Autor: Jiménez Asenjo, Enrique. 
   La tercera generalidad y el autonomismo nacional     
 
 Ya.    15/12/1977.  Página: 5,8. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

LA TERCERA GENERALIDAD Y EL AUTONOMISMO NACIONAL

Nuestro colaborador don Enrique Jiménez Asenjo, magistrado del Tribunal Supremo, ha escrito una serie

de tres artículos sobre el tema de las autonomías en general y de la catalana en especial. Ofrecemos hoy el

primero de estos artículos.

ESTOY con Tarradellas cuando en el transcurso de las negociaciones pasadas para la restauración de la

Generalidad catalana declaró que en España no existia conciencia autonómica, salvo en Cataluña, como

lo habían demostrado las pasadas elecciones de junio. Efectivamente; basta recordar el sarampión que

atacó a la propaganda electoral de autonomismo, federalismo y, como un eco moscovita, hasta de

plurinacionalismo. olvidando que en Rusia las nacionalidades, lejos de ser recreadas, fueron "atadas y

bien atadas" al tronco común de la Unión de las Repúblicas Soviéticas. Momentos hubo en la emulación

suicida, que parecía como si fuera a quebrar el territorio nacional en pedamos y hacerse realidad lo que

tanto fustigó Calvo Sotelo: la España una rota en varias Españas rojas.

Felizmente el presagio no pasó de susto, porque el veredicto popular de las urnas, con su mejor sentido, se

inclinó decididamente por las opciones que en cada distrito electoral poseían más clara significación

general y unitaria. Incluso en Cataluña, donde de haber existido mejor conciencia en los dirigentes

electoreros de lo que se jugaba en el trance, lo que ha quedado en escorzo se hubiera definido con mayor

vigor. La realidad confortable es que la paz y la unidad nacional y el prestigio de la corona salieron

fortalecido de la confrontación. El país podía enfilar futuras singladuras con fe y esperanza. ¿No

estaremos en camine de desaprovechar la lección ?

ESTAS dos circunstancias, restauración de la Generalidad y afirmación del sentido unitario nacional, por

concomitantes y hasta aparentemente contradictorias, se ofrecen sugestivas a una común reflexión

política. Vaya por delante el juicio favorable al renacimiento de la Generalidad e incluso al modo en que

se ha producido, en "plenera concordia", como se calificó históricamente la que produjo el "compromiso

de Caspe", y que Cambó, muchos años después, defendió con estilo y empeño no logrado hasta hoy. Con

serenidad, no puede negarse al acontecimiento de histórico, y augurio venturoso para la paz de toda la

nación. Sin embargo, para que esta concordia se afirme y fortifique es preciso que se clarifiquen viejos

prejuicios, que siempre han sido trabas para caminar fraternalmente unidos. La Generalidad de hoy no

sólo difiere de la Generalidad de la República de 1932, sino de la histórica que feneció con Felipe V,

aunque entre ellos exista el sutil nexo de la representatividad del principado como una comunidad

diferenciada en el seno de la común española. La primera de las tres sólo representó la "Junta o Cornisión

Permanente" de las Cortes catalanas para ejecutar sus acuerdos y representarlas en los interregnos. Este

organismo administrativo no desapareció, según se ha divulgado por una desventurada informa. ción

televisiva, como si fuera un trofeo logrado por las tropas francocastellanas vencedoras en un encuentro

bélico con las catalanas. Como si, en efecto, se hubiera tratado de una guerra convencional con Cataluña.

No es éste el caso.

La Generalidad desapareció como consecuencia del episodio desgraciado de la guerra de Sucesión entre

Austrias y Borbones, la primera guerra civil española. Algo de lo que siglos después ibamos a vivir

nosotros otra vez.

Ala muerte del rey don Carlos II el Hechizado, España, la nación entera, quedó a merced de dos

poderosos rivales: el nieto del rey de Francia Luis XIV, que al reinar se llamó Felipe V, y el archiduque

Carlos de Austria, que de triunfar se hubiese titulado Carlos III. Triunfó el nieto del rey francés, y

comienza su reinado reuniendo las Cortes catalanas, que el propio rey presidió. Prat de la Riva dice que

por entonces se pensaba en Cataluña en algo nuevo, y la idea estalló en las Cortes, que concedieron al

Principado el derecho a comerciar directamente con América, como una regalía más de la corona.

El convenio de Hospitalet, con el que se pretendió cancelar la lucha fratricida, no fue acatado por las autoridades de Barcelona, defraudadas en sus esperanzas.

Reunidos conjuntamente los brazos generales en 9 de julio de 1973, acordaron no entregar la ciudad

libremente al rey y se dispusieron a resistir. Cuatro meses después fue elegido "conseller en Cap" Rafael

Casanova, que, en unión de Villarroel como jefe de la milicia de la ciudad, organizaron la resistencia. El

sitio de Barcelona duró once meses largos. En la defensa resultó herido en un muslo el "conseller en Cap"

cuando dirigía una aoclón "enárbolando el estandarte de Santa Eulalia de la ciudad". Moría mucho

después en su casa.

La situación se hacia angustiosa, y como las ayudas no llegaban. la Junta de Gobierno de Barcelona

publicó su pregón el 11 de septiembre de 1714, fecha en que fue asaltada la ciudad, convocando a todos

sus habitantes al último esfuerzo, ya que de no hacerlo "quedarían todos esclavos, con todos los demás

españoles, del dominio francés", "Con todo añadía la Junta, confio en que todos acudirían a dar su

sangre y vida por su rey, su honor, por la patria y la líbertad de toda España." Y Vlllarroel añadía por su

parte, arengando a su hueste: "Por nosotros y por la nación española combatimos."

Aquello terminó, como lo hacen las guerras civiles, en duelo para todos. Dos días después del

rendimiento, el rey, apacíguado el reino, firmaba los nombramientos de la Real Junta de Justicia y

Gobierno, que habla de sustituir a las autoridades políticas del Principado por haber cesado con la entrada

de las tropas del rey en 1a ciudad, la Generalidad y 1a Diputación. En abril de 1618 se había

firmado la paz de Utrecht, en donde las ambiciones internacionales perdieron el pudor y abandonaron

no sólo los intereses de Barcelona, sino de toda España. El rey, sin embargo, concedió luego "a cualquiera

de los habitantes de Cataluña no soto la amnistía Justamente deseada, con la plena posesión de sus bienes

y honores, sino que les da y concede también todos los privilegios que.poseyeran todos los habitantes de

las dos Castillas, etcétera". En aquel desventurado episodio dinástico se perdieron los Países Bajos,

Nápoles, Cerdeña, los presidios de Toscana y el Milanesado, que obtendría el emperador; la Güeldrés

española, el Elector de Brandeburgo y la Casa de Saboya obtendría Sicilia, e Inglaterra se quedaba con

la presa de Gibraltar y Menorca. Un festín de tigres a costa de un país maltrecho. Asi acaba la primera

guerra civil española, que podría haber sido ejemplo para el futuro. ¡Pero no lo ha sido!

DESPUÉS, entre las fechas tristes, el catalanismo escogió la más significativa, la más "malastruga"

(desgraciada), la de la caída de Barcelona, el año 1714. No podía ser una conmemoración de exaltación

de victoria. No podía ser sino una conmemoración de vencidos , a los que no ha abandonado

completamente la esperanza, ha escrito:Estelrich, con un sentimiento pesimista de duelo, que en verdad

no se corresponde con la realidad. "Pero la historia sigue diciendo el humanista catalán, para ser útil,

ha de ser interpretada. Por ello se fabrica el símbolo, porque la historia sólo es vital en tanto símbolo." Y

esto es lo que ha ocurrido con la fecha del 14 de septiembre de 1714. Evidentemente, sin fortuna; porque

de haber sido un día de "germanor", ha .resultado lo contrarío. Tenemos la obligación de que lo sea.

E. JIMÉNEZ ASENSO

 

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