Autor: Laín Entralgo, Pedro. 
   Carta a Sánchez-Albornoz (II)     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 7,9. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

Carta a Sánchez-Albornoz

ES bien seguro que, si por- fortuna aún viviese, Arnérico Castro consideraría

abusivamente amputadora y esquelética la sinopsis de su pensamiento ¡sobre Ja

realidad histórica de España que la semana -pasada yo ofrecí en estas mismas

páginas. En efecto, varias partes integrales de su obra y no pocos de los más

importantes relieves de ella quedaron sin la menor alusión en mi sumarísimo

esquema. Pero con éste yo sólo intentaba el logro de algunos objetivos muy

concretos —demostrar la íalsedad y la injusticia de las recientes imputaciones

acerca de la calidad y las posibilidades de los españoles que usted, don

.Claudio, de nuevo ha hechp a don Américo; reafirmar que Castra se propuso

conocer mediante documentos, no sólo literarios, contra -lo que tanto se repite,

la raíz más profunda de acuella realidad, y a la vez utilizar el conocimiento

así obtenido como rampa de acceso a un futuro hispánico verdaderamente

esperanzador; exponer la esencia de la actitud castriana ante la escasez de

nuestra ciencia natural, precisamente cuando dábamos al mundo los más grandes

hombres de nuestra Historia—, y creo que para tal fin era suficiente lo poco que

yo dije. A lo cual, don Claudio, algo debo añadir pro domo mea,

Metiéndome de pasada y como al desgaire en la corriente de su alegato, dice

usted textualmente que yo íie aceptado ales quintillizos (de ´Américo Castro),

sus cinco erradas caracterizaciones de España y los españoles, como, según

¡frase popular, se aceptan los ¡artículos de la fe». Perdón, don Claudio; ipero

en mi modesta, aunque ya no corta vida intelectual, creo haber dado muestras más

que suficientes de no aceptar «como articulo de la fe» ninguna criatura parida

por minerva humana, aunque de está fuesen titulares Aristóteles o Kant, San

(Agustín o Santo Tomás de Aquino, o, sí quiere usted nombres-más próximos a

nosotros, Ramón y Cajal o Xavier Zubiri. Todos los libros en que he estudiado

personal y sistemáticamente un tema —la historia clínica, o la esperanza humana,

la realidad del otro o la amistad—, siempre han comenzado con un examen, leal,

sin halago y sin cicatería, asintiendo o discrepando, de todo lo que acerca del

tema en cuestión dijeron cuantos en el empeño me hablan precedido, y este mismo

ha sido mi proceder ante el que rutinaria, preocupada o doloridamente solemos

llamar «problema de España».

Desde hace más de siete lustros me vienen pinchando el alma, como Tealidades

pretéritas o presentes y como nunca bien resueltos problemas, muchas acuciantes

cuestiones relativas a este país nuestro. Le diré algunas:

•1.a ¿Por qué desde 1815 hasta nuestros días —sin menospreciar, ni mucho menos,

Ja gran parte que en ellas hayan tenido los ingredientes socioeconómico y

sociopolítico de ia existencia humana— han mostrado tam notorio carácter de

«guerras de religión» las incesantes polémicas verbales y las sangrientas

contiendas armadías con que los españoles hemos intentado dirimir nuestra

siempre deficiente incorporación al mundo occidental moderno?

2.* ¿Por qué el sobresaliente ingenio de los españoles, cuando éstos han sido de

verdad sobresalientes, ha dado tan pobres frutos, hasta los últimos decenios del

siglo XIX, en el cultivo de las ciencias de la naturaleza y las del hombre? ¿Por

qué, por ejemplo, la Historia de la composición del cuerpo humano de Valverde de

Amusco —en calidad, el segundo tratado de ¡Anatomía del siglo XVI, como tontas

veces he dicho a mis discípulos— tuvo que ser elaborada en Italia, y allí

publicada en 1556? ¿Por que a raíz de la Guerra de la Independencia, cuando tan

próximo era, el todavía incipiente, pero ya estimable auge de nuestra ciencia

dieciochesca, no vino el mahonés Onfila a ordenar desde Madrid la reorganización

de nuestros desmantelados estudios científicos?

3.a ¡Lleguemos a la más rigurosa actualidad. -¿Por qué el tanto por ciento de

nuestro producto nacional bruto aplicado a la ciencia es hoy tan tejo como de

hecho es, y precisamente cuando el prestigio social del saber científico ha

alcanzado tan fabuloso nivel en el mundo entero? ¿Y por qué hace treinta y cinco

años no fueron convocados a la tarea de reconstruir nuestra vida intelectual

muchos de nuestros mejores hombres, a la sazón enteramente disponibles?

4.a ¿Por qué siendo España, como jactanciosamente tantas veces se iia dicho, el

país más católico del mundo, es en ella tan grande el fraude fiscal, sobre todo

entre los ricos y poderosos, y por qué son tan ,poco de fiar nuestras

estadísticas, cuando éstas tienen a nuestra sociedad -como sujeto? ¿Por qué los

españoles hicimos fracasar los gérmenes de una administración «europea» y

•«moderna» tan animosamente creados o fomentados por la porción más moderna y

europea del alma de Felipe II?

Preguntas de este género podrían fácilmente multiplicarse. Bastan las

formuladas, sin embargo, para hacer patente mi personal menester de una teoría

de España» que sin sumirme en la desesperación ante el futuro me hiciera

comprensibles desde dentro todas estas punzantes realidades. Caer de nuevo en el

menendezpelayismo de La ciencia española, —alguna autoridad tengo para hablar de

ella— seria como gritar en el seno del bosque sabiendo que sólo había de damos

compañía el eco de nuestra voz: una entusiasta- y erudita niñería. Apelar a los

viejos textos de Tito Livio y Pompeyo Trogo como claves explicativas de nuestros

avatares nacionales a partir de la Reconquista, me pareció y me sigue pareciendo

cosa punto menos que pueril. Bucear en los senos de nuestra ´Historia para

descubrir y ensalzar todo lo que de «europeo» haya en ella, es sin duda cosa tan

necesaria como laudable; tanto más laudable y necesaria para mí, cuanto que soy

y quiero ser «español europeo», y -desde lo más hondo de mi entraña ´hispánica

ansio ver a mi vera españoles de cualquier -siglo «n quienes la religiosidad o

la carencia de ella, el ejercicio de la Inteligencia y la disposición a convivir

en paz con el discrepante sean las mismas que en la mejor Europa hayan,

florecido; aun cuando casi siempre termine encontrando que todo lo rea! y

verdaderamente ¡«europeo», tai y como esta palabra es de ordinario entendida en

España, empieza o acaba siendo marginado por quienes entre nosotros afirman

representar mejor el patriotismo y la tradición.

¡Qué no podrían decir a tal respecto un fray Luis de León o un Jovellanos "!

Pues bien: no porque yo acepte verdades -u opiniones humanas como artículos de

la fe, sino porque en sus líneas generales, que sólo a ellas quiero atenerme,

fueron convenciéndome los documentos -y los razonamientos contenidos en la. obra

de Americo Castro, en esta obra he descubierto la posibilidad de entender con

evidencia y coherencia, suficientes la realidad vital e histórica a que atañen

las precedentes interrogaciones, y así lo declaré paladinamente en mi librejo A

qué llamamos España.

¿•Que alguno de los asertos de Castro puede o debe ser conceptual o

documentalmente matizado o rectificado? Háganlo en buena hora los doctos en la

materia respectiva, y yo no tardaré en aceptar el matiz o la rectificación. ¿Que

para escribir una entera y cabal historia de España habrá que añadir al torso de

las intuiciones y descripciones castrianas multitud de datos tocantes a la

economía, la política, la sociología, la vida religiosa, la actividad

intelectual y las instituciones ¿e nuestro país? Por supuesto. Pero mientras no

se me ofrezca un esquema interpretativo de nuestra -Historia para mí más

convincente que el de Castro —quiero decir, más capaz de responder

convincentemente a las anteriores preguntas—, con el de Castro me quedaré.

.¿Acaso éste impide valorar hispánicamente todo lo que con anterioridad al

.nacimiento de la españolía hubo en nuestra península? «El pasado ibero o romano

fue condición para lo que llamo España», dice textualmente Castro a cuantos no

se obstinen en el empeñó de combatirle sin leerle. Ese esquema interpretativo,

.¿es acaso óbice para admirar y exhibir como «nuestros» toda la grandeza de Lope

y Calderón, todo el elegante esplendor esourialense del Patio de los

Evangelistas, todo el enorme talento filosófico -y teológico de Suárez, todo el

valor de Jos teredos de Flandes, todos los admirables redaños de los madrileños

del Dos de Mayo y, por supuesto, toda la valiosa y conmovedora europeidad de los

españoles que desde el siglo XV han querido ser plenamente hispano-europeos

antes que solamente hispano-hispánicos? Por Dios, don Claudio, ¿dónde ha escrito

Castro que Daoiz y Velarde vivieron desviviéndose cuando como héroes combatían

junto al Parque de Monteleón? Y, por otra parte, ¿qué idea tiene usted del alma

humana para no comprender que un hombre puede comportarse del modo más heroico

«precisamente» por vivir así, desviviéndose, su personal instalación en el

mundo?

Copio de usted mismo: Es estúpido lanzar anatemas, hay que analizar las causas

de los hechos... Todo ha cambiado y seguirá cambiando en la Historia, y ha

cambiado y puede cambiar en la de España...

Superemos nuestro triste ayer —lo que de triste haya en nuestro ayer, matizaría

yo—, seguros de la potencialidad creadora de nuestro pueblo... No hay leyes

hereditarias que decidan la vida de las comunidades [históricas, ni somos

prisioneros de inexorables leyes económicas que impongan rumbos al mañana. >No

olvidemos que la Historia es la hazaña de la libertad —de lo que esforzada y

creadoramente hagamos realizando en libertad algo de lo que podemos ser,

precisaría yo, y que la libertad es la hazaña de la Historia... Apliquemos todo

el potencial humano que existe en nosotros a renovar la. vida hispana...».

Querido don Claudio: aunque usted se resista a aceptar mi afirmación, todo esto

es puro pensamiento oastriano. Sí; apliquémonos a ¡hacer como españoles en este

azorante nivel de la Historia universal, y justamente en él, no insta/ados sobre

chinchines acerca de nuestro pretérito o sobre interesadas deformaciones de

nuestra verdadera realidad,, lo más y lo mejor que nos pea posible: formas de

convivencia civil en las que se alien la libertad y la justicia, buena

filosofía, buena literatura, ciencia de verdad —toda la ciencia, repetiré de

nuevo mi fórmula, exigible a un país europeo de treinta y cinco millones de

habitantes—, técnica cuyos artefactos no se rompan pronto, estadísticas

económicas y sociales dignas de crédito. Hagamos todo esto, sí, después de -

haber entendido bien por qué hasta ahora no lo hemos hecho en. medida realmente

satisfactoria. Y mientras tanto, don Claudio, permítame desear con toda mi alma

que en usted no pueda ver nadie —unos, sus verdaderos amigos con íntima pena;

óteos, sus amigos de ocasión, con visible refocilo— un terco alanceados de

republicanos muertos. Esa sería en usted, me atrevo a pensar, la mejor manera de

vivir enteramente fiel a sí mismo.

MUNDO NUESTRO

 

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