Autor: Laín Entralgo, Pedro. 
   Carta a Sánchez-Albornoz (1)     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 7,9. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

MUNDO NUESTRO

Por Pedro Laín Entralgo (De la Real Academia Española)

Carta a Sánchez-Albornoz

LA lectura del lamentable artículo que usted, don Claudio, acaba de publicar en

un suplemento dominical de «ABC» —:>E1 drama de la formación de España y los

españoles» es su título— me obliga a hacer abierta y puntualizadora la respuesta

epistolar que desde hace algún tiempo le debo. Dos capítulos, por lo menos,

integran esta vieja deuda mía: las finas atenciones que conmigo ha tenido usted

cuantas veces he pasado por Buenos Aires y el "amistoso envió de algunas de sus

publicaciones más recientes. Nunca podrá olvidar los comunes sentimientos que

allí, con el recuerdo de España ai fondo, más de una vez han traído simultánea

humedad a nuestros ojos, ni la gran obra hispánica que ha sido y sigue siendo el

Instituto de Historia de España por usted fundado en la Universidad porteña. ni

aquella españolísima y sonora discusión entre usted y fray Justo Perez de Urbel

acerca de si el conde Fernán González fue o no fue el primer separatista de la

historia de España; discusión que yo, precisamente en la sede de ese Instituto

suyo, de algún modo contribuí a mitigar.

Pero, bien a mí pesar, no es el poso anímico de esos múltiples recuerdos lo que

va a dar a mi carta de hoy su tono, sino las razones por las que me he visto

obligado a calificar de «lamentable» el antes mencionado artículo. Razones en

las cuales tiene su parte alícuota, cómo no, el cariz entre irónico y

menospreciativo de la frase con que usted ha querido traer a colación mi nombre,

pero de las cuales son parte principal la manifiesta falsedad y la consiguiente

injusticia de sus nuevas alusiones —:>Y dale», diría un chamberilero de los de

Arniches— a la obra de don Américo Castro, autor, como todos, desde ¡Platón y

Aristóteles, lícitamente discutible, pero hombre a la vez eminente, respetable

y, esto es lo más grave, ya muerto.

Al grano. Literalmente he aquí, don Claudio, algunos de sus textos: «Se ha

reprochado una y otra vez por Castro á los españoles su incapacidad para la

ciencia, la técnica y las creaciones industriales»; para tales empresas, habría

afirmado y repetido Castro, existe entre nosotros una «incapacidad nacional»;

Castro acusa a España y sus hombres «de estupidez y cerrilismo»; los españoles

seriamos, siempre según Castro, «incapaces a natura para la ciencia y la

técnica»; Américo Castro es reo, según usted, de «congelar nuestro porvenir en

función de ese a.yer (el que en sus obras ha descrito)»; movido acornó por «aa

incoercible inclinacicn al vilipendio de lo hispano», Castro ha sido «el último

en envenenar nuestra conciencia nacional»... Frases todas ellas que falsean la

más expresa realidad del pensamiento de Amárico Castro, ofenden nada levemente a

su persona y demuestran paladinamente que usted, don Claudio —fuerte cosa en un

historiador tan relevante—, no ha sabido o no ha querido entender el meollo

intelectual de La realidad histórica de España, y de los escritos en que este

libro ha tenido ulterior desarrollo o complemento.

¿Castro envenenador de nuestra conciencia nacional y vilipendiador incoercible

de ,1o hispano? De dónde ha podido salir tan gratuita e insultante fábula? «El

que no tenga cotización en el mercado del conocimiento físico -escribía don

América, a modo de balance final, en el último capítulo de La realidad histórica

de España—, tío quiere decir que la serie Fernando de Rojas (La Celestina}.

Hernán Cortés, San Juan de la Cruz, Cervantes, Velázquez y Goya no signifique en

él mundo de la axiología, de los valores máximos del hombre, nada de menor

volumen que Leonardo, Copérnico. Descartes," Kepler, Galileo y Newton». Y si a

esto se añaden los reiterados y vehementes juicios de Castro acerca de la

colonización de América por nuestros ´antepasados —¡que temblor de admiración y

orgullo en su voz y en su pluma, cuántas veces recordaba el Zócalo de México y

la arquitectura de las antiguas Indias!—, dígase en qué deben quedar, don

Claudio, los enconados y empecinados dicterios de usted.

Vengamos, sin embargo, al tema que más de cerca me toca y sobre el que. por

añadidura, puedo hablar yo con menos insipiencia: la realidad y la

interpretación de nuestra escasa parte en la edificación de la ciencia y la

técnica modernas. Según usted, don Claudio, Castro sostiene con terquedad y

hasta ccn regodeo que los españoles somos «nacionalmente incapaces» —más aún,

«incapaces a natura»— para la invención científica y tecnica. ¿Dónde ha escrito

Castro tales cosas? Y desde su pensamiento y su biografía, ¿cómo hubiera podido

él escribirlas? Mientras viva recordaré una tarde de junio de 1957. sobre el

césped de su casita de Princeton. Esperábamos juntos a Severo Ochoa, que allí,

camino de Filadelfia a Nueva York, había de hacer estación, y la entre

melancólica y esperanzadora memoración de los españoles que desde los- decenios

finales del siglo XIX habían -hecho y seguían haciendo., donde fuera, verdadera

ciencia, fue el motivo central de nuestro diálogo, enriquecido luego por el

propio Ochoa con la noticia de sus mas recientes trabajos. Mucho más que eso

importa ahora, sin embargo, conocer en su verdadera realidad —para aceptarla o

para rechazarla, pero siempre con razones, no con infundados proyectiles

verbales—, la visión castriana de tan enorme problema. Hela aquí, reducida a su

quintaesencia y puntualmente presentada por mí bajo notarial forma asertiva:

1.° — Pese a cuantas excepciones puedan mencionarse, la obra de los españoles en

la edificación de la ciencia y la técnica modernas ha sido, por desgracia, muy

escasa, y precisamente durante los años en que vivienron los gigantes Fernando

de Rojas, Cisneros. Hernán Cortés, San Juan de la Cruz, Santa Teresa, Cervantes,

Zurbarán. Lope, Velázquez, Calderón y Goya. «Es lastimosa y aun vergonzosa cosa

que, como si fueramos indios, hayamos de ser los últimos en recibir las noticias

y luces públicas que ya están esparcidas por Europa», escribía en 1687 el médico

Juan de Cabriada. «Acá ni hombres ni mujeres quieren otra geometría que la que

ha menester el sastre para tomar bien las medidas», añadirá el padre Feijoo,

pocos decenios -más tarde. Y así —siempre salvo excepciones— hasta que Cajal,

Menéndez Pelayo, Giner, Turró, Torroja, Gómez Ocaña y algunos otros creen en

España, aunque todavía parcial y modesto, un clima intelectual ya diferente.

(Dentro de pocos meses, la inteligente, esforzada y meritoria labor

historiográfica de López Pinero presentará de manera completa e inédita el

cuadro de nuestra contribución al nacimiento y primer desarrollo de la ciencia

moderna; p«ro es bien seguro que sus resultados, nuevos en muchos puntos, no

llegarán a desvirtuar la penosa verdad del juicio global antes expuesto. Tengo

ante mí, por otra ¡parte, la todavía no leída tesis doctoral de Santiago Garma

sobre la obra matemática de Caramuel, y con ella la certidumbre de un estilo

relativamente «moderno» en ciertos perfiles de las farragosas disquisiciones del

sabio jesuíta —que por lo demás, no lo olvidemos, fueron casi íntegramente

compuestas fuera de la España de su tiempo—; lo cual no es óbice para que la

linea-eje del desarrollo de la matemática moderna diste de pasar por la

Península Ibérica).

2.« — La tal deficiencia no tuvo y no pudo tener su causa en una nativa

incapacidad de los españoles para hacer ciencia nada más anticastriano que la

afirmación de incapacidades históricas a natural—, ni sn ninguna de las

hipótesis que ya Cajal había discutido en Reglas -y consejos para la

investigación biológica (1897), sino en el escaso o nulo interés que desde la

Edad Medía hasta hoy mismo han mostrado por el saber científico las clases y los

grupos en. verdad dirigentes de nuestra sociedad. Se trata de un hábito

histórico-social, de una determinada postura vital ante la realidad deí mundo y

la realidad propia, de una peculiar «vividura», como el propio Castro ha venido

diciendo, no de una tara biológica, geofísica, geopolítica o económica: de algo,

por tanto, que surgió en la Historia y que puede y debe ser corregido mediante

un adecuado examen de conciencia, y una oportuna y empañada educación. Si usted,

don Claudio, quiere pasar de la invectiva sistemática a la lectura serena y

reposada, lea —no es empeño de gran monta— el ensayuelo que bajo el título «Más

sobre la ciencia en España» acabo de publicar en el libro colectivo Once ensayos

sobre Ja ciencia (Madrid, 1973) y, para no salir del propio Castro, las

delicadas y patéticas páginas, añejas algunas, recientes otras, que integran su,

pequeño libro Españoles al margen (Madrid, 1973). Acaso descubra usted cómo

pueden fundirse, lo diré completando una expresión de Baroja, los cinco modos

principales del amor al país propio: el patriotismo de desear, el de ver, el de

sentir, el de exigir y el de pensar.

3." —• Este escaso o nulo interés de los españoles por el saber científico

habría tenido como protagonista el amplísimo y poderoso grupo social que Castro

llama ;>casta de los cristianos viejos», dominante desde nuestra ´Edad Media

sobre la sufrida minoría de los «cristianos nuevos», fuese la casta étnico-

religiosa la simple mentalidad el fundamento de esa disidencia suya y de la

(¡novedad» de su oprimido estilo vital; Jos cuales desearon para nuestro pueblo

un modo más evangélico de la religiosidad y una actitud ante el mundo y ante las

aventuras de la razón natural distinta de la que en torno a ellos prevalecía.

«Europeizantes», les llamaríamos hoy. «Cristianos nuevos» por casta o por pura

mentalidad, ahí están, con sus aperreadas y entristecedoras vidas, léase la

documentadísima monografía del helenista Luis Gil, nuestros pobres humanístas

del siglo XVI.

GACETA ILUSTRADA 7

MUNDO NUESTRO

4.» — El nacimiento y el auge de la mentalidad imperante entre los «cristianos

viejos» —y, a la postre, en el seno de la sociedad española de los siglos XVI y

XVII— tuvo su origen, según Castro, en la peculiaridad de nuestra Edad Media

dentro de la europea, en la singular mezcla de convivencia y colisión entre

cristianos, árabes y judíos que otorgó a nuestro Medioevo cristiano su estilo

vital propio; y, siempre según Castro, el conocimiento actual de una y otra debe

tener para nosotros doble sentido: ver según su auténtica realidad nuestro

pasado y, estimando lo pretérito en cuanto tenga de estimable, sacar de ese

examen ae conciencia luces y ánimos para vivir adecuadamente como españoles en

el más vivo y más prometedor nivel de la Historia universal. Con nítida claridad

lo ha dicho él una y otra vez a cuantos, por la razón que sea, parecían y

parecen na querer entenderle.

Pero el hilo es demasiado largo, don Claudio, y exige seguir todavia con él.

Procuraré que sea la semana próxima.

 

< Volver