Autor: Campmany y Díez de Revenga, Jaime. 
 Escenas parlamentarias. 
 Los viejos fantasmas     
 
 ABC.    24/12/1977.  Página: 9. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ºSÁBADO, 24 DE DICIEMBRE DE 1977. PÁG. 9

ESCENAS PARLAMENTARIAS

Los viejos fantasmas

A la una y cuarto de la larde, el presidente del Congreso, don Fernando Álvarez de Miranda, ha concedido

media hora d« tregua. Digo de tregua, y no de descanco o de respiro. Porque lo que se había desarrollado

hasta entonces en el hemiciclo tenia más de contienda que de diálogo. Un poco más, y uno habría tenido

que decir, como dijo desde esta misma tribuna de Prensa del Congreso don Wenceslao Fernández Flórez,

que escribía, mejor qus como cronista parlamentario, como «corresponsal de guerra».

Los escaños se han quedado desierto». Los palcos de los invitados, también. Soto, en la tribuna de los

periodistas, contemplaba yo aquel hemiciclo vado con cierto desaliento. Por un momento, me pareció

poblado por los fantasmas del pasado, por los viejo* fantasmas de aquellos infelices años 30 que, con el

chirriar de sus discursos enconados y con sus Inclementes acusaciones mutuas, presagiaban el

enfrentamiento * muerte de los españoles.

El señor Roca había comparado el discurso del señor Fraga con los catastrófico» discursos de don José

María GH-Robles. El señor Carrillo habla amenazado con que, si se producto una nueva contienda, los

vencedores ya no serían tos mismos. El señor Fraga lomaba en sus labios las palabras patéticas de don

José Calvo-Sotelo y replicaba que no le Iban a callar tas amenaza y que él tenia anchas las espaldas. El

señor Carrillo cometió la torpeza o la Imprudencia de acusar ai señor Fraga de haber dejado triste

memoria de si a su paso por la responsabilidad del orden público. Y la voz anónima de un espectador

lanzó desde un palco «4 nombre estremecedor de «¡Paracuellos!».

De orador a orador, los muertos eran arrojados sobre unas y otras cabezas como pedradas ensangrentada».

El señor Lela-mendia, de Euskadico Esquerra lanzaba contra \» faz del señor Fraga los nombres de

Vitoria y Montejurra. El señor Fraga recordaba la complacencia del señor Bandrés y del señor

Letamendia con la actuación terrorista de E. T. A. El tumo de alusiones convirtió durante unos minutos al

salón de sesiones del Congreso en la sata de un juzgado de guardia. «Por debajo de los que se visten ahora

la piel del cordero, asoman ya los pies negros y manchados de sangre», decía el señor Fraga en réplica al

señor Carrillo. SI hubiese estado sentada en su escaño, doña Dolores Ibárruri, «la Pasionaria», habría

escuchado ef recordatorio de su famosa amenaza de muerte al señor Calvo-Sotelo.

El Partido Socialista había querido traer al Congreso tos muertos de Malaga y Tenerife para arrojarlos a

debata en medio del hemiciclo. Alianza Popular trajo toe cadáveres de Irún y de Pamplona, loa del

presidente de fa Diputación de Bilbao, señor Unzueta, y el capitán Herguedas. El señor Latamendia trajo

tos muertos de Montejurra y de Vitoria. El espectador anónimo añadió toa miles de muertos da

Paracuellos. La mañana de ayer en el Congreso fu* como un macabro homenaje nuestra más triste

tradición parlamentaria. Palabras sobre la sangre. Elocuencia sobra ta inuerto. Como en la triste ocasión

de Casas Viejea. Como *n tanta* otra* tríate* ocasiones. Los señores diputados no han tenido la

prudencia y la paciencia de esparar loa resultados de la investigación de ta Comisión de encuesta —que ni

fa U. C. D. ni el Gobierno la han rehuido ni estorbado— para pedir, para exigir responsabilidades. Tenían

prisa por echarse los muerto* y las sangres sobre las espaldas y las manos. Exactamente Igual que tos

viejos fantasmas.

El señor ministro del Interior había escuchado toda aquella funeral diatriba con rostro grave y expresión

meditabunda. El señor Fraga le había acusado da deMidad y flaqueza en el ejercicio de la autoridad. Le

había hecho responsable del deterioro galopante del orden público. Socialista* y comunistas le habían

acusado de permitir organizaciones ultra derechistas para policiales, de mantener un concepto del orden

público propio de un régimen autoritaria, de lanzar a ios agentes del orden —gañía* del pueblo— a

defender lo intereses capitalistas. «Si de algo se le pueda acusar al señor Martin Villa, es de que, a veces,

pareo* un discípulo de su señoría», habla venido a decir don Santiago Carrillo al senor Fraga. Y el señor

Martín Villa se levantó a hablar. Lo hizo con voz baja y tono apagado, alejado de la vehemencia y la

oratoria grandilocuente que hablan Intentado algunos señores diputados. «Un ministro del Interior nunca

pueda perder ios nervios y ia serenidad», dijo. No habló como hombre de partido, sino como hombre da

Estado, porque la paz social y la convivencia ciudadana es un objetivo de lodo*. Tuvo la misma pesa y la

misma medida para el terrorismo Manco y para el terrorismo rojo. Informó de la gestión del Gobierno

para aplicar un concepto democrático a la estructura y a la actuación da las fuerzas del orden. Recordó al

triple problema con que debe enfrentarse en esta hora difícil, de transición a la democracia: el terrorismo,

la delincuencia común y las perturbaciones callejeras. Y de la responsabilidad de todos para conseguir la

pacificación social. Pidió ta cooperación da todos para proteger la democracia. Y alto sin responder

directamente a ninguna alusión personal. Puso los ojos y 1a* palabra* en al futuro y nos hizo olvidar

aquel pasado que los demás oradores habían resucitado con su* Intervenciones. Fue al suyo un discurso

para la España de los anos 70, moderado, serano, tranquilo, respetuoso y esperánzador.

Media hora es tiempo breva, paro «flétente para la meditación. Tras la media hora de tregua, los señores

diputado* habían serenado el ánimo. El señor Pérez Llorca y el señor Peces Barba se dieron explicaciones

corteses sobre un equivoco. El señor Carrillo rectificó MIS palabra* anteriores. «Que esa sangre que no*

hamo* recordado no llegue jamás al rio.» Y también: «Nosotros aceptamos ta bandera y la Monarquía

porque sabemos to que • ta Monarquía to debe ta democracia.» Loa viejos fantasmas ascendían por al aire

daf hemiciclo hasta quedar pegado* a ta ota-raboya da cristales policromados. Ojalá hayan encontrado un

resquicio por donde tu* definitivamente da este Parlamento da ta España da ta reconciliación. ¡Ojalá

huyan para siempre hacia su rincón en el desván de la Historia-J. CAMPMANY.

 

< Volver