Autor: Sánchez-Albornoz y Menduiña, Claudio. 
   Carta abierta a Pedro Lain Entralgo     
 
 ABC.    28/04/1974.  Página: 18-19. Páginas: 2. Párrafos: 21. 

CARTA ABIERTA A PEDRO LAIN ENTRALGO

El pasado día 24 de febrero publicamos un extenso articula de Claudio Sánchez-

Albornoz titulado «El drama de la formación de España y los españoles». En su

sección habitual de «Gaceta Ilustrada», el académico Pedro Laín Entralgo dedicó

dos artículos a replicar las tesis de Sánchez-Albornoz. Laín Entralgo es hombre

querido y admirado desdé siempre en este periódico y nuestras páginas

han estado abiertas en todo tiempo a su colaboración. Sánchez-Albornoz nos envía

ahora una carta de réplica a Laín. Sin entrar ni salir en una polémica entablada

entre dos intelectuales que tienen nuestra admiración y gozan ambos de general

estima, publicamos a continuación la carta de Albornoz en nuestro permanente

propósito de abrir liberalmente nuestras páginas a las diversas opiniones.

Insigne colega:

Parece que le han hecho pupa mis palabras sobre su inconsulto castrismo. Van a

herirle aún -más otras alusiones a sus teorías de mi tibrito El drama de la

formación de España y ios españoles, del que constituían un epílogo tas páginas

aparecidas en ABC. Las ha calificado de lamentables. No me arrepiento de ellas

porque han brindado a los españoles una esperanza frente al mañana con ideas que

usted no ha podido menos de elogiar, eso sí, atribuyéndolas a Castro ponqué te

ha venido en gana.

Va a hacer dos años que al leer su ensayo A qué //amamos España le escribí

amablemente llamándole la atención sobre el error que suponía admitir las cinco

caracterizaciones por Castro de los españolas, previniéndole contra lo talante

de su dicotomía de ta religiosidad hispánica e invitándote a revisar sus

afirmaciones sobre la acción de Castilla en España. Nunca he recibido respuesta

a mis observaciones.

Poco después, en una revista catalana, me combatieron sañudamente tos acolitos

de Castro, y su hija dio a la estampa una página inédita de su padre que Américo

no había querido publicar, página en que me calificaba de deficiente mental.

A la muerte de Castro había escrito unas tineas amables y me había prometido

poner fin a la polémica. Su actitud personal y Ja de tos familiares y secuaces

de mi antiguo amigo me convencieron de que ustedes no querían la paz. Y no tuve

por qué seguir guardando silencio ni por qué seguir siendo benévolo en mis

juicios.

No me habría sorprendido que movido por su reciente devoción castrista —antes

había reconocido la exactitud de mi doctrina— hubiese llegado a romper una lanza

por Castro al leer mis páginas de A B C.

Me sorprendió, si, que, aparte de mil equilibrios en si alambre, me injuriase

con saña. No me han alterado, empero, e] pulso sus injurias: porque no agravia

quien quiere, sino quien puede, y existe un gran desnivel moral entre usted y

yo.

No sé si todos en España conocen mi trayectoria histórica. Muchos saben, sin

embargo, que me jugué mi cátedra contra la dictadura de Primo de Rivera; que en

defensa de tos fugitivos de ia zona nacional que acudían hasta .mí resistí en

Lisboa las amenazas de secuestro de mis hijos; que por parecsrme monstruosa la

guerra civil, busqué la paz entre los españoles; que me hice desheredar por mis

padres; que logré escapar de las garras de tos nazis y que llevo treinta y siete

años emigrado. Habría podido volver a España hace mucho tiempo si rrts hubiese

dado 4a gana; y hace bastante que me habrían recibido con bombo y platillos. Me

he negado siempre al retomo, pero he hecho algo más. Me he negado a pedir la

devolución de mis libros, a solicitar una beca Match, a recibir una

indemnización por tos atropellos que me habían hecho, a consentir en que

generosamente me devolvieran mi sillón académico y a solicitar y a percibir la

jubilación de ex ministro a que tengo derecho. Y vivo modestísimamente y solo,

pero altivo y digno, en el exilio. No he sido como Castro, un anual veraneante

norteamericano en España. No volví a abrazar a mis hijos hasta que, en 1953, tos

italianos me imitaron a concurrir a te, primera Settimana de Spoleto, ocasión en

que ellos salieron a verme. Cuando la Providencia me otorgó el premio

Fettrinelli, te compartí con tos pobres de Avila y de Buenos Aires, y a tos

primeros van tos emolumentos por mis colaboraciones periodísticas.

Me es ingrato confesar estas cosas, pero me he visto obligado a ello para mancar

las diferencias «noratos que nos apartan. Entretanto, usted sirvió al Régimen,

aparentó convertirse al liberalismo cuando creyó al Régimen caduco, pero procuró

«nadar y guardar la ropa», y no arriesgó ni el negro de una uña, que diría

Sancho. Con una heroica prudencia siguió bien acaballado en la situación —becas

suculentas, cátedras, sillones académicos, viajes...— Ridruejo, auténticamente

convertido a la democracia´, honestamente se exilió y honestamente padeció dura

cárcel. Otros disidentes nunca han aceptado cátedras ni becas.

No agravia quien quiere, sino quien puede. Todo el mundo ha leído en De mi

anecdotarío político mis elogios a muchos republicanos. Y nadie se ha asombrado

de que, fiel a la verdad histórica, haya juzgado en parte culpables de la

pérdida de libertad en España durante casi cuatro décadas a algunos hombres de

la República.

No; no agravia quien quiere, sino quien puede, y a usted ¡e falta autoridad

moral para enfrentarme.

No quiero seguirle en su defensa de la tesis castrista. ni quiero convencerte de

sis errores. Si usted es tan genial como para comulgar con ruedas dé molinos,

siga aceptando fas facecias de América. En .mi reciente obra Del ayer de España

he reunido mis répücas a Castro. Y todavía estoy esperando que alguien

científicamente se atreva a demostrar que son erróneas Jas páginas de mi España,

un enigma histórico, corno yo hice con España en su historia. Es usted incapaz

de hacerlo. Si lo fuera no habría acudido a la injuria; habría intentado probar

mis torpezas. No creo ni siquiera en la síricaridad da su conversión al

castrismo, Sa confesión de que a la obra de Castro le falta st trasión do

social, económico y político acredita que ha aceptado el castrismo como una

preventiva vacuna izquierdista contra un posible radical cambio político en

España. Pero se angaria. Esa vacuna no va a salvarte.

¡Feliz dicotomía te suya! ¡De Aristóteles a Chamberí! Me ha abrumado con ta

confesión de sus lecturas.

¡Ma che que cosa bárbara!, que dirían en Buenos Aires. Aristóteles, San Agustín,

Santo Tomás, Kant...

«Lo qua sabe este tío», dirían en Chamberí. No le vendría mal empero, leer un

poco de Historia de

España. «Bebo el Chipre en copas da oro», hacía decir a Alejandro, dirigiéndose

a Diógenes un posta que- leíamos en el colegio durante mi -niñez. «Yo bebo el

agua en la mano», replicaba al filosofo. Orgullosamsnte usted declara leer a

Kant; humildemente yo reconozco que leo el A B C.

Debo confesar qua han acabado divirtiéndome sus páginas. Para rimar con la

crítica y sombría postura de los castristas frente a España ha escrito algunas

lindezas. Una de las más peregrinas es el trallazo al catolicismo de los

españoles al asombrarse de sus picardihuelas para ahorrares una parte de tos

impuestos. Esa crítica me ha recordado una exclamación de mi bisabuela: una

señora fres colle montee, que dirían Jos franceses, paró muy -mal hablada. Con

gran asombro mío la oí decir un día una gracia que luego he leído en ia novela

Cien años de soledad, de García Márquez: «¡Qué tiene que ver e! c... con Jas

cuatro témporas del año!»

Y no quiero terminar SKI nacer dos declaraciones. Siento por usted una gran

admiración precisamente porque posee los cualidades de que yo -carezco: ia que

he llamado heroica prudencia y ta habilidad ¡maniobrera; y escribo esto por

experiencia persona).

Para ¡amentar la publicación de mi artículo en ABC, se tía arrogado ta

representación de mis viejos amigos. Pero es et caso que usted no ha sido nunca

sino un conocido que yo recibía cortésmente en mi casa, cortésmente aunque en

guardia —como le recibían Asúa y todos los republicanos—, Un conocido que no se

atrevió nunca a escribirme desde Madrid por temor a perder sus sinecuras «o ss

aventuró a adherirse a) homenaje -que a! cumplir mis setenta anos, en 1963, me

ofrecieron colegas, amigos y discípulos; homenaje al que fue repetidamente

invitado y al que se adhirieron muchos españoles ortodoxos y muchos disidentes.

No se arrogue la representación de mis viejos amigos para llorar por mi supuesta

inconducta. Mis viejos y auténticos amigos, que no han tenido nunca su heroica

prudencia, siguen siéndolo y muy leales. Y me honro con ´!a amistad da cuantos

en las buenas y en las matas, ayer y hoy, han estado y están a mi lado, sin

coincidir a veces con mis opiniones políticas, pero coincidiendo sí con mí

altiva humana honestidad personal, Alguno de ellos hace quince años se atrevió

el primero a romper el circulo de silencio trazado por el castrismo en tomo a mí

en Ja Prensa de España y a quebrar una lanza en elogio de mi España, un enigna

histórico.

Y vaya una observación final. Me ha divertido que admirando mis palabras sobre

el entrecruce entre ia libertad y la historia y mis teorías sobre la vida

política, haya

dicho: «Esto es castrismo». Las he concebido y escrito antes de que Américo se

metiera en harina. Por ese camino un día de éstos te veo atribuyendo a. Castro

et Padrenuestro.

Yo podría en cambio, sin ningún esfuerzo, ir señalando la multitud de pasajes de

las postreras ediciones de España en su historia y de tos diversos ensayos de

Castro, posteriores a la aparición de mi España, un enigma histórico, en que

Américo ha ido recogiendo vetas, cambiando sus viejas afirmaciones y aceptando

las mías, eso si, caliando et retroceso y Sa adaptación. Puedo brindar a los

lectores muchas páginas con estos trueques y adaptaciones inconfesas. Y las

reuniré si ustedes me molestan demasiado.

Su exabrupto me ha dejado, sin embargo, mal sabor de boca y no por su intsnto de

herirme —repito que no agravia quien quiere sino quien puede—. Me ha dejado mal

sabor de boca, porque, como usted reconoce, las polémicas en España se

convierten en batallas. Y esa realidad me hace pensar que,

contra su opinión, perviven ¡as características de los españoles primitivos. Que

sigue triunfando en nosotros la vehementia cordís que nos atribula Plinio. Y que

seguimos buscando en casa el enemigo- cuando- no- lo tenemos fuera, según decía

Pompeyo Trogo.

Pero basta. Le invité antaño y le invito hoy a hacer una encuesta entre ¡os

auténticos historiadores, Ella permitirá acaso añadir una definición nueva a!

Diccionario de la Academia: «Castrista: Presuntuoso escritor que ignora la

historia de España.» Ella ie conviene a usted, al menos, como anillo al dedo.

Y nada más. Este eterno aprendiz de historiador saluda humildemente a uno de (os

genios de la raza española- Y perdone la chunga. En una lejanísima zarzuela un

chulo decía a otro: «Que te crees tú eso pero que no- es eso.»

Claudio SANCHEZ-ALBORNOZ

3 abril 1974.

 

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