Autor: Ortí Bordás, José Miguel. 
   Los pactos     
 
 ABC.    09/11/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

OS PACTOS

EL diccionario da autoridades noe dice que la palabra pacto significa eí concierto o

aalento en que aa convienen dos o más partea débalo da condiciones, a cuya observancia se

obttga cada uno», toa españoles nunca han tenido una opinión demasiado favorable del pacto

político. Eaa es la verdad. Nuestras mejore* cabezas han scHdo tronar contra el pactismo con

acentoa tan rotundos como despreciativos. V, ain embargo, al pacto político ae ha terminado

Imponiendo entre nosotros en no pocas ocasiones. Para superar un momento crítico, para

derribar un régimen o pera ooneotider otro. Dos ejemptee: el de Cánovas concertando con

ttagasta la manera de permitir que la Monarquía de Sagunto sorteara sin mayorea dificultades

ai grave escollo que pera ella Iba a suponer la muerte de Alfonso XII y el de toe repufatteanoa

españoles asentando recíprocas promesas y acciones conjunta» para precipitar la calda de lo

que alguien calificó de República coronada.

El pacto de El Pardo simboliza la estrategia de la Restauración, expreaa el Mee! poiitlco de

Cánovas y esté animado por un aliento de Indudable dimensión histórica Ea la obra de un

estadista. No fue. en efecto, un acuerdo circunstancial al que se estableció entre los (afea de

loa partidos conservador y liberal el 24 de noviembre de 1885, ea decir, un día antes del

fallecimiento de Alfonso XII. sino un acuerdo sustancial sobre el que tomó fundamento todo un

periodo histórico. A Cánovas no le bastaba con superar el conflicto que abría la muerta de

Alfonso XII con tres decisiones Igualmente acertadas: la de no dar paso a laa aspiraciones de

Isabel II a la Regencia; la de no proclamar Reina a la Princesa de Asturias. Doña María de las

Mercedes, habida cuenta del embarazo de Doña María Cristina; y la de Investir a •ata última

como reina gobernadora, paaa a au juventud, a su Inexperiencia y a au condición de extranjera.

Porque Cánovas sabia que la suerte de la Monarquía no dependía de salvar con mayor o

menor facilidad una coyuntura critica determinada. Dependía, por el contrario, de saber imbuirte

una vocación de permanencia, de saber dotarla de una visión histórica.

Como todo verdadero estadista. Cánovas subordina la táctica del momento a las exigencias de

la estrategia. En vlr* tud del «pacto de El Pardo, cede la presidencia del Consejo de Ministros a

Sagasta para inaugurar la Regencia con el gobierno de la •oposición de Su Majestad. para1

establecer el turno en el poder de conservadores y liberales y para asegurar el mantenimiento

de los dos partidos dinásticos dentro de la legalidad constitucional. ¿Sólo para eso?

Evidentemente, no. Esa ea la parte poalttva, el haz de la cuestión, pero el «pacto fe El Pardo,

como todos tos pacto» polf*>9, tenia también au envés. El que loa

dos partidos fueran a sucederse periódicamente uno a otro en el Gobierno suponía tanto,

además, como aislar, maniatar o excluir del mismo a los auténticos enemigos de la

Restauración; los carlistas y los republicanos.

Pero seamos justos. Para que haya pacto se requiere el acuerdo entre dos o más partes. Y

Cánovas no hubiera podido llevar a cabo su empresa de no haber existido Sagasta, un poiitlco

poco amigo de extremismos y aun ni de consecuencias, dispuesto a colaborar con quien, como

Cánovas, pudlendo elegir el papel de dictador, ofrecía concordia en lugar de deportaciones y

carteras ministeriales en vez de confinamientos. La obra de Cánovas no se habría edificado sin

la ayuda de la Izquierda dinástica. Y muy posiblemente también la izquierda dinástica

capitaneada por Sagasta no hubiese adoptado una actitud colaborante en la Regencia si antes

un gran republicano como Castelar no hubiera realizado sobre el campo abonado de la

Restauración la siembra generosísima y fructífera del posibilismo.

En el fondo, la almendra de la consolidación de la Monarquía restaurada la constituye el

posibilismo. Hasta tal punto es esto cierto que Cánovas tuvo que ir mucho más hacia la

Izquierda de lo .que eran sus Iniciales propósitos. Porque el posibilismo no dejó famas de

aspirar al sufragio universal, ni a los derechos Individuales, ni al gobierno democrático. Avanzar

en este terreno políticamente sustantivo a cambio de colaborar con la Institución monárquica

era algo que no podía producirle el menor empacho a un hombre como Castelar capaz de

declarar paladinamente: • Yo soy republicano, pero antes que republicano soy español.» La

primacía en la izquierda de la época de los intereses nacionales sobre los presupuestos

ideológicos y las conveniencias de partido, Junto a su convicción de que en España existía un

fondo de democracia común, que era necesario preservar, contribuyeron a erigir el periodo más

largo y sosegado de nuestra Historia contemporánea. La España que habla terminado por

cansar a ta Historia, asentaba, por fin. la cabeza.

El pacto de San Sebastián fue otra cosa. El compromiso definitivo de los grupos republicanos

de proceder al derribo de la Monarquía o la rampa de lanzamiento de la pronta proclamación de

la República, según se prefiera. En la tarde del 17 de agosto de 1930, lo que en San Sebastián

se alumbra es el modo de coordinar los esfuerzos de la activa conspiración republicana, ta

manera de hacer más operativo y de acelerar el ya de por sí Impetuoso movimiento

republicano, cuyo estallido final y revolucionario se fijó para el 15 de diciembre. La llave del

pacto la configuraría la participación catalana en tal movimiento a cambio, como es sabido, de

la promesa de que el primer Gobierno de la República mandaría de inmediato a las Cortes

constituyentes un proyecto de Estatuto de autonomía de Cataluña. La sublevación de Jaca

rompería más tarde la planificación establecida por «el frente único de las fuerzas

republicanas». Mas quedaba patente el propósito, explicitado sin velo ni eufemismo alguno por

Azaña en el mitin republicano de la plaza de toros de Madrid: Los republicanos, todos, unidos

para lo esencial, estamos dispuestos a cumplir con el deber del momento actual, recogiendo el

gobierno del país.» Y lo cierto es que, a partir del «pacto de San Sebastián», la Monarquía se

desmorona. Sin interrupción, callada y tristemente, sin la menor reacción, sin el más leve gesto.

Durante esta su postrera fase, defenderla equivalía a provocar.

El pacto de la Moncloa no tiene nada que ver con el «pacto de El Pardo» ni con el de San

Sebastián. Obvio es decirlo. Sus pretensiones han sido muy distintas. Más modestas y de

menor alcance, pero importantes en todo caso. Por tres razones: porque ha logrado la

responsablllzaclón conjunta, de principio y diferenciada, del Gobierno y de las fuerzas políticas

con representación parlamentaria de cara a la angustiosa crisis económica por la que

atravesamos; porque ha acreditado el sentido común y la responsabilidad de los principales

partidos políticos ante una materia tan concreta como deteriorada; y. sobre todo, porque nos ha

descubierto a todos, comenzando por los propios protagonistas del acuerdo, la posibilidad de

construir con sentido solidario una nueva coherencia en el país. No la coherencia unilateral e

impuesta del autoritarismo, sino la coherencia contractual y consentida de la libertad. No es

poco si el coste político no resulta excesivo.

José Miguel ORTI BORDAS

 

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