Autor: González Álvarez, Ángel. 
   Una respuesta a la libertad de educación religiosa     
 
 Ya.     Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 16. 

UNA RESPUESTA A LA LIBERTAD DE EDUCACIÓN RELIGIOSA

Por Ángel GONZÁLEZ ALVAREZ

Lo problemático social que vive nuestro mundo incide de forma profunda en los planteamientos

educativos. Los derechos, a la libertad, ´inherentes a Ja persona humana, reclaman que eso .posibilidad de

libertad sea total y, por consiguiente, que se ejercite en el aspecto religioso. El doctor don Ángel

González Alvarez, con su visión metafisica de la realidad, nos ofrece oportunamente los criterios que

deben conducir a una respuesta a la libertad de educación religiosa. La persona humana y sus exigencias

de desarrollo pleno y armónico deben ser el centro de ecuanimidad para esa ¡libertad. El señor González

Alvarez, nacido en Mogaz de Cepeda (León) en 1916, aparte de sus títulos máximos en filosofía y su

acreditado magisterio como catedrático, ¡unto a sus cargos como director general de Enseñanza Media y

rector de la Universidad Complutense, cuenta con una amplia bibliografía sobre 4a educación y su

perspectiva religiosa. Sus criterios son fruto de una torga vida profesional.

TODA educación, y muy especialmente la educación religiosa, debe respirar la atmósfera de la libertad.

Pero la libertad mora en el espíritu personal del hombre. Kilo significa que los servicios educativos deben

ser programados partiendo de la persona. Sólo así podremos obviar la servidumbre de los egoísmos

individuales y de los intereses sociales para abrirnos al reino de la libertad en el que se mueve la persona.

La educación es promoción y desarrollo de las virtualidades perfectivas inherentes en el hombre; un

tránsito desde la Imperfección y la servidumbre hasta la madurez y la libertad.

Esta idea de la educación vale •también como definltoria de la educación religiosa. En la libertad tiene su

origen, su meta y su mejor cumplimiento. Sin embargo, las exigencias de la libertad en la programación y

realización del servado educativo no derivan tanto de la libertad personal cuanto del respeto debido a la

persona misma. A ella habrá que preguntar si la quiere o la rehusa. En caso de aceptarla habrá que inquirir

todavía la confusión religiosa que profesa.

Lia respuesta a Ja libertad de educación religiosa debe ser elaborada sobre esas bases. La educación, la

ciencia y la cultura arraigan en el suelo de la libertad y sólo pueden vivir de ella. La cultura, la ciencia y

la educación religiosas no constituyen excepción alguna. Antes al contrario, debe integrarse y

armonizarse con la cultura profana, la ciencia natural y la pura formación humana. La fe no nos ha sido

dada para destruir la razón, sino para exaltarla y perfeccionarla. Tampoco la gracia, sobrenatural en el

hombre, debe entenderse como fardo pesado a lomos del alma. Digamos, pues, sencillamente, que del

derecho natural a la educación religiosa se deriva el deber universal que tenemos de impartirla. De estas

premisas se desprende muy clara conclusión: es preciso hacer sitio en la escuela a la educación religiosa

de la infancia y de la adolescencia.

El lugar de la educación religiosa en la escuela reviste especiales características. Está en juego la

profunda libertad del hombre. La educación religiosa no puede Implantarse con carácter obligatorio. La fe

es un obsequio racional, y la religión impuesta, muy grave profanación. La religión, como la fe, se

propone libremente a libertades. Pero la libertad está encerrada en el alma del niño y el adolescente no

.tiene aún enteramente actualizada su capacidad de elección. ¿A quién incumbe la decisión en asunto de

•tanta monta ? Es evidente que sólo los padres son los titulares de una doble elección: de la libertad de

ejercicio para reclamar o rechazar la educación religiosa de sus hijos y de la llamada libertad de

especificación. para exigir una determinada forma de educación religiosa. Por tanto, la educación

religiosa impartida en las escuelas habrá de ser precisamente la elegida con entera libertad por los padres

de los propios educandos.

Sor. muchos los que estiman que el Estado cumple con creces sus deberes en este orden de cuestiones con

el establecimiento de la libertad de creación de centros de enseñanza. No hay tal. La libertad de

enseñanza, limitada de esta forma, salva al Estado de la caída en el monopolio escolar, pero conculca la

misma libertad que parece defender mientras no ofrezca educación religiosa en sus propios centros, ya

que, de lo contrario, no podrían ser elegidos por las familias que considerasen imprescindible la

formación religiosa escolar para la educación integral de sus ´hijos. Pertenece al bien común, objeto

propio de la solicitud del Estado, ordenar la impartición de la educación religiosa en todos sus centros.

Flota en el ambiente español de nuestro tiempo una idea surgida en ciertos cenáculos de aficionados a Ja

política educativa, según la cual la educación en la escuela estatal puede ser religiosamente neutra o laica

y, por supuesto, gratuita, siempre que el propio Estado reconozca la autonomía de particulares y de

instituciones para fundar centros de enseñanza en los que se impartiese muy seria educación cristiana a

expensas de las familias que, al elegirla, estuvieran dispuestas a pagarla. Sobran dos dedos para medirles

la frente si no advierten la trampa simoniaca en que han caldo. .El Estado no debe hacerse cómplice de

semejante desatino y, en consecuencia, al elaborar la política educativa, no tolerará discriminación

alguna de los alumnos por razones económicas.

Si se prefiere, lo digo con los términos del concilio Vaticano II el poder civil .no Impondrá a las familias,

directa ni indirectamente, cargas injustas por la libertad de elección de las escuelas. No planteo aquí el

problema de la gratuidad de la enseñanza en ninguno de los niveles del sistema educativo.

La educación religiosa elegida por los padres estará integrada en los programas correspondientes a los

grados de enseñanza primaria y media. La elección de las familias se extiende también a la determinación

de la peculiar confesión religiosa. ¿Por qué deben cargar Jas familias con esa doble responsabilidad? Daré

dos razones. La primera es positiva y quedó señalada más atrás: el derecho a la educación confesional

pertenece a los educandos, y la tutela de semejante derecho incumbe a los padres por derecho natural.

La segunda razón es más bien negativa. ´Nadie puede dispensar a la familia de esa tutela ni tampoco de la

responsabilidad consiguiente. La actividad política no tiene en este asunto competencia propia. La´

libertad religiosa y la religión misma son como el subsuelo de las convicciones últimas sobre el origen

divino del hombre y el fin de consumación de la existencia personal. Si el Estado se inmiscuye en estos

asuntos trueca el orden de la libertad por el desorden de la coacción.

En fidelidad a una tradición multisecular, y con apoyo inmediato en el concordato con la Santa Sede y en

el Fuero de los Españoles, nuestra ley General de Educación reconoce los derechos de la Iglesia católica

«n materia educativa y garantiza la enseñanza religiosa en los centros-estatales y no estatales. Todo ello

en conformidad con lo dispuesto en la ley reguladora del ejercicio del derecho civil a la libertad en

materia religiosa.

Vivimos los españoles de hoy una crisis de identidad. Una fiebre de cambio acelerado desde una

democracia orgánica en régimen de autoridad a una democracia inorgánica transida de libertad nos incita,

más allá de las reformas acompasadas por la prudencia, a una ruptura con el pasado inmediato. Todo seria

bienvenido si, atemperando nuestras impaciencias, desembocamos en la democracia de estilo occidental

que nos libere de la revolución violenta, destructora de todas las libertades y, entre ellas, de la libertad de

educación religiosa. Permítaseme concluir este razonamiento expresando la necesidad de que se incluya

en la nueva constitución, que se prepara, este verdaderamente sagrado derecho de los españoles.

La enseñanza religiosa de confesión católica en todos los centros sólo cubre el riesgo de una imposición

de la llamada escuela única, de 1& cual se excluye toda formación religiosa. Pero hace violencia a los

derechos de las familias de convicción religiosa diferente o sin religión alguna si se impone a sus hijos la

asistencia a las clases de una religión que no profesan. ¿Qué hacer en semejante situación? Estamos

contemplando el caso español, caracterizado por una mayoría de católicos que desean la formación

religiosa de sus hijos.

La regla de conducta puede ser tomada de la declaración conciliar sobre la libertad religiosa, donde se

afirma que si, en atención a peculiares circunstancias de los pueblos, se otorga a una comunidad religiosa

determinada un especial reconocimiento civil en el ordenamiento jurídico, es necesario que al mismo

tiempo se reconozca y respete a todos los ciudadanos y comunidades religiosas el derecho a la libertad en

materia religiosa. Y como el poder civil debe evitar que la igualdad jurídica de los ciudadanos y de las

familias sea lesionada en lo más mínimo, habrá que resolver el problema como si se tratase de un efectivo

pluralismo, según paso a examinar.

Si algún día perdiésemos los españoles la unidad religiosa, nos miraríamos en el espejo de otros pueblos

europeos, cuya prudencia les ha llevado al encuentro de fórmulas que, con el más escrupuloso respeto a la

libertad religiosa de todos los ciudadanos, imparten educación en conformidad con la confesión de la

comunidad religiosa de las respectivas familias. Y con la gratitud por la solución que nos brindan

podremos concluir uniéndonos también de corazón al aplauso de la Iglesia a las autoridades y sociedades

civiles que, teniendo en cuenta el pluralismo de la sociedad moderna y favoreciendo la debida libertad

religiosa, ayudan a las familias para que pueda darse a sus hijos en todas las escuelas una educación

conforme a los principios morales y religiosos de las familias.

Se plantea ahora una cuestión de competencias. ¿A quién corresponde la educación religiosa en las

escuelas? Ya quedó insinuada la incompetencia del Estado y de los partidos políticos en semejante

materia. La religión no es una ideología más o menos fundada y sometida siempre a los inevitables

cambios de lo temporal y transitorio. La religión es una vida que tiene a su base una doctrina de la

existencia en su trascendimiento absoluto. La religión fomenta la libertad mientras la ideología la

suprime. No pertenece al Estado —dice la encíclica "Octogésima adveniens" (n. 25)— ni a los partidos

políticos cerrados sobre si mismos imponer una ideología por medios que desembocarían en la dictadura

de los espíritus. ¿A quién pertenece, pues?—vuelvo a preguntar.

Aludí hace un momento a la Iglesia católica y a otras comunidades religiosas. Por ahí precisamente habrá

que indagar la solución, al menos en el primer estadio del problema. La educación religiosa en las

escuelas se impartirá en conformidad con la doctrina de la comunidad religiosa a que pertenecen las

familias de los educandos. A renglón seguido de la cita que acabo de hacer escribió Pablo VI: "Pertenece

a los grupos establecidos por vínculos culturales y religiosos—dentro de la libertad que a sus miembros

corresponde—desarrollar en el cuerpo social de manera desinteresada y por su propio camino las

convicciones últimas sobre la naturaleza, el origen y el fin del hombre y de la sociedad".

Queda un segundo momento que conviene dilucidar con gran cuidado. El efectivo ejercicio educativo está

a cargo de los educadores. Su nombre más generalizado es el de profesor y el más apetecido debiera de

ser el de maestro. Los profesores de educación: religiosa necesitan las mismas cualidades que los demás

profesores, pero poseídas en mayor grado y con un arraigo más profundo en la intimidad de la persona.

Piénsese únicamente en la libertad. Por ser consustancial al proceso educativo, he tenido que aludir a ella

con frecuencia. La tarea pedagógica es el encuentro fecundo de la libertad del educador con la del

educando. Pero la libertad, como la personalidad misma, se encuentra encerrada en el alma del niño. Allí

está como dormida y apagada. Sólo una libertad empapada de amor puede despertarla y encenderla.

Esta triple cualidad del profesor de religión exige de él ser miembro vivo de la Iglesia y, en consecuencia,

necesita para actuar en un centro de enseñanza la "venia docendi" del ordinario del lugar. Debe poseer,

además, la preparación técnica y profesional justificada por la posesión de los títulos académicos y

administrativos correspondientes, los cuales en ningún caso deben ser inferiores a los legalmente exigidos

al resto del profesorado del mismo centro. Y, una vez cumplido esto, se haría patente la necesidad y la

urgencia de acabar con las desigualdades retributivas que, para vergüenza española, perduran todavía.

 

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