Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¡Qué país!     
 
 El Imparcial.    24/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

¡Qué país!

Q U E futuro para España nos prepara la clase política actual, instalada en el Gobierno y en al Parlamento

El espectáculo de ayer en el Congreso de los Diputados nos devuelve otra vez a una imagen de nuestra

nación que hubiéramos querido ver enterrada para siempre, después de la catástrofe de nuestra Guerra

Civil. Exactamente venía a nuestra memoria al júbilo pacífico con que fue instalada la República an 1931

y su desenlace trágico cinco años más tarde. Nuestro destino político, tras la muerte de un hombre con

una asignación de podar personal ahí precedentes, era arreglar nuestra marcha a través de la Historia por

nosotros mismos. No hay otro poder colectivo que el de la Democracia. Y nos pusimos a hacerla. Ya

hemos dicho más de una vez que se estaba haciendo mal, y el paso del tiempo nos está dando la razón.

Todo al comienzo fue placentero. La operación más urgente era incorporar a todos los españoles, sin una

sola proscripción por razón de ideologías, a la tarea común de la política y del Gobierno. Después se

convocaron unas elecciones generales en las que se nos dio un Parlamento en el que, aproximadamente,

se encontraba la España real. Y empezamos a dinamizar un proceso político que tendría que darse una

Constitución para concluir en la imagen de una Democracia y de un Estado, puesto que se había

producido una ruptura con el pasado.

Pero, entre tanto, el proceso recibía los impactos del terrorismo; la impaciencia de una nueva

configuración jurídica de las regiones mediante las autonomías; la exhibición de antagonismos entre las

dos Españas irreconciliables, que no se avenían a estar juntas y pacíficas en el ruedo; y la triste

manifestación de un Gobierno de mero obrador electoral sin autoridad y sin recursos, con complejos de

interioridad democrática. Incapaz de dirigir el proceso político, y más habilidoso que imaginativo.

Paralelamente a esto había una nota positiva: la izquierda (socialistas y comunistas) que objetivamanta

podían tener resentimientos por su larga proscripción, aparecía moderada. Ni siquiera en su propaganda

electoral fue generadora de exabruptos, de amanazaa, o de violencias. La derecha evolucionaba hacia

formas más modernas de aceptación de la época en sus exigencias sociales y culturales, y tenía una

fachada abierta y reformadora. Todo esto era lo único alentador que se detectaba ante el balance pobre y

mediocre en las nulidades de vida de los españoles, de presión económica, descanso del nivel de vida,

menos paz ciudadana, y una subestimación de las líneas de progreso, en beneficio de las estrategias

menores de los políticos en sus proyectos de influencia y de poder a la vista.

Y ayer estos políticos, en lugar de no tocar uno de los temas más graves y más sensibilizadores de estos

momentos, que son las cuestionas del orden público, los afrontan con la mayor rudeza y desenfado. Y

como era natural, estalló ese polvorín. Ya tenemos otra vez la «derecha» y la «izquierda» antiguas que no

apetecíamos.

El debate sostenido entre Manuel Fraga y Santiago Carrillo puede registrarse como uno de los sucesos

más perturbadores aunque haya sido muy clarificador para la existencia en nuestro país de una

Democracia civilizada y pacífica. Otra vez volvía a plantearse el debate entre una derecha y una izquierda

que nunca hubiéramos querido oír, porque constituye la amenaza de planteamientos parecidos a aquellos

de la primavera de 1936. Incluso las desafortunadas alusiones de ambos oradores a aquel tiempo, son una

muestra de que aquí, a la hora de hacer la Democracia, no se han guardado más que las formas para otra

cosa anda dentro y sigue viviendo, a lo que parece, al viajo antagonismo que ha hecho la vida imposible a

los españoles mediante barraras insalvables. Ese viejo rostro de la izquierda y de la derecha históricas,

nos abochorna y nos entristece. El pueblo español no aspira a restaurar periodos trajinos, detesta la

violencia y el exterminio.

No se trata de entrar an el análisis de las razonas expuestas por ambos líderes y parlamentarios. No

importa que algunas cosae de las que han dicho sean razonables. Nos referimos a la improcedencia de

tocar el tema. Siempre cada cual tendrá para las gentes que los siguen, sus aplausos y afirmaciones. Pero

es esa posibilidad la que rechazamos, y por una única razón: porque no nos conduce a la paz.

Conviene resaltar que en todo esto hay un precedente inescamoteable, aunque se nos tacha de obsesivos.

Cuando un Gobierno no medita suficientemente la Democracia que hemos de hacer. Cuando no es capaz

de llevar la iniciativa en la dirección de los trabajos de una Constitución. Cuando ni siquiera es capaz de

gobernar en solitario y tiene que llamar a la oposición para que te saque del atolladero; y cuando no

genera confianza en nadie, ni en los empresarios, ni en los trabajadores ni en los políticos, ni en los

intelectuales, ¿cómo se te puede pedir que dirija un Parlamento? La Democracia, o se hace desde otras

bases, y con las mismas gentes que están en el ruedo -que desde aquí no descalificamos a nadie-, o esto

no tiene otras consecuencias o salidas que las que puedan deducirse del improcedente y grave debata de

ayer.

EMILIO ROMERO

 

< Volver