Autor: Sánchez-Albornoz y Menduiña, Claudio. 
   Un reproche a Ridruejo     
 
 ABC.    11/06/1974.  Página: 34. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

UN REPROCHE A RIDRUEJO

Me he quedado estupefacto al leer su nota de ABC, ¿Cómo es posible que,

conociéndome, haya podido imaginar que yo hubiese podido arremeter contra Laín

como arremetí porque él hubiera defendido una tesis de Castro? _En el caso

contrario, yo no hubiese vacilado y me habría preguntado, por qué Ridruejo había

estallado en colera.. Los bla, bla, bla sobre las teorías de Américo me causan

dolor en cuanto denuncian una deficiente información y una parálisis de la

capacidad crítica de quienes los endilgan. Pero nunca me hacen perder el buen

humor.

El para usted beatífico Laín me acusó de alanceador de republicanos muertos y de

abandonar mis devociones tradicionales para entregarme a los monarquicos. Se lo

digo a él en carta aparte; tales palabras equivalían a acusarme Se cobarde -y de

traidor, y fueron para mí como un trallazo en la cara.

Confieso que las palabras de Torcuato Lúca de Tena y las suyas me han

estristecido, porque revelan que tienen ustedes pésima opinión de mí. Confiaba

en que, por mi limpia ejecutoria, me hubiesen ustedes juzgado mejor. Y me he

preguntado si ha merecido la pena mi sacrificio por una España nueva, pot la

dignidad del hombre y par la libertad.

Sé muy bien lo difícil que es vivir ea España a muchos miles de disidentes. Pero

observe usted que Laín no ha padecida ni padece esas dificultades. ¿Quiere usted

explicarme por qué? Pero es vana la pregunta.

Todos saben en nuestra patria la razón de esa diferencia, y yo he puesto el dedo

ea la llaga al juzgarle.

Quien combate a un régimen tiene el elemental deber de no colaborar en

organismos « instituciones oficíales —y no aludo a las universidades— y el de no

demandar favores para ellos ni para sus familiares.

Creo a usted libre de ese pecado. Pero ha cometido ahora una gran injusticia

conmigo.

Muchas adhesiones be recibido en estos dias. Los historiadores se burlan en

ellas de las ideas historiograficas de Castro —en otra ocasión procuraré indagar

cuáles son esas ideas, porque ha cambiado tanto de opinión ea d curso de su

vida!— y me lo dicen por escrito. Pero me han emocionado, sobre todo, las

palabras de algunos argentinos. «Le queremos más que los españoles; unase a

nosotros para siempre adoptando nuestra dudadanza.» Les he agradecido su

cordialísima propuesta, peco español he nacido, he pasado mi vida estudiando el

ayer de España y español moriré cualquier día de éstos. No temo a la muerte. La

espero tranquilo.

 

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