Autor: Sánchez-Albornoz y Menduiña, Claudio. 
   Castrolatria  :   
 Carta abierta a Don Pedro Laín Entralgo. 
 ABC.    11/06/1974.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

TRES CARTAS ABIERTAS DE OPINIONES AJENAS, POLEMICAS, CARTAS, PUNTUALIZACIONES,

COMENTARIOS.

El pasada día 24 de febrero publicamos en las páginas dominicales de ABC un

extenso artículo de Claudio Sánchez-Albornoz titulado «El drama de la formación

de España y los españoles»* En su sección habitual de «Gaceta Ilustrada», el

académico Pedro Laín Entralgo dedicó dos artículos a replicar ¡as tesis de

Sánchez-Albornoz. Contestó éste con una carta ane, fie acuerdo con nuestro

permanente propósito de abrir liberalmente estas páginas a las diversas

opiniones, publicamos en nuestro dominical de 28 de abril.

Posteriormente, Torcuato Luca de Tena, Pedro Laín Entralgo y Dionisio Ridruejo

replicaron a la carta de Sánchez-Albornoz con trabajos aparecidos en ABC, El

ilustre historiador en declaraciones a Pedro Mario Herrero publicadas en «Ya» y

en una carta abierta en «Informaciones» se refirió de nuevo´ al debate.

Ahora nos envía, con ruego de publicación, tres cartas Se réplica dirigidas a

Dionisio Ridruejo, Pedro Laín Entralgo y Torcuata Luca de Tena. Las publicamos a

continuación, sin que ello suponga que nos identifiquemos con las opiniones que

en ellas se vierten ni con los términos en los que su ilustre autor se expresa.

CASTROLATRIÁ CARTA A DON PEDRO LAIN ENTRALGO

Le había tratado con cortesía y amistad, había ¡amentado su conversión al

castrismo por juzgaría signo de inmaduro conocimiento de !a Historia, había

Intentado convencerle de sus errores por consideración a su talento. Su silencio

me persuadió de so fal-ta de estima hacia mi abra y de su desdén por mi trato.

Me limité, empero, a ironizar a prepósito de su aceptación inconsulta de los que

he llamado quintillizos de Castro. Esperaba una reacción a favor de éste porque

sabia no sólo de su devoción a Américo, sino de su vinculación con ¡a familia

del mismo. Y no hubiese reaccionado snie un nuevo elogio de su ídolo sin. sus

palabras finales acusándome de alancear republicanos muertos y de pasarme ai

moro renunciando a mis amistades republicanas para entregarme a Jos monárquicos.

Como digo a Dionisio Ridruejo, tales palabras constituían dos trallazos en el

rostro, puesto que equivalían a llamarme cobarde y traidor. Soy hombre de paz y

más dado a Ja sonrisa burlona que a la cólera, pero... La culpa es

exclusivamente suya, quiso herirme y ha sido usted el herido porque, pese a sus

exculpaciones, no está libre de pecado. Y no sólo por su conversión de 180

grados. No se pueden solicitar en vano de un Gobierno enemigo favores para sí

mismo y para sus familiares sin que sean notorios. Y no digo más. No quiero

ahondar en el tema. Repase su propia conciencia.

He de rechazar su afirmación de que yo he tomado la iniciativa en Ja pugna

violenta coa Castro. En mis análisis de sus obras procedí con guanta blanco,

mezclando disentimientos con elogios y mostrando con cortesía mí oposición a sus

tesis. Ahí están asís noticias bibliograficas de su «España en su historia» y

toda mi «España, un enigma histórico». Américo reaccionó injuriándome en «Dos

ensayos» y en «Santiago de España». Su soberbia obligó a Claudio Guillen a

lanzar una rociada contra mi; su fiel escudero recibió su merecida. Y siempre,

siempre me fia abrumado con insultos y agravios. Creyó que su obra iba a

revolucionar ta historia de España y su ira por mis criticas la llevó a incurrir

en el ridiculo.

En un periódico de Tenerife, Constantino Aznar ha referido la siguiente

anécdota. Un ¡oven profesor español que había Ido a ¡os Estados Unidos visitó a

Castro y éste le invitó a cenar. Tomaron un taxi.

Durante la marcha se pasó revista a los compatriotas dispersos por el mundo. El

incauto colega tuvo la malhadada ¡dea de citarme entre elhs. M sír mi nombre,

Americo grite: «Please, stop, stop, please.» Y cuando paró el coche se apeó y

dijo a su asombrado acompañante: «No me vuelva a mencionar a ese señor. Cene

usted solo.»

Podría narrar otra serie de anécdotas parejas. Mi recuerdo le obnubilaba. Fue éi

quien Inició la guerra; yo no he hecho sino devolver golpe por golpe. Han

continuado la batalla sus familiares y ustedes sus acólitos. Pero he dicho al

director de ABC que estoy harto de polémicas y que pueden ustedes canonizar a

Américo a su placer.

Y no quiero continuar discutiendo con usted en estas páginas —lo haré si llega

el caso en otras—. Puede usted seguir entregado a lo que podríamos llamar

«Castrolatría», seguir poniendo ¡os o/os en blanco cada vez que aluda a su ídolo

y seguir calificando mi obra a su gusto. Yo soy un tonto incapaz de fugar ccn

las ideas; mis libros son pésimos —¡qué estúpidos son los españoles al agotar

sus ediciones!— y usted es un genio cuyas enseñanzas su disputarían las más

famosas Universidades de! mundo —ojala que nunca deba intentar convertir en

realidad tal ilusión—. Yo no deseo contradecir sus juicios. Me limito a

recordarle e! timo chulesco con que puse fin a mi anterior acusación.

 

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