron por momentos de grave ansiedad. Pero quizá podamos afirmar que —con la excepción del País Vasco— el pueblo contuvo serenamente su ansiedad y su preocupación.

Todo ello nace pensar muchas cosas. Suscita muchas reflexiones. Entre ellas, que nuestro pueblo no quiere que le malogren ni estropeen su paz y su trabajo. Está deseando que los políticos dejen de pelearse. Que prevalezca el sentido común. Que se instauren las libertades políticas y que desde ellas nos respetemos todos. Los unos a los otros. Que la discrepancia política no sea causa que provoque agresiones, amenazas y palizas. Que cada uno píenle como quiera y que todos nos respetemos. El pueblo parece esperar una forma y un contenido nuevos. Quiere cambiar. Quiere ser recibido en todo el mundo.

No quiere la dialéctica de las pistolas.

A los políticos actuales y futuros corresponde la respuesta al reto. El pueblo intuye ya, empieza a conocer ya, a quienes quieren contar con él y a quienes quieren arreglarlo todo de espaldas a él. Alegando éstos q je nuestro pueblo es ingobernable. Yo pienso todo lo contrario: el nuestro es ya un pueblo evolucionado y equilibrado. Que espera una clase dirigente.

Realmente, este pueblo ha dado y está dando pruebas de serenidad que obligan a confiar en él, pidiendo su opinión. Es su derecho. Y la obligación de los políticos. ¿Debemos pensar que el pueblo está callado porque se siente ajeno a lo que ocurrió y está ocurriendo? ¿O acaso es que posee una mayoría de edad y una madurez que le están aconsejando callar?

En cualquier caso, parece claro que necesitamos los cauces que no tenemos para saber qué es lo que el pueblo opina. Para que todas las clases, sociales que lo integran nos digan cuáles son sus posiciones ante los distintos conflictos que sufrimos. Para que decidamos los problemas políticos que son de todos. Pero entre los representantes de todos. De lo contrario, nuestra pueblo continuara presenciando como un mero espectador la lucha entre unos y si fuera mu riña o una disputa familiar por una herencia. Como un partido de fútbol, cuyo desenlace espera fría y desapasionadamente. Y no es eso. El pueblo no puede ser otros. Como un espectáculo. Como siempre espectador. El pueblo ya quiere tomar parte en la resolución de sus problemas.

Si según se dice parece que somos el décimo país industrializado del mundo occidental, sin embargo debemos ser uno de los últimos en grado de participación popular en el Gobierno y en la política. Y debemos saber todos desde ahora que nuestro desarrollo económico y nuestra paz social se ponen en peligro si no contamos con el pueblo.

Porque ¿qué pasarla si el pueblo saliera decididamente a pedir que se escuche su voz? ¿Qué tenemos perparado para escucharla? ¿Cómo podrían manifestarla? Lo grave sería que en ese caso quizá tendría que resolverse la cuestión como si se tratara de ana algarada, de un motín o de una alteración del orden público. Eso seria grave. El Estado debe empezar a hacer lo necesario para «rifarlo. Porque el pueblo quizá no pueda estar cañado por más tiempo.

22 de noviembre de 1975

 

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