Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   Don Felipe y los cabreros     
 
 ABC.    02/12/1982.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Planetario

Don Felipe y los cabreros

Lo natural es que a los jefes de los grupos de la oposición no les guste el discruso programático del

candidato a ser investido presidente del Gobierno. No les ha gustado. Es un loable rasgo de honestidad

con el que moderadamente han cumplido. No debía gustarles y no les ha gustado. Bien.

«No ha sido presentado un debate a la Cámara», dijo Fraga. Tenía razón, «La mera enunciación de

propósitos no determina cuáles son sus contenidos», comentó Lavilla. Sin duda estaba haciendo su

biografía de las semanas preelectorales. «Con escaso grado de compromiso», entiende Marcos Vizcaya

que se ha expresado el candidato. No ha entendido bien lo que, respecto a autonomías, estaba muy claro,

y es que dicen que no hay peor sordo que el que no quiere oír. A Francés Vicens, nuevo en esta plaza

parlamentaria, el discurso se le ha antojado tímido y ambiguo. Se ve que llega con ganas de mostrarse

más izquierdista que realista. A Martín Villa el discurso le ha aburrido, sobre todo por su vaguedad. El ex

ministro descubre un costado «masoca». Le divertían más los discursos filipescos cuando ponía como

chupa de dómine al Gobierno al que él pertenecía.

Bueno. Así está la cosa y está bien. Si la oposición aplaudiera de modo unánime al candidato entonces

sería la mayoría la que metería los pies y eso sería, al menos a comienzos de la legislatura, paradójico y

sorprendente.

La gran novedad es que el candidato, de gris y cruzado vestido, encorbatado a rayas como un

universitario británico y menos parajismero que en sus tiempos de la oposición, tiene ya todo el aire de un

hombre de Gobierno cuya primera condición, como se sabe, es no soltar prenda sobre el qué y el cómo de

lo que quiere hacer, porque eso es demasiado comprometido y luego se lo echan en cara si no le sale.

Como esto se escribe escasas horas antes del debate preceptivo y de la votación de investidura, no se sabe

si aparecerá el elefante que tanto se esperó el 23-F, aunque nadie cuenta con tan remota posibilidad.

Ya no quedan ni princesas ni elefantes que cantar y eso es un signo de que la democracia empieza a ser

algo real en este país donde se inicia en paz el más grande cambio político del siglo después de aquel de

1931, que también empezó tan en paz y con tan popular algarabía.

Algún discurso de investidura recuerdo yo en que el nuevo jefe de Gobierno precisaba hasta con

decimales los efectos matemáticos de su programa en el gasto del Estado. Claro que se trataba de

políticos como Pompidou o Giscard d´Estaing dominados por la funesta manía de las matemáticas y

necesariamente fieles a la arraigada costumbre de las amas de casa francesas de repartir en sobrecitos la

paga mensual del marido. Tanto para alimentación, tanto para colegios, tanto para vacaciones, etcétera.

Nuestro discurso es algo así, aunque de menos calidad, como el de Don Quijote a los cabreros, que el otro

día recitaba Fernán-Gómez. Don Felipe Fernán-Gómez, perdón, González, ha hecho un discurso

quijotesco.—Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

< Volver