Autor: Rocamora, Pedro. 
   Discursos políticos  :   
 De José Ortega y Gasset. 
 ABC.    21/09/1975.  Página: 49-50. Páginas: 2. Párrafos: 11. 

«DISCURSOS POLÍTICOS»

De José Ortega y Gasset

Alianza Editorial, 1975, 281 páginas.

Por Pedro BOCAMORA

BAJO el título de «Discursos políticos», ha reunido Paulino Garagorri los textos

de unas actuaciones orales de Ortega, que van desde 1909 —fecha de su

conferencia en el Ateneo de Madrid sobre «Los problemas nacionales y la

juventud»— hasta los debates parlamentarios en torno al Estatuto de Cataluña en

julio de 1933. Ortega personifica la cima del ensayo español. Pero tras el

ensayo orteguiano, lo que fluye es la problemática del ser y de la existencia.

Es decir, lo que el autor de «El espectador» ha hecho a lo largo de sus escritos

—artículos de estética, de crítica literaria, de interpretación histórica— es

Filosofía. Ahora bien, ¿cómo se ha asomado, desde su talante filosófico, al

problema político de España?

Ortega decía que su actitud de «espectador» de la realidad vital le llevaba a

contemplar las cuestiones no cara a cara, sino «en escorzo». Este escritor, que

juzgaba, bosquejándolos, los esquemas de su propia circunstancia histórica,

¿veía la política con parejo gesto tangencial?

A este pregunta parece responder la publicación tle sus «Discursos políticos».

Ortega no ha dejado a lo largo de su vida de preocuparse por «la cosa pública»

de España. Esta inquietud le llevaba a pensar, a escribir y a hablar como si la

imagen de España fuese aguijón y estímulo de sus ideas. Por eso interviene en

política. Pero con su pensamiento, no con la acción.

En el libro que ahora acaba de publicarse, Ortega aparece como una mente

crítica, de intención pedagógica, que apoya sus juicios en un perspectivismo

histórico.

Un fondo de esperanza subyace a lo largo de estes páginas. Si no tuviese fe en

España, Ortega no proclamaría su credo regeneracionista: trabajo, moralidad, fe

en el futuro, incorporación a Europa, sentido creador y vital del esfuerzo

humano. Del 98 hasta hoy, una breve, pero embravecida serie de generaciones, ha

peleado con la palabra, y a veces con la acción, por ese reencuentro de España

con su autenticidad. Pata Ortega, la clave de este empeño se resume en

fortalecer el sentimiento ético de los españoles. Los deberes —dirá— no son para

escogidos sino para cumplidos. El contenido de la moralidad no es nunca un

montón d« formulas abstractas, sino que en cada momento se presenta concretado

en tareas precisas y perentorias que es preciso emprender. Sólo a través del

cumplimiento de estos deberes llegamos a merecer íntegramente el soberano título

de hombres. A los españoles —decía Ortega hace casi cincuenta años— sólo de una

manera les hubiera sido posible elevarse a esa dignidad: trabajando un día y

otro, de la mañana a la noche, en la europeización de España.

Asombra leer desde la perspectiva contemporánea la clarividencia de esta voz.

Porque el tema de Europa no se puede entender si no se promueve en el hombre He

España la conciencia de su libertad.

¥ junto a la libertad, la voluntad. Cajal, Marañon, han sido, frente a la atonía

y a la .inercia hispánicas, los grandes exaltadores de los «tónicos de la

voluntad». Y así, también Ortega reclama voluntades fuertes, rectas y sólidas

que golpeen como cinceles en la piedra berroqueña de España El pasado manda en

nosotros, pero el futuro está en nuestras manos. Esta vez la patria no es sólo

la tierra de los padres sino la tierra de los hijos, como afirmaba Nietzche.

Contemplando aquel dualismo, Ortega formula un elemento más que perfecciona la

trilogía de los estímulos vitales que sueña para España: la unidad. La pluma del

autor de «Las meditaciones del Quijote» es espada sin descanso contra el

anárquico individualismo español. La imagen de un sentido comunitario de la vida

se alza en el futuro. «Un pueblo —dice— es el caminar de todos los instantes en

el trabajo y en la cultura. Un pueblo es un cuerpo innumerable dotado dé un alma

única.»

Cada nuevo discurso del maestro es como una llamada de alerta en el adormecido

espíritu de España. Una vez más se formula aquí la trágica oposición entre la

España real y la España oficial. «La España oficial —afirmaba don José en la

conferencia pronunciada en el teatro de la Comedia el 23 de marzo de 1914— es el

inmenso esqueleto de un organismo evaporado, desvanecido, que queda en pie por

el equilibrio material de su mole, como dicen que después de muertos continúan

en pie los elefantes.» Cadalso había afirmado en sus «Cartas marruecas» que «en

La oficial, que se obstina en «prolongar la gestión de una edad fenecida», y la

España vital, no muy fuerte, «pero vivamente sincera, honrada, la cual, estorbada

por la otra, no acierta a entrar de lleno en la Historias Promover el aumento del

pulso de la Patria sólo puede lograrse mediante aquellas «empresas que signifiquen

el acoso violento de la valetudinaria raza española liafiia urra enérgica existencia»

España como dinamismo. He aquí el gran tema Orteguiano Cuantió una nacíón deja de

ser dinámica cae de golpe en un hondísimo letargo y no ejerce más función vital

que la de soñar que vive.

Rigurosa visión de la vida pública nacional. ¿Cuanto durará el fenómeno? Muchas de

estas afirmaciones formuladas hace más de medio siglo han mantenido una vigencia viva

a través de tiempo. ¿Se trata de mates consustanciales con el carácter español? ¿O de

un faJlo en la ejercitación de nuestros propios resortes psicológicos?

El Ortega que aparece en sos «Discursos políticos» es siempre el pensador que sueña,

con un vital renacimiento hispánico sobre las propias ruinas de la raza. Por eso,

por inestable o equivocas que parezcan nuestras rutas políticas, por ficticias que

resulten las coordenadas que enmarcan el proceso histórico español, siempre habrá

razones de enardecimiento que nos afiancen el paso cuando creamos caminar en el vacío.

En tiempos de Ortega —¿solamente en su tiempo?— la política nacional se abría en ana

alternativa entre una España sesteante, celadora del orden público, con las banderas

del impetu y la ilusión arriadas, y frente a ella, como una flecha lanzada vigorosamente

hacia el futuro, la imagen de una España enardecida.

A través de los años, el «vitalismo político» de Ortega tiene hoy todavía para los

españoles él valor de una dramática lección.

P R.

la muerte de Carlos II no era España sino el esqueleto de un gigante». Hay,

pues, una constante histórica que justifica esta triste visión. Para Ortega, las

dos Españas viven juntas, aunque np se sientan extrañas entre sí .

 

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