Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¡Qué país!     
 
 El Imparcial.    21/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 3. 

¡Que país!

CUANDO estallan loa conflictos por todas partes, y de muy diversa naturaleza, ¿se percatan los políticos

de su mala situación, y hasta de su fabuloso fracaso? Una democracia se caracteriza porque los

gobernantes están elegidos por el pueblo; y aquellos que tienen menos escaños en al Parlamento, son los

que hacen al control de los que gobiernan. La representación popular se lleva a cabo a través de los

Partidos políticos. Prácticamente, esta organización tiene que asumir, afrontar y resolver, la conflictividad

ordinaria y corriente de un país en sus quejas, en sus demandas, o en sus protestas. Un sistema concebido

así, ha de dar como resultado un pueblo voluntariamente disciplinado, con sus esporádicas tensiones o

conflictos. Pero aquí está ocurriendo todo lo contrario. El pueblo va por una parte y los políticos, o los

Partidos, por otra. Resulta que nunca en España -me refiero a los partidos políticos democráticos había

existido una conflictividad mayor, una cadena más permanente de follones. Es verdad también que la

España antigua era rural, y esta moderna es industrial. Que la España de los años treinta, era en una buena

parte campesina y analfabeta, y esta es urbana y universitaria o técnica. Los conflictos tienen que ser más;

pero nunca en la proporción presente. La democracia -se dice- dice tiene necesariamente un nivel mayor

de problemas porque el pueblo no está sometido, y aparecen establecidas las libertades individuales y

sociales, y se expresan y están amparados los derechos humanos. Todo esto que es moralmente

insustituible, tiene la contrapartida de más problemas. Está bien. Pero no tantos. Si fueran excesivos el

sistema democrático carecería de validez.

La Idea que se tiene en estos momentos es que la España política va por un lado, y la España real va por

otro. No hay más que ver los temarios y la actividad de los dos Parlamentos. Apenas tienen nada que ver

con los problemas reales de la vida española. La gente sabe que hay socialistas, y centristas, y comunistas,

y derechistas, y vascos, y catalanes, y hasta andalucistas. Pero sus problemas no tienen canalizaciones a

través de ellos. Estos señores están a sus cosas parlamentarias, a sus viajes el extranjero, a sus discursos

en los Partidos, y sus movilizaciones de meses para mil cosas, a sus maquinaciones en los restaurentes, a

su solidaridad con esto o aquello. Pero los problemas auténticos están en mitad de la calle y la gente se

tenía en favor de ellos mediante huelgas, manifestaciones, actos de protesta o violencias. Se está

produciendo una especie nociva y no pacífica de democracia directa, donde se puede poner boca abajo al

país si esta situación no se detiene por la única vía civilizada, y es por la de una Democracia que asume

sus deberes de organización, de parlamento, de orden, de autoridad, y de estudio de todas las cuestionas.

El Gobierno es como una veleta, sometida a todos los aires, y al Parlamento no tiene el aire de la calle; es

como un diálogo de besugos en una máquina neumática.

No se me pasa por la cabeza cómo los más interesados en salvar la Democracia, que son los demócratas

con título, con credenciales, o con historia, no se percatan de le grave situación. A mi no me parece

extraño que los partidarios del viejo régimen estén al pairo, o que incluso muchos se alegren de lo que

pasa, para cargarse de razón. Lo que no tiene sentido es la impotencia, la pasividad, la ligereza, la frialdad

de los demócratas llamados auténticos. Como si lo que pasara no fuere con ellos.

EMILIO ROMERO

 

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