Un vida joven al servicio de España     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 91-97. Páginas: 7. Párrafos: 7. 

UNA VIDA JOVEN AL SERVICIO DE ESPAÑA

«No hablemos de derechos, hablemos de obligaciones»,

ha dicho con frecuencia don Juan Carlos para expresar sus relaciones con España, y si echa un vistazo atrás debe reconocer que esas obligaciones comenzaron para él muy pronto, desde e1 día que lo separaron de su madre para enviarlo a un pensionado en Suiza. «No quiero que sea faldero», decía su padre, para justificar que un niño de seis años fuese arrancado de su hogar familiar, un hogar que en !o sucesivo ya no conocería más que en los meses de vacaciones. A los diez años, Juan Carlos pisaba por vez primera el suelo español; el palacio de Montellano era desalojado gentilmente por sus dueños para que el Príncipe pudiera instalarse en él y cursar sus estudios en Madrid. Rodeado de profesores, preceptores y servidores, el Príncipe debió de sentir por vez primera el peso de las obligaciones que en adelante iban a recaer sobre él y una anécdota poco divulgada revela cuan difícil le era ya a esa edad temprana conservar un poco de libertad. En cierta ocasión parece que todo el séquito se puso en conmoción porque el Príncipe había desaparecido. Ágil, vigoroso y osado para todo lo que fuere riesgo físico, cualidades de las que habría de dar buena muestra más tarde, el Príncipe había trepado simplemente a la copa de un pino y desde allí contemplaba, asombrado, el desbarajuste que su breve ausencia había producido en quienes

´ tenían la obligación de velar por él...

«Si no resignado, estoy por lo menos acostumbrado», confesaría, años más tarde, a José Antonio Giménez Arnau. Se refería a la separación de su familia que en años sucesivos habría de prolongarse aún más. Es cierto que en todas las familias reales los jóvenes príncipes se ven distanciados de sus padres muchas horas al día; pero e.n el caso del joven Príncipe de España este distanciamiento tenía que ser forzosamente mayor. Compárese, por ejemplo, con la vida que por entonces hacía su futura esposa; aun habiendo pasado épocas muy difíciles —la guerra, ´los bombardeos alemanes, la huida a Egipto— doña Sofía no se vio separada nunca de su familia: con sus padres y hermanos recorrió los difíciles caminos del destierro, con ellos volvió luego a su país. Juan Carlos, nacido en el destierro (en 1938, en Roma), volvía solo a su país para ser custodiado y preparado por fieles amigos y excelentes profesores pero, en suma, por gentes extrañas. Las fotografías de prensa muestran a un niño de rubia pelambrera —muy parecido a su abuela doña Victoria de Battenberg— realizando trabajosamente sus exámenes como un ciudadano cualquiera en el Instituto de San Isidro. Residía por entonces en Las Jarillas, una finca de los alrededores de Madrid donde puede situarse la anécdota a que nos referíamos antes. Unos años más tarde, el Príncipe es trasladado a San Sebastián, donde, en el palacio de Miramar (residencia favorita de su bisabuela paterna la reina doña María Cristina), se ha instalado una especie de pensionado que comparte con otros muchachos de su edad y entre otros su hermano Alfonso. El problema ya está planteado y

es el problema que se plantea a todos los príncipes de casas reales: su educación no puede ser como la de los demás, puesto que va a enfrentarse con problemas y compromisos que no son corrientes. Pero, ¿cómo darle al mismo tiempo una educación que no le átele, que no Je convierta en un ser que vive en el vacío? El problema en gran parte contribuirá él mismo a resolverlo con su carácter abierto, sencillo y cordial, con su gusto por la vida y por las cosas más triviales y cotidianas. No obstante, en esos años de Miramar se le ve poco y hay que echar mano de nuevo a las fotos de prensa para saber que en 1954 se examina, como un alumno más, en el Instituto de San Isidro, de reválida de bachillerato. Su hermano Alfonso le acompaña en estos años y la prensa los recoge, dando la •mano a un grupo de fieles, en la estación de Atocha en Madrid, cuando, gozosos, van a pasar las vacaciones de Navidad, de Semana Santa o de verano con sus padres, que hace ya algún tiempo se han instalado en Estoril. Pero esta imagen familiar se rompe cuando un lamentable accidente acaba con la vida de don Alfonso, el hijo menor de don Juan. Los hermanos, que ya se habían empezado a separar porque don Juan Carlos había ingresado en la Academia Militar de Zaragoza de acuerdo con un plan de estudios especial, sienten gran cariño uno por otro. En ila Semana Santa de 1956 la familia, como de costumbre, se hallaba reunida en Estoril. Era él día de Jueves Santo. Doña María acababa de regresar de los Oficios y estaba quitándose la mantilla cuando oyó un disparo procedente del piso bajo de la casa, donde se hallaba instalada una sala de armas que hacía las veces de gimnasio. Los príncipes solían entrenarse disparando a un blanco. Jugueteando con una pistola, don Alfonso había recibido en presencia de •su ´hermano un balazo mortal en 9a sien.

Su educación no puede ser como las demás, puesto que va a enfrentarse con problemas y compromisos que no son corrientes

Zaragoza. Marín y San Javier

Durante mucho tiempo don Juan Carlos no pudo olvidar aquella Semana Santa. Pero la

vida tenía que continuar y el duelo familiar apenas se vio reflejado en el exterior. Se arrojó sobre don Alfonso tierra española en EstoriI como se había arrojado sobre la de su abuelo don Alfonso XIII, fallecido quince años antes en el destierro, en ´Roma. Para don Juan Carlos la vida continuaba y tres días más tarde, el lunes de Pascua, como el resto de sus compañeros, estaba en la Academia General Militar de Zaragoza. La época de Zaragoza fue quizás una de las más felices de su vida. Se había acabado el distanciamiento de Miramar. El sistema era duro, pero ´la fuerte naturaleza del joven Príncipe y su gusto por el deporte le hacían llevaderas las dieciséis horas que duraba, con una corta interrupcion para el almuerzo, el programa diario. Los sábados y las domingos, asueto. Era el día en que el Príncipe aparecía por la casa de un general amigo de su padre, iba directamente a la cocina, abría la «nevera» y gritaba: «¿Qué hay para merendar?», ante el asombro de las criadas y las sonrisas de las hijas del generad. En los años subsiguientes se vería claro que aunque la militar no era la carrera que había elegido, sino simplemente la que se le había impuesto, sus gustos y aficiones encajaban a la perfección con este modo de vida. Pero la Academia General no fue su única experiencia en este terreno. Al Príncipe se le exigía ser también marino y aviador. Tras una estancia en la escuela naval de Marín como guardiamarina segundo realizó el acostumbrado viaje de prácticas en el «Juan Sebastián Elcano» a las repúblicas americanas y efectuó un segundo viaje de prácticas en una escuadrilla de minadores por distintos puertos de la Península, así como de Baleares y Canarias. La afición al mar es otra de las grandes expansiones de Juan Garios, afición heredada, por cierto, de su padre, que perteneció a la «Royal Navy» y que pasa una parte del año en el mar. Desde Marín el Príncipe fue enviado al otro extremo de la Península, a San Javier, donde ingresó como alférez de aviación en septiembre de 1958. Allí obtuvo el título de piloto militar, realizó vuelos de instrucción y de práctica (algunos a Italia) y se capacitó para obtener más tarde el título de piloto de helicóptero en Cuatro Vientos, título que le permite estar ´hoy día al frente de su propio aparato y desplazarse con mayor comodidad y seguridad tanto sobre Ja Península como sobre Madrid. Los que le han acompañado en sus viajes como Príncipe de España saben que en los aeropuertos el último en llegar, antes de despegar el avión, era el Príncipe en su «cacharro» desde el palacio de la Zarzuela. Tras los cursillos militares no se dio por terminada tampoco la instrucción del Príncipe Un equipo de profesores le aleccionó en Derecho, Filosofía, Administración del Estado, aplicaciones científicas e industriales, etcétera. Ya está preparado para todo, hasta para el matrimonio. En 1961, en Londres, coincide con la princesa Sofía de Grecia en la boda del duque de Kent.

Treinta años de preparación y servicio

Los que le han acompañado en sus viajes como Príncipe de España saben que en los aeropuertos el último en llegar, antes de despegar el avión, era el Príncipe en su "cacharro desde el Palacio de la Zarzuela

Verían al Príncipe en constante movimiento por toda la Península y en frecuentes viajes al extranjero como representante oficial de España

En realidad se habían ya visto antes y se conocían de numerosas bodas y de un crucero por el Mediterráneo, organizado por la entonces reina Federica a bordo del «Agammenon», un yate prestado por Niárchos. La reina Federica era muy dada, en su época de soberana, a esta clase de cruceros, en los que solía reunir a sus parientes y a casi toda la realeza de Europa. Nieta del Kaiser Guillermo II, Federica está emparentada con la reina de Inglaterra; su marido, esto es, el padre de ta princesa Sofía, procedía de las casas reales escandinavas y la influencia nórdica es todavía muy visible en Sofía. Su pasión por 1a música y su interés por ia historia parecen provenir claramente de los Hohenzollern, así como su carácter fuerte y voluntarioso. Parece que doña Victoria, que por entonces residía en Laussane, vio con muy buenos ojos esta boda de su nieto con la princesa griega y que fue allí donde Juan Carlos entregó la pulsera de «pedida» a la que había de ser su futura esposa con unas palabras muy sencillas, que ella misma recordaría años más tarde: «Mi padre todavía no se había levantado de la siesta. Entraste tú, me pusiste delante la pulsera y dijiste: "Nos casamos, ¿eh?"». El rey

Pablo, que por entonces estaba ya muy delicado de salud, murió unos años después, pero fue él quien en la ceremonia de la boda en la catedral católica de Atenas sostuvo las coronas que sobre las cabezas de los desposados suelen alzarse en las ceremonias griegas haciendo la señal de la cruz tres veces. Sucedía esto el 14 de mayo de 1961, Sofía llevaba el velo de su madre, un soberbio velo de encaje que la cubría de pies a cabeza, figurando en el séquito como damas de honor la futura duquesa de Badajoz, la infanta Pilar de Borbón, hermana de Juan Carlos, la princesa Irene de Holanda y Alejandra de Kent, todas las cuales estaban por entonces solteras. Oías difíciles vendrían luego para la monarquía de los Sondeburgo^G´lucks-burgo (la casa real griega), pero aquellos fueron sin duda uno de los más felices.

Después de dar la vuelta al mundo en viaje de bodas, la joven pareja se instaló en Corfú para pasar el verano: en Corfú es donde la famosa emperatriz de Austria, Sissi, tenía una villa (vendida más tarde a´l Kaiser) con la estatua de Heine (que el Kaiser sustituyó por una estatua gigantesca de Aquí les); en Corfú la familia real griega tenía también una villa de descanso, Monrepos (donde, por cierto, nació el príncipe Felipe, el marido de la reina de Inglaterra), y es allí donde transcurrieron el verano los novios. A su regreso a España les esperaba el palacio de ´la Zarzuela, el viejo palacete deshecho durante la contienda civil y vuelto a edificar según los píanos antiguos después de la guerra, y un séquito en el que figuraban viejos profesores y amigos del Príncipe, como don Alfonso Armada, artillero, del Estado Mayor, que había sido profesor del Príncipe en la Academia General; o don Nicolás Cotoner, marqués de Mondéjar, dd arma de caballería, que pasaría a ser (como lo fueron sus antepasados) jefe de la Casa Civil del Príncipe y su más fie! acompañante. De Armada y de Mondéjar se puede decir sin temor a exagerar que han envejecido a´l servicio del Príncipe y que son sus más leales compañeros. Porque la verdad es que toda esta historia es una larga historia, ya que Juan Carlos entró en España en 1947, cuando las Cortes proclamaron la Ley de Sucesión. Cuando Franco decidió, pues, nombrarle sucesor, en 1969 y presentarlo así a las Cortes habían pasado casi treinta años. Treinta años de docilidad, de preparación intensiva, de servicio. El niño y el joven separado de la familia tenía ahora su propia familia en la Zarzuela. Quedaba sólo una cuestión pendiente: ¿qué diría su padre, don Juan, desde Estoril?, ¿cómo tomaría el acontecimiento? Sucesor

Estoril estaba, sin duda, bien informado antes de que el acontecimiento saliera a la calle. Todo ello coincidía con la expulsión de don Carlos Hugo de España, ´lo que quería decir que Franco elegía de una manera definitiva entre las ramas borbónicas a su sucesor. Según voces confidenciales entre los «es-

torilólogos» y ´los «zarzuelólogos» había habido, por otra parte, un acuerdo tácito; «por causas de fuerza mayor —se decía, por ejemplo, en el periódico "SP"—, el padre ha autorizado al hijo para dar este paso con objeto de salvar lo salvable y condicionado a un acuerdo bastante complicado; pero ya se sabe que estos asuntos de intereses nunca son sencillos entre familiares.» Y en otro párrafo de ese mismo diario se preguntaba: «¿Vamos hacia la entronización de Juan Carlos? Todo parece indicarlo». "Tele/eXpress", de Barcelona, por su parte decía: «No se puede inventar sobre la historia; ya que uno de los secretos de la monarquía es la continuidad de las familias, si se pretende con la solución monárquica asegurar la marcha del país sin sobresaltos, no se puede de entrada romper esta seguridad de base». Se hacían cabalas luego sobre si no se trataba de una restauración, sino de una instauración, aunque se recordaba por otro lado, echando ´la vista muy atrás, que las dos Instauraciones más recientes, la de los Borbones, en el siglo XVIII y la de ios Saboyas en el XIX habían sido, ´la una muy costosa en sangre, la otra, un fracaso. Pero «los pueblos —seguía diciendo "Tele/eXpress"— no discuten como en el siglo pasado por principios, sino por resultados. No les importa la forma, República o Monarquía, sino la eficacia». Y recordaba el mencionado diario las ´monarquías socializantes de Suecia, Inglaterra, Holanda, etcétera. «La Voz de Aviles» daba un tinte levemente irónico a este proceso en el que se había llegado hasta el hijo saltando sobre el padre y decía que... «los derechos de sucesión son en este caso como el yodo que pasa del estado sólido al gaseoso sin pasar por ei líquido. Juan Carlos —concluía e1! periódico—, es así heredero por sublimación.» La llegada de Juan Carlos a España en 1947 había sido acompañada de una Ley de Sucesión que definía al régimen como «reino». Se supo en seguida, como hemos indicado antes, que el ¡Príncipe era uno de los favoritos en este juego de la sucesión; se refrendaba ahora -con su presentación a las Cortes lo que no había sido más que mera confidencia. Se inventaba, por fin, una nueva palabra que explicase mejor todo aquel proceso que iba a cuajar en ´la sesión extraordinaria del día 22 de julio: reinstauración. «Lo importante —confiaba don Juan Carlos a Emilio Romero— es la Monarquía. Me lo ha dicho siempre mi padre. Lo menos importante son las personas.» En cualquier caso, la semana del 15 al 22 de julio de 1969 fue bastante movida en ´las filas monárquicas de uno u otro bando. El ´martes 15, el marqués ,de Mondéjar salía rumbo a Lisboa portador de una carta de´l Príncipe para el conde de Barcelona, su padre... El miércoles, José Antonio Giménez Arnau le entregaba una carta autógrafa del Generalísimo franco a don Juan; el jueves llegaba el conde de Motrico, que preside el secretariado político de don Juan, y el viernes el conde de Barcelona disponía la disolución de su consejo privado —compuesto de ochenta y siete personas, presidido por don José María Fernán— y de su secretariado político, compuesto por dieciséis personas, presidido por el conde de Motrico. Poco después embarcaba en el ´Giralda, al tiempo que en las Cortes se hacían ya los preparativos para la ceremonia.

En las Cortes, Franco fue aclamado, su discurso varias veces interrumpido y finalmente se pasó a votar la propuesta consistente en el nombramiento de don Juan Carlos como sucesor «en su día» de Franco en la Jefatura del Estado, sólo que con éi título de Rey. La votación fue nomina1! y hubo 491 votos a favor, 19 negativos y 4 abstenciones. Votaron sí, falangistas como Girón y monárquicos ´de Estoril, como García Valdecasas. Torcuato Lucá de Tena, director de «ABC», votó «no», pero dos días más tarde estuvo visitando al Príncipe en el palacio de la Zarzuela y el Príncipe agradeció su «no» como «demostración de lealtad hacia su padre». Fue en la Zarzuela, también, donde, una vez aprobada en las Cortes 1a propuesta, el nuevo Príncipe de España, título con que se le reconocía oficialmente, aceptó el nombramiento ante el ministro de Justicia y notario mayor del Reino. ´En los dos actos habían estado presentas la princesa Sofía y los tres hijos del matrimonio. El discurso del ´Príncipe había sido interrumpido catorce veces en las Cortes por los procuradores, que al final lo sancionaron con una salva de aplausos puestos en pie.

los años subsiguientes verían al Príncipe en constante movimiento por toda la Península y en frecuentes viajes a! extranjero como representante oficial de ´España: al Japón, a la Arabia Saudita, a Alemania Federal, a Francia, etcétera. Su reciente viaje a Helsinki, preparatorio del que haría ¡más tarde el presidente Arias, le puso en comunicación, aunque sólo fuera oficiosa, con la Europa del Este, así como con un país nórdico progresista, Finlandia. •

 

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