Autor: Tusell, Javier. 
   Areilza     
 
 Ya.    28/12/1977.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

AREILZA

Precedido por el trompeteo de sus fieles, con el acompañamiento de una súbita

y repetida exhibición previa en los medios de comunicación, ha hecho su

reaparición, ante un nutrido público madrileño, la elegante efigie de don José

María de Areilza, conde de Métrico. No es un hecho aislado, sino que se nos dice

significa la vuelta a la vida pública activa del ilustre ex ministro de la

Monarquía.

Como historiador de la política, el que esto escribe quisiera, de entrada,

proclamar su irremediable admiración por las personalidades de la casta del

señor Areilza. En un país, en el que hoy y ahora pululan los personajillos

inconstantes, veleidosos, contradictorios y, ante todo y sobre todo, "amateurs"

de la política, un parlamento fluido, caracterizado por el dominio de la

palabra, la precisión en el concepto y la elegancia en el gesto (también en lo

que se dice: Areilza nunca despotrica contra personas) viene a ser un oasis.

Mi entusiasmo es idéntico también por el espectáculo de la oratoria de otro gran

arrinconado de la política española que se llama don José María Gil Robles.

La ausencia de Centro Democrático de José María de Areilza es a la vez una

desgracia para todos los centristas y un error. Pero cabría preguntarse: error,

¿de quién? Yo creo que cuando se produjo la mal llamada "defenestración" del

señor Areilza jugaron varios factores entre los que su, importancia relativa

está todavía por determinar. A mi me parece que un factor decisivo fue, en

aquellos días, la incapacidad del señor Areilza de aceptar un papel de segunda

fila en una coalición que tenía un jefe natural, no precisamente porque

estuviese en el poder, sino porque a él las encuestas de opinión le concedían

una neta superioridad de cara al electorado sobre cualquier otra personalidad de

ideario semejante. Cuando por segunda vez, ya ante el mismo periodo electoral,

el señor Areilza tuvo una segunda oportunidad para incorporarse a lo que luego

sería la UCD, también erró. Sucede, sin embargo, que lo que está por descubrir

es si las ofertas que entonces se le hicieron partieron de los presupuestos de

generosidad suficientes. En mi opinión, en todo caso, nadie le pretendía

aplastar hasta la desaparición del escenario político.

Muchas de las cosas que últimamente ha dicho el conde de Motrico estaban plenas

de sentido y necesitaban ser dichas y escritas. Efectivamente, es necesario que

cada sector social y cada ideología sean capaces de manifestarse ante el

auditorio de miles de españoles, tal y como no se hace por el momento. Desde

luego, es imprescindible que los políticos empiecen a ejercitar las virtudes de

la humildad y el entusiasmo, aplicándoselas a sí mismos. Resultaría esclarecedor

que se levantara, desde este mismo instante, la bandera de un amplio movimiento

de acción ciudadana para el progreso y la modernidad.

Todo eso está muy bien, con el solo inconveniente de que puede ser tomado por

una serie de genéricas vaguedades. Pero a la hora de calificar la presente

política española, en mi opinión, el conde de Motrico erró otra vez de medio a

medio. Empezó por afirmar que toda la clase política carece de un concepto

democrático del Estado y que la realidad española no estaba en el Parlamento.

¡Gravísima afirmación ésta! La democracia representativa occidental se basa en

producir la rotación de la élite gobernante mediante cónsultas periódicas al

pueblo. Algo que excluye por definición es la posibilidad de una asamblea

permanente de todos los habitantes de un país, así como la celebración cada

media hora de elecciones. Si uno no participa en estas últimas o es derrotado en

ellas no puede pretender que los vencedores no sean demócratas, sino esperar a

la próxima ocasión para probar su suerte. Es más: abominar sistemáticamente de

toda la clase política parlamentaria en una democracia sólo conduce a aquellas

frases como la de que el mejor destino de las urnas es ser rotas, la que el

señor conde recordará de otros años venturosamente pasados. En la España de

hoy existen parlamentarios regulares, buenos y rotundamente malos, pero, como

tales, merecen el respeto que les han dado los votos que han conseguido.

¿Quién, pues, carece de un concepto claro del Estado democrático?

Pero, además, el señor Areilza utiliza esta condena global de la clase

parlamentaria para abominar también de dos cosas: el pacto de la Moncloa y las

pre-autonomías. Ni yo soy economista ni, de serlo, hubiera redactado el pacto

tal como ha aparecido, pero creo que no hay duda de que no existe otro

procedimiento, sino su aplicación más estricta para salir de la crisis

económica. Por otro lado, es cierto que con ocasión de las peticiones

pre-autonómicas se están diciendo muchas tonterías; pero de ahí a hablar de un

cantonalismo, media un abismo que demuestra una mentalidad catastrofista.

Que ofrece el señor Areilza como respuesta y alternativa a las supuestas

maldades urdidas desde el Gobierno del país ? En primer lugar, una vigorosa

actitud antimarxista y antisocialista. Esto está muy bien, porque ya estamos

llegando en nuestro país a unos excesos que bordean el ridículo en cuanto a la

mitología de izquierdas. Pero convendría recordar que el señor conde de

Motrico, con su colaboración en las candidaturas de Senadores para la

Democracia, contribuyó en su día a aumentar de manera sustancial el caudal de

votos del PSOE. Quien en junio de este mismo año criticaba el "terror" de la

burguesía, no está en la mejor disposición de alzar su bandera; quien pensaba en

ese mes que UCD no era ni tan siquiera demócrata, no es muy congruente que ahora

sugiera, con más o menos veladuras, que desde el poder se hace una política

socializante. En segundo término, el señor Areilza ofrece una defensa apasionada

del capitalismo. Yo soy, como es lógico, partidario de una economía libre y

social de mercado, pero de ahí a defender el capitalismo media un trecho que

incluso la mayor parte de los partidos conservadores del mundo occidental no

recorren con la rotundidad con que lo hizo el señor conde. Ni nadie habla ya de

apoyarse en la burguesía y sólo en ella para montar una organización política.

Entre otras cosas, porque la revolución burguesa en España {pese a lo que digan

los marxistas y el señor Areilza) lleva hecha en nuestro país ya mucho tiempo.

A la salida de la conferencia, una señora con un abrigo de zorro del Canadá se

quejaba del humo de la sala. Y yo, melancólicamente, pensaba si las enormes

cualidades y capacidades de don José María de Areilza no se podrían emplear

mejor en otras cosas y con otros propósitos.

Javier TUSELL

 

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