Autor: Laín Entralgo, Pedro. 
   Carta última a Sánchez-Albornoz     
 
 ABC.    03/05/1974.  Página: 36-37. Páginas: 2. Párrafos: 12. 

ABC. VIERNES 3 DE MAYO DE 1974. EDICIÓN DE LA- MAÑANA, PAG. 38.

ULTIMA CARTA A SANCHEZ-ALBORNOZ

No será inoportuno, don Claudio, que en claro y sencillo castellano, sin

chocarrerías de mal gacetillero, exponga yo a los lectores de A B C Jos

antecedentes efe !a carta abierta que con tan manifiesto animó de injuriar me

,ha dirigido usted en un reciente suplemento dominical de este diario. En otro

número, algo anterior, de «Los domingos de A B C»3 apareció con su firma un

artículo —«El drama de la formacion -de España y los españoles» era su titulo—.

en e! cual se ofendía con falsedad evidente, llamándole, entre oirás cosas,

vilipendiador incoercible de lo híspano» y «envenenador de nuestra conciencia

nacional», a un hombre ya muerto, eminente en ef saber y en la docencía, del que

yo me honré siendo amigo y que a mí y a muchos, tai es nuestra honrada

convicción, nos ha dado con su obra -vigorosas y penetrantes luces paira

entender sin desesperación, con e! alma (impíamente abierta hacia el futuro, ese

azorante y quemante «enigma histórico» que usted mismo ha visto en ei pasado de

España: Americo Castro. Este lamentable hecho, y con él una volandera, pero

despectiva inclusión de mi nombre en la tosca y reiterativa prosa de su nuevo

alegato contra la persona y Ja obra de Castro, me movieron a responderle, y así

¡o hice, oreo, que razonada y no chabacanamente, en una «Carta a Sánchez-

Albornoz», impresa en dos números consecutivos de «Gaceta Ilustrada». No estara

de más añadir que yo mismo envié a usted por vía aérea el recorte de ellos, amén

de unas líneas manuscritas declarándote mi deseo de que, pese a las no leves

discrepancias de pensamiento y de procedimiento patentizada? por eá mencionado

rifirrafe periodístico, perdurase entre usted y yo la buena relación que hasta

entonces había existido,

Hasta- aquí, tos hechos anteriores a su carta abierta, tan lamentable como el

articulo antes .nombrado y tan injuriosa como é!, aunque ahora, ya muy abierta y

achulapadamente, contra mi, persona. Voy a responder con brevedad a sus juicios,

sus insidias y sus, insultos. Pero permíteme, don Claudio, que en este triste

empeño trate de ser fiel a mi mismo y me obstine en no sustituir ias razones con

viejos latiguillos de cafetín viejo. Primero, porque, como dice nuestro pueblo y

"yo acabo de recordar, «cada uno es cada uno»; mas también, porque debajo de

todo esto hay aígo muy grave: el grande, sangriento y todavía no bien resuelto

drama histórico de nuestro país, .y esto impone a nuesíro comportamiento como

españoles, incluso en eJ orden léxico, una exigencia mínina: ia seriedad. Fiel,

pues, a ese doble imperativo, procuraré espigar ordenadamente, para darles

respuesta concisa, los más relevantes juicios, Insidias-e Insultos que su carta

abierta contiene. Y io haré, como acaso dijera la sorna de Unamuno —pero eJ

método rio es tan malo, creo yo, cuantío de !o que se trata es de puntualizar—,

mediante una notariesoa enumeración ordinal de todos ellos. Seguiré en esté

empeño el hilo, eJ cordel, más .bien, de su propia epístola

1 Primera inculpacion: mi silencio ante sus observaciones privadas al librejo «A

qué llamados España».

Hubo en aquél, -debo reconocerlo, incuria epistolar, y una vez mas, por lo que a

este inveterado Vicio mio atañe, tengo qus decir «mea culpa». Pero también hubo

voluntad expresa de no contribuir por

mi parte a la renovación la de su terca e incorregible actitud polémica contra

Amarice Castro; actitud, conviene recordarlo, que nació en usted, y que en usted

adquirió pronto muy agrio tono persona!, sin la menor provocación previa de (Son

Americo. Valga una explicación análoga pata !a falta de mi colaboración en el

volumen de homenaje —tan ampliamente merecido, par lo demás— que con motivo de

sus setenta años ¡e ofrecieron colegas, discípulos y amigos. De veras lamento

ahora que mi ausencia se notase.

Mi personal estimación de tas ideas de Castro acerca de !a realidad histórica

de España y mí presunta incapacidad para enfrentarme estimativamente don

«España, un enigma histórico». No ha habido en mí, contra lo que usted dice,

«conversión a! castrismo», sino paulatina convicción cié la virtualidad cte esas

ideas para esclarecer muy buena parís del pasado y aún del presente de nuestro

país. Tampoco he afirmado yo que «a fa obra de Castro te falía trasfondo

social»! me limité a Indicar —sobremanera obvio hubiera parecido mi asedo al

propio don Américo— que para componer «una entera y cabal historia de España

habrá que añadir al torso ds ¡as intuiciones y descripciones «asirianas muilitud

de datos tocantes a te economía, ¡a política, !a sociologia, la vida religiosa,

la actividad intelectual y las instituciones de nuestro país». Pero en

tratándose de Castro o de mi, usted, don Claudio, una de dos: o no es capaz de

entender to que tos textos rezan, o Íes aplica una hermenéutica mucho más

alribuíble a un Torres Villarroel que a un Ranke; no otra cosa puede- pensarse

ante la apicarada y grotesca hipótesis de haber escrito yo esas palabras «como

preventiva vacuna izquierdista contra un radical cambio político en España»,

vacuna que, por supuesto, sibilina y amenazadoramente ío proclama usted, no ha

de salvarme. Vamos, don Claudio, por favor; seriedad, buenas .entendederas y

buenos modales. Y en cuanto a mi visión de «España, un enigma histérico...»

lamento decirte que en su juicio se equivoca de medio a medio.

Aun cuando no sea faena suave, porque te mazorralidad de sus. dos gruesos,

volúmenes no es logro literario fácilmente igualable, he leído ese libro, y de

ello son testimonio páginas de mi ensayo «La cultura española» (en «Una y

diversa España», 1968), y aunque en él haya retazos historiográficos muy

estimables o positivamente valiosos —retazos, digo—, debo confesar que su

conjunto no me sirve para responder satisfactoriamente a fas preguntas que ante

la historia de nuestro pueblo una y otra vez me he visto obligado a plantearme.

Entre otras, las que a manera de muestra compendiosa formulé en mi susomentada

«Carla a Sánchez-Albornoz», ¡Qué te vamos a hacer!

3 Natía, que usted no quiere o no sabe leerme a derechas. Yo no he blasonado

de haber leído a Aristoteles, San Agustín, Santo Tomás y kani, entre otras

cosas, porque entiendo —acaso usted tío. por to que veo—- que esas facturas

constituyen un deber elemental para quien universitariamente haya de enseñar

Historia. Yo me limité a decir, frente a su galana imputación de haber yo

adoptado tas ideas casírisnas como artículos de ¡a fe, que «en mi modesta,

aunque ya no corta vida intelectual, creo haber dado muestras más que

suficientes de no aceptar asi ninguna ´criatura parida por minerva humana,,

aunque de ésta fuesen titulares Aristoteles o Kant, San Agustín o Santo Tomás de

Aquino». Esto fue todo;

A lo cual, creyendo sin duda hacer de! contraste una gran frase, se me responde

así: «Orguliosamente usted declara leer a Kant; humildemente yo reconozco que

leo el ABC.» Allá usted con sus particuíares preferencias lectivas. Ante tan

ciceroniana perla dialéctica, quedo tamañito y no se me ocurre otro comentario,

4 ¿Qué pensar de un historiado- de campanillas para el que la mora! civil de

un pueblo —de la cusí depende, entre otras cosas., la actitud colectiva anís el

pago de los impuestos-— Irene que ver con el modo de su religiosidad tanto como

el trasero con las témporas? ¿Y qué de un maestro universitario que polemiza

exhibiendo ese depurado estrío, o que atribuye a su bisabuela tan sobada y viaja

expresión coloquial de nuestro idioma? {Entre paréntesis, don Claudio: cuando se

dirija a lectores franceses, no escriba usted «collé monté»; si lo hace, van a

reírse mucho.)

5 Deseando que nadie pueda tildarle de atacar en las columnas de A B_C a

republicanos honorables y muertos —Azaña, Castro—-, yo no me he arrogado la

representación de sus «viejos amigos» políticos; carezco de títulos para ello,

aunque no me falten entre los republicanos amigos excelentes. Escribiendo «so,

me limité a expresar algo más oído que pensado y a deplorar el espectáculo de

ver su edad y su significación metidas en tan inelegante tarea. Mucho mejor

sería, creo yo, que usted reservase tales juicios para sus Memorias y que el

autor de éstas fuese-antes un historiador que un rompelunas,

6 Vengamos, sin embargo, al meollo de la cuestión: los párrafos que usted

consagra a exaltar la ejemplarizad de su comportamiento moral y a menospreciar

la calidad del mío. Bien. Doy por buena su ejecutoria; pero no necesito entrar

en ella para ver en. usted ´lo que efectivamente veo: un historiador de nota,

aunque harto más eminente en el manejo de los documentos que en el comercio con

las ideas, y un republicano español que ha sufrido el amargo dolor de la derrota

y el exilio, un político que ha de vivir modestamente y que ha´querido y sigue

queriendo para su patria la libertad civil y la pacífica convivencia en la

democracia. Quien me conozca, ¿será capaz de negar sin mentir el inmenso respeto

que he sentido siempre ante la posesión de éstos últimos títulos? «Sin ustedes o

quienes a ustedes legítimamente les representen, España, para mi, no está

completa», dije hace muchos años en México a un grupo de pobres socialistas

españoles que me pidieron reunirse conmigo en una certa de amistad; y eso mismo,

«in spe contra spem», sigo sintiendo hoy a mis sotas. Pero también he dicho, y

usted lo sabe, no trallarme dispuesto a tolerar que ningún español, de un bando

o del otro, se arrogue ante mi y en tanto que español el papel de «hombre puro»

y desde él me juzgué. Lo afirmaré de nuevo: mientras lodos los españoles, todos,

unos por nuestras acciones, otros por nuestras omisiones, no sepamos hacer

juntos un serio examen de la propia conciencia, para decir, cada uno a su modo,

«Como español, he pecado» —?y qué bien serviría para tal acto el nervio de ia*

ideas de Castro!—, mientras eso no acontezca, mientras en la mostración de

nuestras personas prevalezca la ostentación de la propia dignidad sobre el

recogimiento en la humildad propia, mientras todo esto no sea la base moral dé

nuestros proyectos colectivos, España, don Claudio, no pasará de ser un país en

guerra civil latente.

Según usted, yo soy un hábil maniobrero que ha ido simulando diversas

convicciones o conversiones para lograr su particular granjeria. Déjeme decirle

que después de leído este zafío articulo suyo me importan muy poco sus juicios

personales. Usted me dice amenazadoramente, soñando a sus ochenta y un años, qué

pena, futuros vindicativos: «Se engaña, esa vacuna no va a salvarle.» Hace casi

un, decenio, un ministro de este régimen gastó miles y miles de duros del erario

público con el evangélico propósito de anularme como español; Dionisio Ridruejo,

Montero Díaz, Aranguren, Maravall y Tovar fueron en tal caso mis compañeros de

defenestración.´ Poco más tarde, alguien que estaba preparando su carrera de

ministro y que luego lo fue, me decía en chulapssca carta privada: «No olvides

que tú eres uno de. los españoles más vulnerables.» Amenazado por quien sueña

revanchas desde un quimérico poder, defenestrado o intimidado por quienes han

sido y son titulares de un poder bastante más efectivo, ¿qué soy yo? A lo que

parece, un pobre hombre que ni trepar sabe, un sujeto cuyo único consuelo

político consiste en mirarse a sí mismo y en decir para su coleto desfigurando y

agravando ¡a célebre coplilla de don Antonio Machado:

Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Acaso las dos Españas van a

helarte el corazón.

Pero, no, no soy tan sólo eso. Fui la que antes fui, hice lo que antes hice, y

ahora soy lo que estoy siendo y hago lo que estoy haciendo. En este país da la

fachenda monolítica —«derechista de toda ia vida, republicano desdo sospechos

tie mi abuela, católico á machamartillo, ateo o seudoateo desde antes de ia

inquisición»—, he sabido revisar honestamente rai propia vida y, para quien de

veras quiera y sepa leer, he dicho con claridad las razones que en mi fuero

íntimo me han movido a ello: ahí están, sucesivamente. mi prólogo a «España como

problema» (Madrid, 1955), "el ensayo autobiográfico «El autor habla de sí mismo»

(«Obras». Madrid, 1965), los varios artículos recogidos -en «El problema de la

Universidad» (Madrid, 1968), las docenas y docenas de páginas periodísticas en

que he comentado el mundo en torno a mi. Y año tras año, oon el fruto que sea,

sin aspavientos de hércules de feria y sin ademanes de falsa humildad, pero, eso

si, muy consciente-de haber hecho algo, como dice nuestro pueblo, «presentable»,

he enseñado lo que iba sabiendo, he tratado de investigar en fo que aún no

sabia, he procurado imbuir en mis discípulos y lectores el amor a la verdad, la

ambición no codiciosa respecto de la obra propia, el espíritu de una convivencia

basada en la persona! autenticidad de los convivientes, la proyección de la vida

—por mi parte, paulatinamente lo he dicho antes, «in spe contra spem»— hacía una

España en que sin utopías ni mesianismos tengan decorosa realidad ia libertad

civil, la justicia, la ciencia y la decencia. Me he esforzado, en definitiva,

por conseguir que algunas palabras y algunas obras mías, mejores o peores en

cuanto a su calidad intelectual y literaria —yo, don Claudio, ni fie sido. ni

quiero ser embajador ni ministro de nadie, porque no soy y no quiero ser otra

cosa que operario de ia inteligencia y que la pluma—, digan que he sido en este

mundo, sin que yo tenga que avergonzarme de ellas.

Soy español por mi nacimiento, por mi lengua, por mi cultura y por mi decisión,

Puliendo estar ahora enseñando en las cátedras más prestigiosas de mi propia

disciplina, he preferido quedarme en España mientras no me arrojen de efis,

¿Para qué? ¿Para lograr sinecuras, como su encono le hace decir? Piénselo usted

así, si eso trae algún consuela a la acritud de su ánimo o de sus humores. Yo le

digo, don Claudio, aunque usted se obstine en no creerme, que vivo en España

para hacer y seguir haciendo eso que antes declaré. Y para que luego se pudran

mis huesos bajo un pedazo de nuestra difícil, espera tierra. Como lo quiso mi

amigo Américo Castro, que con ese grave designio en el cogollo de su alma

regresó al solar de sus padres y sus hijos, de sus maestros y sus amigos. Como

tantos otros españoles, muertos contra su voluntad de un tiro en el pecho o en

la nuca, "idue me entierren en Avila, que mi cuerpo no se quede en la

Chacarita!», me decía usted un día en Buenos Aires, cor lágrimas en los ojos.

Ojalá sea así, después de que su mirada, bien llena aún de vida, se haya saciado

de esa luz transparente y todavía impoluta que se cierne sobre el valle del

Ambles. Desde el nobilísimo proyecto de España —la España plural, concorde,

educada y eficaz— a que desde dentro se hallan enderezadas las ideas

histnriooráficas de Américo Castro, cualquiera Que sea la opinión de usted

acerca de ellas, esto, don Claudio, es lo que hoy sinceramente fe deseo.

Pedro LAIN ENTRALGO De la Real Academia Española

 

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