Los intelectuales y la política     
 
 ABC.    16/10/1963.  Página: 48. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ABC. MIÉRCOLES 16 DE OCTUBBE DE 1963. EDICIÓN BE LA MAÑANA. PAG.

48.

LOS INTELECTUALES Y LA POLÍTICA

Ciento dos españoles han escrito una carta al ministró de Información y Turismo

denunciando algún hecho ignominioso que de ser cierto condenaríamos. Es

indiscutible que todo ciudadano tiene un derecho natural a pedir a sus

.gobernantes que hagan justicia. Pero los que han elevado este escrito no lo han

hecho por su simple condición de miembros de una comunidad política, sino porque

se consideran intelectuales, es decir, hombres dedicados preferentemente al

cultivo eminente de las ciencias, las letras y las artes. Y desde este punto de

vista hay que juzgarlos. Por eso no cabe aplicarles un criterio de valoración

vulgar y estrictamente jurídico, sino mucho más exigente.

En primer lugar, no se es intelectual por oficio, sino de condición.

Autocalificarse de intelectual no sólo es un gesto petulante y, en cierto modo,

ridículo, sino jnuy .impropio del que Jo es de verdad. Es bien sabido que los

griegos más eminentes, por no calificarse a sí mismos de sabios inventaron el

modesto vocablo de filósofos, que originariamente significaba amantes de la

sabiduría. Esta es la causa de que, en principio, predisponga y,a de modo muy

poco favorable una opinión suscrita por quien en su tarjeta de visita se

presenta como intelectual.

Pero, además, ¿quiénes son éstos que encabezan su escrito diciendo "nosotros, en

nuestra calidad, pública y visible, _de intelectuales"? El hecho es que en su

inr luenga mayoría se trata de personas posiblemente sapientísimas, pero

práctícamente desconocidas, no ya del gran público, sino incluso de las minorías

inquietas por tos problemas del espirita. Esto agrava la petulancia de la auto

definición. Más qué intelectuales visibles, la mayor parte de tos que suscriben

esta epístola son personas que, a! hacerlo, se han colocado en ana posición de

visibilidad, es decir, salir de esa penumbra e?i la que las circunstancias y sus

méritos los habían mantenido hasta ahora. Y preciso es reconocer que resulta muy

poco intelectual lograr el rjsnombre con gestos esencialmente politicos.

Lo específico del intelectual es contribuir a la transmisión y al progresó de

los saberes y, extensivamente, de las artes. Es en esta línea genuina en la que

deben conquistar una autoridad verdadera. Cuando esto se ha logrado, se añaden a

las responsabilidades estrictamente ideológicas las sociales o políticas en

grado superior al del ciudadano medio. Es decir, un intelectual tiene obligación

de intervenir en la vida pública más que cualquier otro miembro de una sociedad,

cuándo su óbra le ha concedido una posición ^social de general prestigio. Pero

no es éste el caso de un dramaturgo que no ha estrenado ninguna obra, de .un

poeta inédito, de un director sin dirigidos ó de un filósofo sin filosofía. A

todos ellos lo primero que la sociedad tiene que exigirles´ es gue demuestren jr

conquisten la

noble condición de intelectuales auténticos.

Pero supongamos que se trata, aunque inmodestos, de intelectuales relativamente

dignos de este nombre.

Este ,es el caso de una docena larga entre el centenar de firmantes. Pues bien,

a ellos lo primero que hay que exigirles cuando levantan la voz para intervenir

en la cosa pública, es rigor. Desgraciadamente, en la carta qué han dirigido al

ministro de Información y Turismo no sólo denuncian malos tratos cometidos con

personas inexistentes, y deforman los hechos, sino que llegan a formular

denuncias sobre víctimas "cuyo nombre se desconoce", o de las que no se tiene

noticia más que del nombre de pila. ¿Cabe algo más impreciso e irresponsable?

Estamos ante la negación misma del más primario de los deberes metódicos del

vero intelectual.

Y cuando se traía de hombres justamente prestigiosos en su ,_ámbito de actividad

propia pero que tienen ya en su biografía antecedentes de un marginal y

subsidiario ejercicio de la política, algo más que rigor hay que pedirles:

consecuencia. En esta línea es sencillamente asombroso el, caso de un novelista

que levanta ahora airadamente la voz para encabezar una protesta contra un

"corte de pelo". Porque es el mismo escritor que en 1938 consideraba

"exageradas" las formalidades jurídicas del sanguinario Gobierno del Frente

Popular y repudiaba las peticiones de unos escritores extranjeros que pedían

clemencia para un grupo de comunistas menos ortodoxos. Esta contradicción,

ciertamente penosa, pone de manifiesto, o insinceridad, o versatilidad, dos

vicios radicalmente incompatibles con la intelectualidad genuina.

Y, finalmente, algo más hay que exigir a los intelectuales que se consideran

llamados a intervenir en la política de su pais: conciencia del alcance´ de sus

actos. i los firmantes de este escrito, aireado por la Prensa comunista de todo

el mundo y bendecido por la "Pasionaria" antes de que llegara a manos de su

destinatario, conocían el fin propagandístico y sectario que le esperaba,

envilecían su función, de cultivadores de la. inteligencia y de, la

ejemplaridad. Y si no lo sabían, su imprevisión, su falta de prudencia o su

frivolidad los descalifica vitaliciamente paira volver a salir a la palestra

pública.

En suma, la carta que comentamos es un raro ejemplo de antiintelectualismo

constitutivo: petulancia, politización, mediocridad, falta de rigor,

inconsecuencia, e irresponsabilidad. El balance sería intolerablemente trágico

si, por fortuna, no resultara que los verdaderos por-tavoces de la

intelectualidad híspana, los prestigios auténticos, desde los venerables hasta

los más jóvenes, no estuvieran al margen de esta carta. Con sus nombres,

justamente famosos aquende y allende fronteras, sí se-podría hacer una

larguísima lista de intelectuales auténticos. Nos queda todavía la esperanza de

que por lo menos habrá algún firmante que al meditar sobre su adhesión epistolar

sentirá rubor. Eso significará que todavía tiene conciencias lo qué implica la

condición intelectual que se atribuye.

 

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