Autor: Madariaga y Rojo, Salvador de. 
   Las memorias de Madariaga     
 
 Gaceta Ilustrada.     Página: 94,95,97,98,101, 103,104. Páginas: 7. Párrafos: 94. 

LAS MEMORIAS

ACTIVIDAD PERSONAL. ENCUENTRO

CON FRANCO. LA FUNDACIÓN

MUNDIAL

"De la noche a la mañana, se me pintaba como un corruptor del Pacto para

complacer a los fascistas y como un irresponsable que negociaba sin autoridad ni

permiso de mi Gobierno"

“ Franco habló algo menos de lo que el español medio habría hablado en tales

circunstancias, aunque sin manifestar reserva, desconfianza o suficiencia

alguna"

"En el camino, Franco criticaba mis planes de reforma militar alegando falta de

fondos"

"Otro error de los Estados Unidos es el de aferrarse en todo el Continente a una

política tercamente antiespañola”

AL salir del Gobierno terroux, en la primavera del 34, traté de volver a mi

profesión-vocación de escritor.

Me lo estorbaba, sin embargo, mi propio éxito como político internacional. Mi

vuelta a fa pluma era io normal y espontáneo. Mi permanencia en la diplomacia

colectiva era vínculo del destino, que no podía soltar aunque lo hubiera

querido. Me atraía la política europea y universal; me repelía la política

nacional; contraste debido a un manojo de motivos. B más fuerte era, quizás, el

saberme competente de Pirineos arriba e incompetente de Pirineos abajo. Mí breve

paso por un ministerio, y aun dos, había hecho volar cualesquiera ilusiones que

abrigara sobre cómo llegar a (a esfera exterior pasando por la interior. Si

tales ilusiones tuve, tan sólo se deberían ai sentido común, a no ser que me

fuera a dedicar otra vez al funcionarismo internacional, cosa que me

horrorizaba.

A esta distancia temporal de los hechos, pienso a veces que se dieron entonces -

fuerzas antagonistas, unas que me empujaban a entrar de lleno en 4a política

española, otras a cerrarme et paso o alejarme. Creo que en et ala liberal-

socialista no faltaban gentes que más temían que deseaban mi incorporación,

quizá por ver en mí un competidor mejor armado. Dar nombres serta más fácil que

discreto, fiero hoy tiendo a sospechar que cuando la ley de incompatibilidades

me puso en ef ditema de escoger París o Madrid, la Embajada o el Congreso, y yo

escogí el Congreso, las instancias vehementes que se me hicieron para que

siguiese en París se debían más que ai de verme en París ai deseo de no verme en

Madrid.

En cambio, por el lado si no derecha, centro-derecha, sí se me hicieron

indicaciones. Los radicales necesitaban gente, sobre todo en la plana mayor.

Entonces fue cuando uno de los aláteres de Lerroux me declaró sin ambages que si

me hacía francmasón y radical Leorroux me entregarla el partido, te contesté que

ésa era una razón más para no hacerme francmasón.

Algo después, un ministro portador de ambas etiquetas, hizo todo 4o que pudo

para convencerme de que me dejase nombrar ministro de Marina; ¡qué gloria me

esperaba! ¿la de pasar a la Historia como e! restaurador de la gloriosa Marina

española? Tanto empeño tomaba en su labor de proseittismo, que di en sospechar

que andarla en elío aquél dicho que cuando el tabernero vende la bota, o es que

sabe a pez o es que está rota. Menos de un año bastó para destapar no sé qué

escándalo sobre un submarino.

Por estes andurriales de experiencia iba yo excursionando entonces cuando me

aconsejó un amigo que me encontrase con el |efe de Estado Mayor, francisco

Franco. Quien me lo recomendaba era una de las personas que me merecían mayor

confianza, mi ex subsecretario Ftamón Prieto Sanees. Como asturiano, conocía a

Franco bien, pues maguer gallego e! más tarde famoso general había rearraigado

en Asturias al casarse con una ovetense. Y aquí, como gallego que yo soy

también, con dos hermanos rearraigados en Asturias, tendré que digredir otra

vez.

«¡El dueño es gallego!»

Claro que los asturianos son los españoles más inteligentes que hay; pero creo

que ios-gallegos son más astutos, y aun atribuyo algún que otro tropiezo qué he

tenido en mi vida a que, ios dei montón, sabiéndome gallego, me toman por

astuto, lo que no soy. Y va de cuento. En Méjico un vez se presentó ante el

cónsul de "España un asturiano no ya muy joven, que solicitaba repatriarse con

auxilio del Estado; y a las preguntas de) cónsul explicó que había fracasado.

«Llevo cinco años de dependiente de un abarrotero y no salgo adelante.» El

cónsul protestó: «¿Y me va usted a decir a mí que un asturiano va a llevar cinco

años de dependiente sin quedarse con el negocio?» «Ah, señor —explicó el

asturiano—: ¡eí dueño es gallego!».

Ya bien definidas las fronteras entre ambos reinos, vuelvo a la entreviste con

el galaico-asturiano Franco a la que me incitaba el asturiano Prieto Sanees. No

creo que éste obrase como dicen, con segundas, sino por pensar que el encuentro

sería objetivamente útil, y estoy seguro de que no to haría tampoco por

instigación de Franco. Los invité a los dos a almorzar.

Comimos en el Hotel Nacional, en octubre, y estuvimos }untos los tres cosa de

dos o tres horas.

Franco habló algo menos de lo que el español medio habría hablado en tales

circunstancias, aunque sin manifestar reserva, desconfianza o suficiencia

alguna. Me llamó la atención por su inteligencia concreta y exacta más que

original o deslumbrante, así como por su tendencia natural a pensar en términos

de espíritu público, sin ostentación alguna de hacerlo. Otros rasgos de su

carácter que bego se manifestaron, no asomaron en la conversación.

Pasaba yo entonces por una fase de fermentación de mis ideas sobre la democracia

liberal, que describí y formulé en un libro publicado en Madrid en 1935, en

París y en ¡Londres en 1936, y en Nueva York en 1937, con el título de Anarquía

o jerarquía. Este título sugería el tema: ´a necesidad de aprender del peligro

que corría la democracia liberal a la izquierda como a la derecha, examinando ia

base jerárquica objetiva que constituye la verdadera estructura de toda nación.

Mis ideas fundamentales eran dos: la primera, que mientras ia libertad es el

mismo aire que respira el espíritu, la democracia no pasa de ser un sistema de

reglas prácticas que cabe adaptar y revisar; y la segunda, que para todas las

naciones, pero aún más para las hijas de Roma, el sufragio universal directo es

peligroso y debe sustituirse por otro en el que el voto individual se agote en

el municipio, y las demás instituciones polítícas def país se elijan por las

instituciones del «piso» inmediatamente inferior. Hablamos algo sobre esto y

Juego te mandé a Franco un ejemplar del libro.

´Pintaba en aquel libro el contraste entre la democracia de un-hombre-un-voto,

en la que no creo, y mi modo de organizar los cusr-pos representativos; y

designaba la primera forma como «estadística» y la segunda como «orgánica». Algo

de esto ha pasado a la ideología del régimen, pero, aparte de otras causas de

desavenencia, subsiste que a mi ver no se puede hacer nada perdurable sin

libertad de la prensa y de la radiotelevisión.

De aquel día se me ha quedado en la memoria un detalle. Tomamos un taxi en el

que Franco y yo, ambos de poca estatura, nos sentamos cómodamente atrás mientras

Prieto, de estatura gigantesca, se retorcía para meter las largas piernas donde

se lo permitía el exiguo espacio a su disposición; y nos fuimos al Ministerio de

la Guerra a dejar a mi invitado. En el camino, Franco criticaba mis planes de

reforma militar alegando falta de fondos. Le argüí que los agregados militares,

navales y aéreos costaban un dineral y no servían para nada; lo que te

sorprendió. Y le conté que mi agregado aéreo en París, Legórburu, que Jo era

también de la Embajada en ¡Londres, se enteró por mí (y yo por el. Times) de que

había en Inglaterra unas maniobras aéreas. Con todo, hoy pienso de otro modo, y

si de ´hallar dinero para una reforma militar se tratare, hoy iría a buscarlo a

otros sitios.

Dos mujeres

El sentimiento más denso de los que ha ido depositando en mí la experiencia de

aquellos años y mi meditación sobre ella consiste en que el obstáculo más

formidable contra la paz reside en la mera existencia de los -Estados, definidos

como los mecanismos para hacer funcionar la vida nacional. No estaría dispuesto

a considerar el «nacionalismo» como el malhechor de estas lides. Antes bien, me

parece que el nacionalismo como el mero darse cuenta de la existencia de una

vida colectiva forma parte de la naturaleza y, como tal, debe respetarse. Es

además un hecho neutral, porque si bien puede desviarse hacia la agresión, la

intransigencia, el apetito de poder y la guerra, también en otras circunstancias

podría impulsar el sentido común y la paz. Todo depende de quién lo maneja.

Me parecía, pues, que lo que hacía falta era una entidad que guiara y dirigiera

la opinión pública mundial.

Mi experiencia de las nubes de periodistas que solían acompañar a los grandes

delegados era lamentable.

Aunque los había no peor que malos, otro" eran aún peores, y todos tendían a

encarnar la forma más detestable del nacionalismo; mientras que los gobiernos

que servían o creían servir, hostigados y atosigados por la prisa y las

cavilaciones del día y aun de la hora, apenas si podían alzar ánimo y cabeza

para mirar la labor del día siguiente sin ni hablar del mes o de) año que les

esperaba, por carecer o de tiempo o dé perspectiva o de libertad para pensar por

encima de sus lectores.

Era menester otra cosa. -Primero, un grupo de hombres de veras libres; luego,

una suma considerable de dinero que les permitiera actuar sobre la opinión

pública sin influencia de Estado, partido o clase. Una fundación yanqui no

serviría porque, aunque las hay admirables, son y siguen siendo yanquis, como

tienen perfecto derecho a serlo. Me propuse, pues, intentar crear una Fundación

Mundial cuya divisa sería Patria Patriarum.

Dos mujeres, ambas de los Estados Unidos, me aportaron entonces una colaboración

inestimable, Una era una, anciana viuda de Chicago cuyo mero nombre era ya un

pasaporte en el mundo pudiente de aquel país: -Mrs. Emmons Blaine. En su casa de

Chicago organicé varias reuniones que me fueron utilísimas para lanzar >la idea.

Mrs. Biaine parecía haber heredado el afán internacional de su pariente de!

mismo nombre que había sido secretario de Estado con el presidente Harrison,

aunque él sólo era continental, mientras que ella era universalista. Gracias a

ella, pudimos sostener una secretaría mientras bregábamos en e! periodo de

propaganda y organización (1).

La otra mujer que vino en mi auxilió entonces fue Ruth Cranston, periodista que

solía colaborar en el Chistian Science Monitor y que había recorrido Europa y

Asia. Era ardiente convencida de la idea y tomó con entusiasmo el peso y

responsabilidad de la secretaría. Yo, entretanto, había procurado reunir para

apoyar el plan un comité de bastante nombradla, en el que figurábamos diecinueve

hombres, entre ellos ´Norman Angelí, Guglielmo Perrero, lord Lytton, Thomas

Mann, Jules Romaíns, Arthur Salter y Arnoid Toynbee; y no se crea que era cosa

fácil, sino ardua y peligrosa y de mucho escribir y viajar —todo en los huecos

que me dejaba mi actividad en Ginebra—i Para esta labor estuve en los Estados

Unidos en febrero de 1936,

De todo ello se oye todavía el eco en la carta que escribí el 26-II-36 a Augusto

Barcia, entonces ministro de Estado del Gobierno de Azaña, resultado de la

victoria del frente popular. Mi viaje no tenía ni un ápice de oficia!; pero

seguía pendiente la cuestión italo-etiope, y la idea de ser yo e! delegado

permanente de España estaba arraigada en todas partes. Nadie fuera de mi país se

imaginaba que en cuanto terminaba la

Asamblea, e! Consejo, el Comité o lo que fuera, yo, en el Estado español, no era

nada. Me llamaba al teléfono lava! para pedirme que convocase eí Consejo porque

transformaba en continuidad de cargo (qué no existía) la continuidad dé mi

persona {a quien yne al «delegado de España» se había dado la presidencia del

Consejo ´cuando no le correspondía, transformándolo para ello en Comité de los

Trece).

Qué hubiera pasado si se hubiera presentado Barcia a presidir los Trece, no

puedo ni figurármelo. Pero el hecho es que mi posición era a la vez firme y

precaria; firme porque la unanimidad de fuera era total y hasta consabida, y

precaria porque cualquier día podría cesar, puesto que en casa nadie se daba

cuenta de ello,

Teniendo en cuenta todo este nudo de circunstancias, antes de irme a los

´Estados Unidos, fui a ver a Bowers, el embajador yanqui en Madrid, y le

expliqué que, mientras estuviera allá, no quería pecar ni de descortés ni -de

indiscreto, de modo que en lo de ver a los personajes oficiales, no tomaría

iniciativa ninguna. Parece que Bowers escribió a Roosevelt sugiriendo una

entrevista, porque nuestra Embajada en Washington me avisó de que, como se

estaba debatiendo entonces en el Senado la prolongación de la vigencia de la ley

de neutralidad, era mejor que no viniera a Washington hasta pasado el debate.

Poco después, Cordel! Hull, secretario de Estado, avisó que quería verme. Fui,

pero no me vio. Cayó enfermo. ¿Diplomacia o virus? ¿Quién sabe? Más tarde, en

otro viaje, hablé con él en su despacho oficial.) En todo caso, mi entrevista

con el subsecretario, Phillips, fue pura pérdida de tiempo; y aunque vi a Henry

Wallace, entonces ministro de Agricultura, y hablé con éi de cosas que valían la

pena, no se tocó to de ´Ginebra. En cuanto a Roosevelt, parece que me estimó o

en poco o en mucho; porque sus amigos me aseguraban que temía el lobby de

furibundos adversarios de la Sociedad de Naciones.

Un escaparate electoral

Este lobby era muy fuerte. La impresión que saqué de mis conversaciones con

prohombres públicos como el famoso coronel House o Harríson, gobernador del

Banco Central, era que había impresionado al país el vigor de la Sociedad de

Naciones hasta que se conoció el plan Hoare-Laval. tanto que hasta habría

apoyado un embargo del petróleo, pero que aquel funesto plan había impulsado un

retorno de las fuerzas contrarias a Ginebra. Situación curiosa, pensaba yo,

porque la opinión de los Estados Unidos, en vez de ser suya propia original,

dependía de lo que se hacía y decía en Ginebra. La caída de Hoare, y poco

después la de la val, no quitó fuerza a la ola antiginebrina levantada por su

malhadado plan; lo que me hizo sospechar que ia evolución favorable anterior no

pudo haber sido tan fuerte como me la pintaban mis amigos. Por otra parte,

llamaba la atención la incoherencia de aquella oposición a Ginebra, que

componían e! ultranacionalísmo de la prensa amarilla de Hearts, el

aislacionismo-imperialisme que dirigía el senador Hiram Johnson, y el pacifismo

evangelista que mandaba e! senador Nye,

Mucho me llamó la atención el poco crédito que la gente de Washington concedía a

la sinceridad de ia política británica, de modo que al ministro le escribía: «No

existe más que una posibilidad (no una certidumbre) de que se restablezca la

confianza en la política de la Gran Bretaña, y es que en ia próxima reunión de

Ginebra se ponga Edén a la cabeza de ia sanción del petróleo, pase lo que pase

allí». De otro modo sólo veía un abandono creciente del problema en los Estados

Unidos; de modo que concluía: «Se confirma con este ejemplo ia ley constante que

parecía regir las relaciones entre la Sociedad de Naciones y los Estados Unidos:

en todo momento ia acción óptima para Ginebra consiste en seguir su camino recto

como si ios Estados Unidos no existieran».

Dedicaba también un párrafo de la carta a la conferencia ´interamericana que los

Estados Unidos estaban esperando. ¿Qué se proponían?, me preguntaba. Consolidar

´lo ya logrado, edificar una Sociedad de Naciones americana o, más

probablemente, «un escaparate electoral que tuviera por tienda la primera

solución arriba apuntada y por trastienda la segunda». Hablé del asunto con el

embajador mejicano Castillo Nájera, que había conocido bien en Ginebra, el cual

me aseguró que «la gente del Sur» estaba dispuesta a cantar un coro a la nueva

versión de la Doctrina de Monroe, pero el presidente mejicano (que habló por

teléfono con Castillo en mi presencia] le reiteró su deseo de que insistiera en

que Méjico supeditaba todo a su fidelidad a la Sociedad de Naciones, lo que no

agradó a Summer Welles, el subsecretario.

Bocadillos de panamericanismo

En aquellos días estaba en su apogeo la reputación de Henry Wallace, muy

admirado por ios > liberales > yanquis. Esta etiqueta es en los Estados Unidos

mucho más avanzada que en Inglaterra y no digamos que en Francia, donde los

liberales pasan por reaccionarios. Así se explica que Wallace, que comenzó del

color político de un liberal inglés, terminó poco menos que comunista. Era un

hombre simpático y amable, buena figura, rostro aureolado de blanco pelo, que

realzaba su tez soleada; de mucho dinero, hecho comercializando ideas fecundas

sobre la hibridación de variedades de maíz, de honradez diáfana y de

predisposición idealista, lo que me ,hizo esperar, quizás ingenuamente, que

estaría dispuesto a escuchar mi canción. La cual era más bien >como donosamente

dicen en Alemania) música del porvenir que ruido del presente, y tenía por fin

la organización racional y previsora del porvenir de Hispanoamérica.

Le dije, pues, que la ´política de los Estados Unidos para con la América

española y el Brasil era lamentable y se resumía en buenas palabras y malos

hechos; y -¡n seguida pasé a exponerle mi

programa. La América ibérica estaba despoblada. Cuando tuviera 250 millones de

habitantes habría resuelto sus propios problemas y, además, dotado a los Estados

Unidos de un mercado colosal. Pero era menester que estos 250 millones fuesen en

su gran mayoría europeos; y si se buscan europeos que no vayan allá a hacer

dinero aprisa y volverse a Europa a. gastarlo, es menester que sean españoles,

portugueses o italianos.

El fracaso de los Estados Unidos en Iberoamérica se debe a que confunde los

intereses reales y duraderos del país con ios de los individuos o las empresas

que sólo van ailí a explotarla y sacarle ios dineros a alta presión, lo que

destruye toda confianza en los yanquis (2).

Otro error de los Estados Unidos es el de aferrarse en todo el Continente a una

política tercamente antiespañola. Ror ejemplo, todas las reuniones

hispanoamericanas organizadas por o con España admiten a los Estados Unidos,

especialmente invitados para ello; pero jamás se invita a España a una asamblea

panamericana (en estos días se ha eclipsado ese pan),

Todo esto, expuse a Wailace, era absurdo, porque en el fondo hay un interés

común a los tres lados del triángulo: el iberoamericano, el yanqui y el español.

España no pide más que respeto para el libre y espontáneo desarrollo de la

cultura de raíz española que ha plantado en el Continente, que te puede absorber

un exceso de población de un cuarto de millón anual; y ni uno ni otro de estos

dos fines es contrario a los verdaderos y honrados intereses de los Estados

Unidos. Hay que ir, pues, a una serie de acuerdos triangulares entre los Estados

Unidos y cada uno de tos países de allá, en los que España daría la gente, los

Estados Unidos el capital y cierta tecnología, y el país ¡beoramericano la

tierra y la legislación, con el fin de elevar el nivel de la emigración española

del de un transporte de ganado humano al de un fenómeno sociológico consciente y

civilizado.

Pareció interesarle el asunto y trató de conseguirme- una entreviste con

Morgenthau, ministro del Tesoro, que acababa de regresar de una excursión a

España; pero entonces se le ocurrió morirse a su colega de la Marina (primo del

Presidente) y, razón o pretexto, la entrevista se enterró con el difunto.

Wallace me prometió exponer mi plan a Morgenthau y a Roosevelt. Total, que los

Estados Unidos preferían irse merendando a Hispanoamérica en bocadillos de

panamericanismo.

No Je hablé a Wallace de Puerto Rico, pero sí en varios otros lugares

influyentes. Los yanquis tienden a deplorar la carga de pobreza, con su

sobrecarga de epidemia y crimen, que Jes traen a Nueva York los portorriqueños,

y claro está que acusan a los infelices de ser los autores de tantos males. Pero

si leyeran lo que de Puerto Rico escribe Poinsett, pronto descubrirían que la

miseria que hoy padece Puerto Rico está made in USA. En su época española, la

isla era un paraíso. La solución entonces (o sea en 1936} era la independencia;

y creo que si entonces se hubiesen federado Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo,

no habría hoy un dictador comunista en !La Habana. Que cierto es que Puerto Rico

en sí es hoy próspero, pero a costa de la miseria de su inmensa colonia que se

pudre en Harlem.

Hacia la guerra civil

Entretanto, ia república iba de mal en peor. No valía intentar consolarse con la

comodísima explicación de qué todo se debía a esos malditos reaccionarios,

porque en mí opinión y experiencia no eran menos responsables los de la

izquierda. Disentía de la derecha por su apego, a mi ver, desatinado, a su

situación predominante en et Estado y su negativa a avenirse a lo que las clases

análogas de otros países europeos habían aceptado ya hacía tiempo como reformas

razonables; pero la izquierda me parecía caótica, mesiánica, lenta para la

reforma y rápida para la revuelta. Era imperdonable que al cabo de cinco años no

hubiese logrado la república llevar a cabo ni una reforma agraria ni una reforma

del impuesto —las dos injusticias más escandalosas que era su deber corregir.

Bajo el segundo Parlamento, el Gobierno fue deslizándose cada vez más hacia la

derecha porque el presidente, que no quería confiar el poder a Gil Robles,

aunque a él tenía derecho en virtud de la Constitución, se veía precisado a

apoyarse en hombres que habían servido a la monarquía. Así nos vimos ya en

septiembre del 35 en manos de un Gabinete presidido por Chapaprieta, que era

francamente monárquico. Sobre aquel hombre, algo contrahecho, se había difundido

por Madrid un epigrama cruel que decía:

El chapa que tiene chepa, hay que mirarlo con lupa, pues dondequiera que trepa

el chapa de chepa chupa.

El epigrama no era sólo cruel. Era injusto, pues Ohapaprieta era hombre de

limpia hoja de servicios, ideas claras y firmeza de carácter; pero una dé las

formas que toman entre nosotros el personalismo y la subjetividad, que nos vedan

el sentido político, consiste en denigrar al adversario sin respeto alguno para

la verdad, corno yo lo había sufrido en mi persona y lo iba a volver a sufrir

aún más. Chapaprieta procuró restaurar el equilibrio del presupuesto con medidas

que primero iban en contra de los intereses de la clase media modesta y que

merecieron el aplauso de tos pudientes; pero su segundo tren de reformas que,

con altura de miras, dirigió a los pudientes, precipitaron su caída del poder —

caso trágico de la incapacidad de la clase pudiente española para juzgar dónde

está no ya la justicia, sino- su verdadero interés de fondo—. El presidente «don

Alfonso en rústica», como ya lo llamaban, hizo honor a su apodo entregando el

decreto de disolución a Pórtela, que no era precisamente modelo de

republicanismo (7-1-36).

Las elecciones tuvieron lugar el 16 de febrero. Daré aquí el análisis objetivo y

escrupuloso que de ellas publiqué en un libro mío:

Miles de votos

Izquierda:

Socialistas y comunistas .... 1.793

Centro izquierda (Azaña)..... 2.413

Total izquierda. 4506

Centro derecha

{Lerroux) 681

Derecha...... 3.784

Puesto que ia izquierda consideraba a Lerroux como de Ja derecha, fue, pues, la

derecha ia que ganó aquellas elecciones por 4.465 contra 4.206 miles de

sufragios. Pero estas cifras se refieren a meras etiquetas. Si referimos la

elección a lo que debe ser, la manera real y efectiva del pensar político de

cada cual, los resultados son mucho más claros:

ideologías Miles de votos

Anticlericales antimilitaristas:

A. Marxistes . . . 1.793

B. No marxistas . 3.193

Antimarxistas:

A. Clericales, no militantes . . . 3.783

B. No clericales, antiparlamentarios ...... unos pocos

Por consiguiente, con la interpretación más benévola que cabe para la izquierda,

en febrero del 36 España votó:

— por dos contra uno contra el marxismo

— por dos contra uno contra ef clericalismo y el militarismo

— por ocho contra uno contra una revolución socialista casi unánime contra un

alzamiento militar.

Tales fueron los resultados en profundidad. Sobre fa base usual de la

estadística de escaños, el 16 de febrero fue una victoria de la izquierda, sobre

todo para Azaña. Esta solución habría sido la ría era verse gobernada por Aza-

ña. Esta solución habraí sido la menos mala, quizá la mejor para asegurar la

existencia de la república.

«¿A mí qué me importa el Negus?»

Al regresar de los Estados Unidos visité a Azaña y a Barcia y les hice constar

que yo había estado viajando en misión individual y personal; pero que ya de

vuelta, si ellos lo deseaban, continuaría yendo a Ginebra cuando fuese

necesario. Me instaron a que continuase, y hablé con ambos de ia reforma de fa

Sociedad de Naciones en vista de mi experiencia y de la opinión de tas naciones

asociadas con nosotros.

Durante el conflicto ítalo-etíope, mi actitud había sido favorable a las

sanciones, aunque atento a los peligros y consecuencias que pudiera acarrear

para España. Siendo presidente del Gobierno Chapaprieía, le llamé al teléfono

desde Ginebra y le dije, puesto que Jas cañas podrían tornarse lanzas, era

necesario que yo supiese cuál era la actitud del Gobierno. Chapa-prieta

contestó: «Bueno. Hemos firmado el Pacto, ¿no? Pues, ¡adelante!» Este era el

reaccionario, a quien muchos izquierdistas no vacilaban en llamar «fascista».

Pero y Azaña, jefe de (a izquierda, ¿qué pensaba? En cuanto me acerqué al

asunto, replicó con viveza: «Lo primero que tiene usted que hacer es echarme

fuera ese artículo 16. No quiero nada con él». Y aún añadió: «¿A mí que me

importa el Negus?». Dios sabe la confusión en que se sumirían los generosos

«liberales» de los Estados Unidos y de Inglaterra ante estas manifestaciones tan

paradójicas del monárquico «reaccionario» y del republicano aliado de los

socialistas. Nada menos conciliable con las imágenes consagradas de lo español.

Pero, cuidado. Aun dando de lado al aspecto frivolo que a veces adoptan en

España los políticos de café, todavía es muy posible que (a actitud de Azaña

fuera la más seria de las dos. Su especialidad en la república siempre fue el

ejército. Para él, pues, el artículo 16, las sanciones, levantaban interrogantes

tremendos. ¿Estaba España en situación miii-tar-naval-aérea de meterse en tales

aventuras? Y no cabía negar que, en aquella situación, esta pregunta era

predominante. Razón de más, pensé yo, para proseguir mi labor de circunscribir y

delimitar las obligaciones de los Estados de la Sociedad de Naciones dentro de!

Pacto, pero puntualizándolas.

Así, pues, expuse mis ideas a Azaña y a Barcia. Azaña se percató de lo que yo

perseguía y le agradó mi plan, aunque no creo que se adentrase en los detalles,

¡i

lo que me pareció razonable y sensato. No creo que Barcia se enterase de lo que

yo buscaba; no sólo porque era hombre mucho menos inteligente, sino porque él

vivía en \a superficie de las cosas, periodista a flor de agua, que no solía

entrar a fondo en nada; pero, en vista de la actitud acogedora de Azaña, Barcia

también dio a mi proyecto una especie de bendición general.

A principios de mayo me fui a Ginebra, a una reunión de «neutrales», como

llamaban a nuestro grupo, y el 9 y 10 del mes mandé telegramas a Madrid sobre

varios temas, desde el conflicto ítalo-etíope hasta la reforma del Pacto de la

que habíamos hablado en Madrid, y que, en sus grandes líneas, expuse ante mis

colegas «neutrales». El ministro holandés de Asuntos Exteriores me rogó que

redactara aquellas ideas, y acepté, dando cuenta al Gobierno. Redacté, pues, una

nota que hice multigrafiar con un parrafillo explicando que se trataba de un

documento personal sin compromiso alguno de mi Gobierno, para dejarle a Madrid

la libertad de negociar después, cosa elemental en estos lances. A petición de

mis colegas se mandaron sendos ejemplares a la Argentina, Francia e Inglaterra.

La sustancia de mis proposiciones era como sigue:

1. Hay que revisar el Pacto para ´hacerlo más práctico.

2. No es necesaria ni deseable enmienda alguna textual.

3. Las naciones se reservarán el derecho de limitar sus obligaciones

generales bajo el artículo 16 mientras

a) la Sociedad de Naciones no sea universal;

b) el artículo 8 (Desarme) no se haya aplicado.

4. Los Estados a quienes concierne podrán aceptar explícitamente las

obligaciones del artículo 16 en zonas políticas y geográficamente definidas.

5. Se redactará un Pacto simplificado, reducido al artículo 11, para aquellos

Estados que prefieran seguir fuera de la Sociedad de Naciones.

6. Se abolirá la regla de la unanimidad en la aplicación del artículo

11.

7. Se pondrá el acento sobre las medidas preventivas de preferencia a las

punitivas.

8. No hay seguridad colectiva sin política colectiva.

Asediado por excitados periodistas

El 20-V-36 me escribió Edén: «Creo que se trata de una nota muy interesante, que

vamos a estudiar aquí con sumo cuidado». Massigli me mandó un estudio largo, muy

bien construido y contrario a mi tesis. El Gobierno danés me mandó una nota, en

parte nueva, como base adjunta a la mía para nuestras deliberaciones, la idea

parecía bien canalizada. Pero en Madrid había gentes que tenían la vista puesta

en la política interior y que necesitaban eliminarme de Europa para sus propios

fines. El director de la maniobra era Araquistáin; el instrumento, Fernando de

los Ríos.

Mi nota a los neutros, que era confidencial, llegó a la prensa no sé cómo, pero

sospecho (sin pruebas) que por dos izquierdistas ultras de la Secretaría

General. Claridad lanzó la campaña contra mí y toda la prensa socialista siguió

con entusiasmo. La acusación concreta era que había actuado sin autoridad de mi

Gobierno, el cual no sabía nada, y que había hecho publicar la nota: dos

falsedades a cual más embustera.

De la noche a la mañana, se me pintaba como un corruptor del Pacto para

complacer a los fascistas y como un irresponsable que negociaba sin autoridad ni

permiso de mi Gobierno. Asediado por excitados periodistas, aterrados ante la

idea de que pereciera el Pactó (que no habían leído). Barcia perdió los estribos

y la memoria, y declaró que si yo había presentado algo (y él no lo sabía) sería

por mi cuenta y riesgo, y que él había avisado al subsecretario para que «se

ponga en conocimiento de nuestras cancillerías en el extranjero».

La Vanguardia del 20-VI-36 publicaba una nota de esas que el destino a veces

prepara como delicadas ironías. Yo, que me había pasado cinco años pidiendo más

sistema y organización para la delegación española, tuve que leer esto:

El Debate, recogiendo las palabras del ministro de Estado sobre la propuesta que

el señor De Madariaga hizo de reforma de la Sociedad de Naciones, dice que

preocupa la ausencia de control que se percibe erv algunas recientes actitudes

de representantes españoles en el extranjero. El señor De Madariaga hizo esa

propuesta pot su propia cuenta (...}. Espera (El Debate) que el ministro

adoptará medidas para controlar de modo más eficiente la actividad de esos

representantes en el extranjero.

Un periódico reforzó todo esto haciendo constar que en su última sesión el

Gobierno había decidido declarar «la ratificación de su fidelidad al Pacto y al

Convenant».

La memoria de Barcia era de lo más precario. El partido socialista publicó una

nota condenando mi actitud en términos fulminantes, teniendo a bordo a Fernando

de los Ríos, que conocía mi pensamiento a fondo; y concluía que era hora que

reconociéramos a la Unión Soviética. Barcia me aseguró que no lo habíamos hecho

todavía. Le repliqué que lo había hecho yo con Litvinof dos años antes; y hasta

que le encontré yo el papel en su legajo no lo quiso creer.

Se le habían olvidado también mis conversaciones con él y con Azaña {el cual,

frente a los ataques sin escrúpulos de su prensa contra mí por hacer su política

en Ginebra, no dijo esta boca es mía). Yo tenía pruebas escritas. Al verlas

Barcia se portó como lo que era: un hombre honrado. Había una reunión convocada

para ´Ginebra, a la que decidió asistir, pero me llevó con él, y como yo no era

oficialmente nadie, tuvo que nombrarme, y me nombró, lo que por su parte

requería no pocas agallas.

En la reunión de los neutros a que asistimos. Barcia tomó la palabra y me dedicó

elogios abundosos y generosos, a mi ver, en parte para deshacer el daño causado

por la campaña de Madrid, en parte para descargar su propia conciencia. El

Comité decidió reunirse otra vez en Ginebra ´(pero lo hizo en Londres).

La campaña contra mí, algo desconcertada por rni nuevo nombramiento, redobló de

energía bajo la jefatura de Fernando. Le mandé toda la documentación necesaria,

pero de nada sirvió. Le escribí una carta explicándole todo, y dirigida a él,

rogándole la comunicara a Indalecio Prieto y a Julián Besteiro. No la contestó y

los otros dos dirigentes socialistas y amigos míos no la recibieron.

Veían en Azaña un Kerensky

Creo que la clave de todo estaba en que la izquierda se veía ya ante cosas

fuertes y quería eliminarme de Ginebra. Me inclino a pensar que Fernando fue

instrumento, algo ingenuo, del trío Largo-Araquistáin-Vayo que ya preparaban su

leninización de la república y veían en Azaña un Kerensky. Para lo cual era

menester echarme de Ginebra. De modo que los perfiles personales y jurídicos de

la famosa nota de Ginebra carecían de importancia para ellos. Lo esencial era

echarme. Cómo era lo de menos. A Fernando lo engañaron y él se olvidó de su

amistad conmigo y de su obligación para con la verdad.

La reunión de Londres dio poco o nada útil para el Pacto, pero algo nuevo para

esta historia, como luego se verá... o leerá. Al volver a Madrid, me fui a ver a

Casares Quiroga y a Barcia a las Cortes. Azaña era ya presidente de la República

y Casares lo era del Gobierno. Les expliqué que cesaba de considerarme al

servicio de la república y publiqué la nota que el lector hallará en el

Apéndice. Sólo daré aquí sus párrafos finales: la reacción de la prensa y del

partido socialista reposan pues, en cuanto a procedimiento, sobre una base

inexistente, y por lo tanto no me afectan. En cuanto al fondo de la política que

implica la nota, no es a mí a quien toca discutirlo, sino al Gobierno. Estoy, no

obstante, desde luego, a disposición de los jefes de partido que estimen útil mi

opinión.

Tampoco deseo juzgar los ataques de que, con esta ocasión, he sido objeto por la

prensa de todos los matices. Me ¡imito a declarar que, en estas condiciones, no

estoy dispuesto a seguir al servicio del Estado.

Jamás he servido al Estado hasta que vino la República. Ceso, pues, al cabo de

cinco años de servicios que yo no solicité. En abril de 1931 era profesor de

Literatura Española en la Universidad de Oxford, y me hallaba a la sazón con

licencia de la Universidad, dando un curso de conferencias en la de México. Ni

directa ni indirectamente solicité del Gobierno provisional cargo alguno. El

Gobierno, sin consultarme, me nombró embajador en Washington. El 13 de mayo,

desde Nueva York, cuando le faltaba un ´día a la República para cumplir un mes,

acepté la Embajada y dimití mi cátedra.

Desde el mes de abril de 1934 vengo continuamente sirviendo como delegado

permanente de hecho en Ginebra. No tengo nombramiento, ni cargo, ni sueldo, ni

despacho, ni secretario, ni archivo. No tengo más que mi buena voluntad. No

puedo dimitir, puesto que no tengo qué dimitir. Renuncio, pues, a lo único que

tengo, el honor de servir al Estado de una nación que fue grande y que volverá a

serlo si así lo quieren a una los españoles.

Sólo deseo añadir mi fe, más firme que nunca, en la Sociedad de Naciones, única

forma de convivencia , internacional que puede salvar al mundo de una catástrofe

sin igual, y mi agradecimiento a mis colaboradores de estos cinco años, entre

los cuales quiero distinguir al admirable López Olivan.

La prensa socialista la publicó a trozos escogidos. El Socialista no la publicó.

Tiros y tiroteos a ambas orillas del Tajo

Por consejo de Marañan como médico, me fui a descansar a mi cigarral. Lo había

comprado con la cosecha de dólares que me había valido una gira de conferencias

en los Estados Unidos. La casa, de un solo piso, se alzaba a «torre» de dos en

un rincón donde me había instalado mi cuarto de trabajo, chiquito pero con una

ventana que daba sobre la ciudad. Habitaciones justo para los cuatro que éramos.

Un par de cientos de olivos. Por disfrutar de aquella casa y olivar me tildó de

latifundista en las Cortes Ortega y Gasset, el mayor en edad y menor en juicio.

Cuando traté de desviar hacia mis olivos y jardín un chorro de agua que bañaba

la esquina a monte de mi terreno y llevaba vertiéndose en el Tajo desde los

tiempos del rey Wamba, el Ayuntamiento (mayoría socialista) me negó el permiso

por haber sido ministro de un Gobierno Lerroux, de modo que hubo que gastar

capital, en una bomba y fluido todo el año para un servicio que no hubiera

costado nada.

¡Qué pena! Aunque había colaborado con Lerroux por su insistencia en traerme a

Madrid, mis esperanzas objetivas como español estaban con Azaña y Prieto,

precisamente los dos hombres que iban a cometer lo que consideré como la

agresión más grave contra la república: la expulsión de Alcalá Zamora de la

Presidencia por aplicación del artículo 81 de la Constitución. Prescribía este

articuló que si su presidente, durante su mandato, disolvía las Cortes dos

veces, e) tercer Parlamento comenzaría su legislatura examinando si Ja segunda

disolución había sido necesaria. «El voto desfavorable de ta mayoría absoluta de

las Cortes llevará aneja la destitución del presidente.»

No cabla imaginar regla más insensata. Pero su aplicación a Alcalá Zamora lo fue

aún más. Oue la gestión de Alcalá Zamora había sido desdichada, no cabe duda.

Oue conviniera eliminarlo, podía sostenerse. Pero que para hacerlo se aplicase

el artículo 81 en contra de toda evidencia, y mintiendo descaradamente, no podía

convenir a nadie, y menos que a nadie a la misma república.

Las Cortes disueltas habían gobernado con una fuerte mayoría de derechas; las

nuevas Cortes traían una fuerte mayoría de izquierdas. La disolución, pues,

había recibido del país una ratificación contundente.

Sin embargo, aquella mayoría insensata comienza declarándose hija de madre

desconocida al pronunciar innecesaria la disolución a la que debe la vida. ¿Cabe

mayor insensatez? ¿Cuándo es necesaria una disolución sino cuando un Parlamento

ya no está a tono con el país? Así, pues, Azaña y Prieto, los coautores de aquel

disparate, no obedecían a la Constitución, sino que la doblegaban a sus

intereses políticos. Otra vez la causa tremenda de todos los males políticos de

España: el poder preferido a la justicia; el sujeto a! objeto; los individuos a

las instituciones. La Constitución, ganzúa para abrirle a Azaña la puerta de ta

Presidencia.

´Estos eran los negros pensamientos que me rondaban por la cabeza mientras

paseaba entre los olivos de mi cigarral en un ocio que hacía muchos años no

había conocido; de cuando en cuando, entraba en ta casa y ponía en el tocadiscos

el Concierto en re menor de Mozart para piano y orquesta, cuyo humor sombrío

parecía tan a tono con mi estado de ánimo. A veces me ponía a escribir mi

discurso de recepción a la Academia de la Lengua, que me había elegido hacía

semanas, y que treinta y seis años más tarde publiqué como ensayo sobre ´Melibea

en Mujeres españolas. Cada día me convencía más de mi inadaptabilidad a nuestra

política y, por lo tanto, de la imposibilidad de servir a la república y por

ella a Europa en to único que sabía hacer bien.

A los pocos días comenzó nuestra tragedia. Ya en mi entrevista con Casares y

Barcia tuve la intuición de que vivían oprimidos por una ansiedad que procuraban

ocultar, como si mi despedida no fuese para ellos más que una gota más en Ja

copa llena. Una de las marañonitas me llamó al teléfono, con la voz húmeda de

lágrimas, para decirme que allí enfrente, en Toledo, habían asesinado al doctor

Polo Benito, canónigo de la catedral. Había comenzado la guerra civil. No había

noticias de Madrid. Ni comunicaciones. Abajo, sonaban tiros y aun tiroteos, a

ambas orillas del Tajo.

Una mañana, cruzó el cielo azul un avión militar, dejó caer una bomba sobre

Toledo, describió una amplia órbita circular, pasando por encima de mi casa, y

se fue a arrojar otra bomba. Esta visión de una nación que se suicida vino a

afligirme casi a diario.

«¿No ves que le llevamos a la cárcel?»

Hacía mucho calor, de modo que no salía de diez a seis, y a esta hora solía

salir a pasear. Me sentía más aislado e inútil que jamás en mi vida. En Toledo

no conocía a nadie, y no veía qué podría hacer. En Madrid, suponiendo que

lograra llegar, tampoco serviría para nadie ni para nada. No hacía más que darle

vueltas a cómo incorporarme otra vez al río de las cosas cuando una tarde, ya de

anochecer, oí un coche que subía la cuesta de mí terreno y se paraba at pie del

parapeto. Los cuatro ocupantes se bajaron. Tres traían fusiles. El otro,

seguramente, algún revólver.

Resultaron ser una especie de delegación representativa de la izquierda: uno, el

que venía al volante, era de Azaña; los otros tres, uno anarquista, otro

socialista y otro también, pero de distinto color. Me explicaron que venían en

mi coche, que mis hermanas «habían puesto a disposición de la revolución»; que

ellos lo solían guardar en mi garaje; que habían tenido quehacer en Toledo

(según luego me contaron, consistente en almorzar con el cuñado de uno de

ellos), y que, al saber mis hermanas que venían a Toledo, les habían encargado

que viniesen a buscarme.

Metí mis bártulos en un maletín y me uní a ellos.

«¿Dónde va?

"Mis esperanzas objetivas, como español, estaban con Azaña y Prieto,

precisamente fos dos hombres que iban a cometer lo que consideré como la

agresión más grave contra la república" usted a sentarse?», me preguntaron. «Al

lado del que guía», contesté. Se negaron. Era demasiado peligroso y se sentían

responsables de mi persona. Me sentaron en el medio, atrás, con un socialista a

cada fado y su fusil entre las rodi´Nas. Todo el camino estaba sembrado de

cadáveres de automóviles, tumbados en las cunetas, en fosos, en prados, cosecha

det asalto a los coches de los ricos que tos pobres se habían precipitado a

llevar a.cabo en Ja primera emoción de rebeldía, ios huesos de la revolución que

asomaban a través de la carne de la retórica.

Pronto íbamos a ver la reacción de la decencia humana contra aquel apetito de

botín. En cada aldea o pueblo que pasábamos, nos paraban mozos armados. No

llevaban uniforme, pero ios rostros graves sabían lo que hacían. Lo que hacían

era registrar el coche por si llevaban botín, pues, como uno de elfos nos dijo:

«Nosotros no somos ladrones». Pronto nos acostumbramos a! alto armado, al

registro, y al «salud» dé despedida.

Así llegamos a Villaverde. El mozo armado esta vez parecía menos confiado, y en

sus modos y lenguaje se me antojó comunista bien adoctrinado. Me acordé de que

pocas semanas antes había estado en Getafe y hablado con uno del pueblo, de

cuyas palabras se desprendía que el alcalde era uno cuyo nombre y oriundez no

conocía nadie y que llamaban «el Ruso»; y por primera vez me fijé -en lo que

podía significar que el santo y seña que ei guía de nuestro coche venía dando

desde Toledo era «Rusia 1».

El mozo armado gruñó: «¿Quién es ése?». En cuanto oyó mi nombre, reclamó sus

derechos: «Fuera de ahí. Nosotros haremos lo que haga falta». El guía intervino:

«¡Pero si no es don Dimas! (3). Es don Salvador el embajador». «Pues a ése

también. Haia. P´acá», Esta vez mi vecino se incomodó. «No seas idiota. ¿No ves

que ¡o ´llevamos a la .cárcel?» Parece que el otro se caítnó. ´Nos pusimos ert

marcha, y entonces cometí, yo ei disparate más monumental de mi vida: como So

había hecho siempre antes de que naciera el fascismo, salude alzando la mano. O

no lo vio ei mozo armado o no le dio importancia. Seguimos rodando.

La pistola más grande

En Madrid me enteré de que e! asalto a los canes particulares para quedarse con

ellos había sido la primera señal del derrumbe de la autoridad. Mis hermanas

ofrecieron el mío ai partido de Azaña, y desde entonces Jo venían a buscar por

la mañana y lo volvían a traer -por la noche, £1 tiempo era bueno y los

alrededores de Madrid más frescos que el centro. Pero estaban pasando cosas muy

negras, en la Casa de Campo y en otros lugares. Como suele suceder en estos

casos, se mezclaban los idealistas con los pillos en-forma reacia a toda

distinción o diferenciación. ¿Y quién juzga los secretos de la intención? De

todos modos, comenzaba el país a desangrarse.

E¡ Gobierno estaba punto menos que sitiado en el Ministerio de Marina. Llamé aJ

teléfono y hablé, pero no me acuerdo con cuál de los_ministros, creo que con

Prieto. Expliqué que si ellos creían que podía serles útil, me quedaría; perc

que, de lo contrario, yo tenía en Ginebra obligaciones que cumplir, y la oficina

de (a Fundación Mundial que me esperaba; propuse, pues, que me dieran una

especie de salvoconducto de salida y una pareja de policía {porque, en mi

ignorancia de estas cosas, yo creí que los policías iban en parejas como la

guardia civil).

El último día de julio salí para Valencia. €1 agente de policía que me

acompañaba me dijo con sencillez serena que no esperaba sobrevivir a los

disturbios por estar fichado por los cabecillas. Conmibo venía Espinosa,

secretario diplomático de! Consulado de Ginebra. En Valencia conseguimos

encontrar un tren para Barcelona, pero en Barcelona reinaba el caos. Nadie sabía

nada sobre nada y menos sobre quién mandaba. El poder de todos deseado, por

nadie ejercido, porque sin orden no hay ni siquiera poder.

Autoridades de la república, del Estado catalán, del Comité de Trabajadores, a

la sazón dominado por ios anarquistas, se disputaban las decisiones pisándose

los callos. Otro tanto hacían físicamente los miles de hombres y mujeres que se

apretujaban en las oficinas de tantas autoridades para obtener el sacrosanto

papel que les permitiría ir a donde querían.

Mis propios papeles oficiales lograron sacar de su sancta sanc-torum a un

Tintero importante, nada menos >jue ministro del Gobierno catalán que se llamaba

España. Gracias a él logré tomar el tren para Port Bou.

Las barreras burocráticas de la estación de Port Bou estaban todas tomadas por

los anarquistas; pero además había un telegrama oficial del ministro de

Hacienda, Gabriel Franco, prohibiendo la salida de ningún español. Le enseñé mis

papeles al que me pareció llevar la pistola más grande, y le dije: «´Usted verá

quién gana, si Hacienda o Estado. Pero procure decidirlo antes de que salga el

tren de Perpiñán». Lo pensó bien. Me dejó salir. Y aquella noche dormí en el

hotel más miserable que jamás he conocido en mi vida.

El Premio Nobel de la Paz

Vuelvo ahora a aquella reunión de neutrales a que asistí en Londres semanas

antes de iniciar mí emigración (con el cursi "exilio» no quiero nada). Nos

reuníamos en mi ´habitación en un hotel en el West End. Cuando se dio término a

la última sesión, observé que el Dr. MüneJt, ministro danés de Asuntos

Exteriores, parecía querer quedarse y dejar que los demás se fueran.

Yo acompañé a todos al ascensor, pero Münch no lo tomó, quedándose conmigo en e!

pasillo; y ai instante me disparó; «He escrito a Oslo oficialmente pidiendo para

usted ei premio Nobel de la Paz». Me quedé asombrado, porque el asunto no se

había mencionado ni pensado jamás ni entre nosotros ni en mis adentros; y me

sorprendía aún más porque Münch y yo diferíamos bastante en cosas de paz y

guerra, pues é¡ era pacifista y yo no. Le agradecí muy de veras su pensamiento y

nos despedimos.

Durante el verano y el otoño tuve no pocos indicios de que podría ganar la

proposición del doctor Münch, pero el premio de aquel año se dio a Saavedra

Lamas. Ai año siguiente, invitado por la Fundación Nobel, fui a Oslo a dar

conferencias, y allí también, en conversaciones y saraos, se hicieron alusiones

a que «tendría que volver» a Oslo Mrs. Harrt-man, embajadora de los Estados

Unidos (por derecho propio), me agasajó con una cena en mi honor que me dejó

perplejo. ¿Por qué a mí los Estados Unidas una cena? Le dieron el premio a Lord

Ceci), Le felicité y me contestó con un telegrama que doy en el Apéndice.

Meses pasaron —cuántos no me acuerdo—; y un buen día fui a ver a mi amigo

Lebretón, embajador de la Argentina. Hablamos de todo un poco y fuimos a parar a

Saavedra Lamas. El tema le excitaba el buen humor, y en los ojos le bailaba el

placer que iba a tener contándome su historieta: «¿A que no sabe usted por qué

le dieron ei premio Tiobel? Todo ei año se lo había pasado Codell Huli

preparando su propio tratado —todo el mundo lo hace; y usted, ¿por qué no

redacta uno?— y ya se disponía a presentarlo a la Conferencia Interamericana que

iba a reunirse en Buenos Aires, en diciembre. No pensaba en otra cosa. El

tratado iba a ser un éxito. Para mayor seguridad, io redactó de modo que no

hubiese nada dentro de las palabras... ya saba usted cómo se hace eso... Pero

todavía le quedaba a Hull una como inquietud.

Entonces uno de sus aláteres tuvo una iluminación. La Conferencia iba a tener

lugar en Sueños Aires. De modo que la presidiría Saavedra Lamas. Había que darle

e! Premio Nobel; y todo iría bien. Cordell Hull tomó et consejo. Le dieron el

premio a Saavedra Lamas y él te saboteó la Conferencia a Cordell Hull. EJ cual,

después, decía: "¡No he visto ¿arrias hombre mas pérfida!"».

Sí non é vero, é ben tfovato. Pero todavía creo que de ser así, Cordel! Hull se

hacía una ¡des muy modesta de la perfidia.

"El interés despertado por «Memorias {1921 - 2936). Amanecer sin mediodía», de

Salvador de Madariaga, ha desbordado todas las previsiones: en su primera semana

de venta al publico se han agotado todos los ejemplares de la primera edición.

La peripecia política y humana de este humanista liberal y brillante escritor —

miembro electo, en 1936, de la Real Academia Española— durante los quince años

que precedieron al Alzamiento Nacional justifican sobradamente la expectación

que han provocado sus Memorias. Con «Actividad personal. Encuentro con Franco.

La Fundación Mundial» y «.Hacia la guerra civil, «G. i.» finaliza el serial que

inició la semana pasada con la publicación de otros dos interesantes capítulos

de esta última obra de Salvador de Madariaga, edtta-da por Espasa Calpe, S. A.

(1) En agradecimiento a todo lo que debo a esta mujer admirable, di su nombre a

una fundación que doté el año 71 en el Colegio de Europa para bacas a

estudiantes españoles y portugueses.

(2) No que esta conducta miope sea monopoíio de los yanquis.. Por ejemplo, sí

los tres grandes propietarios de las minas de estaño de Bou vía {dos bolivianos

y un judío alemán) hubieran gastado un buen 25 por 100 de sus enormes beneficios

en mejorar sus minas, sus métodos, el trato de su personal y la instrucción

pública, otro gallo le cantera a aquel maravilloso e infortunado país.

(3) Diputado derechista por Toledo, nada pariente mío: don Dimas Madariaga

 

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