Autor: Vega García, Pedro de. 
   ¿Democracia sin pueblo?     
 
 Diario 16.    26/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

¿Democracia sin pueblo?

Pedro de Vega García (Catedrático de la Universidad de Salamanca)

La salida a la luz pública del Proyecto de Constitución ha servicio para poner de manifiesto, una vez mas,

el cumulo de falacias, contradicciones y ambigüedades que están llenando nuestro proceso

democratizador. Si resultó en su día anómalo y extraño que, contraviniendo uno de los principios más

elementales de la vida política democrática, se constituyera una ponencia secreta, encargada de redactar el

proyecto de Constitución, resulta ahora insólito y preocupante que fuerzas y partidos que dicen llamarse

democráticos, en lugar de felicitar a la prensa por sus buenos oficios, hayan mostrado su disconformidad

porque el pala conozca las normas que ven a regir su futuro sistema de convivencia. De esta suerte, lo que

debería haberse considerado como un feliz incidente que subsanaba un lamentable error, para lo que ha

servido, y las pruebas no pueden ser más evidentes, es para dejar muy en claro que lo que se pretende

fabricar en España es una forma singular de democracia sin publicidad, sin pueblo y sin critica,

Desde el Senado romano a los Parlamentos más modernos, las Asambleas verdaderamente democráticas

se configuraron siempre como órganos deliberantes que, a través de la discusión y la confrontación

publica, otorgaban a la acción política la máxima racionalidad y transparencia. Un Parlamento donde no

se discute y no se dan razones, y donde lo único que se impone es la fuerza del número que otorgan los

votos, es un Parlamento que. aparte de negar los derechos de las minorías, termina por subvertlr los

supuestos en que descansa toda la concepción política de la democracia moderna. Y el hecho es tanto más

grave cuanto que lo que en él tiene que discutirse es una Constitución.

Hurto al pueblo

Con una inconsciencia sin precedentes se esta olvidando que una Constitución, además de ser

técnicamente precisa y rigurosa en sus formulaciones, tiene que ser politicamente aceptada y respetada

por todos. Así las cosas, se necesitan excepcionales dosis de optimismo y confianza para pensar que

nuestra futura Constitución vaya, a despertar entusiasmos profundos cuando, en lugar de someterla desde

el comienzo a público debate, para avivar la conciencia nacional en torno e ella, se empieza hurtando su

conocimiento al pueblo, convirtiéndola en obra solitaria y secreta de una egregia minoria, Podrá la

Historia felicitar a nuestros constituyentes por su sabiduría jurídica (ojalá fuera aeí) y su prudencia

política, pero malamente podrá encomiar su empeño por crear eso qne los alemanes llaman sentimiento

constitucional (Verfassungsgefuhl) y que, a la postre, es la pieza medular e imprescindible para que el

régimen democrático funcione.

Aunque parezca penoso y paradójico ya va siendo hora de tener que recordar publicamente que, según la

famosa proclama de Lincoln, la democracia es "el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo". Y

cuando se habla de que la Constitución debe ser consensual, esto es, aceptada y suscrita por todos, lo que

se quiere indicar no es que se trate de un documento que suscriben y respeten los partidos, sino de un

documento que suscribe, respeta y defiende el pueblo.

Resultaría éticamente desdeñable, y políticamente injusto e improcedente, declarar ahora la guerra a los

partidos políticos. De todos es sabido el comportamiento maniqueo de quienes, no atreviéndose a

proclamar frontalmente su actitud antidemocrática, apelan a los dicterios y a la sistemática denuncia

contra los partidos políticos. Al constituir los partidos un mecanismo indispensable para que la

democracia funcione, las acusaciones contra ellos se convierten de esta forma en acusaciones contra la

democracia.

Democracia sin salida

Sin embargo, lo que los partidos no pueden ni deben nunca ignorar es que su misión reside en canalizar

los deseos y la voluntad popular y no, precisamente, en sustituirla. Cuando esto ocurre, es cuando aparece

el fenómeno partitocratico, caballo de batalla y problema capital de las democracias europeas, y que, por

lo que está sucediendo hasta ahora en España, puede adquirir entre nosotros dimensiones aterradoras.

Dignase lo que se quiera, lo cierto es que los representantes del pueblo que actúan desde la conjura del

silencio y desde la pequeña conspiración de los arreglos de pasillo, más que representar la voluntad

popular, lo que hacen en realidad en tenerla secuestrada.

Aún es tiempo de adquirir conciencia de que una democracia sin publicidad, sin pueblo y sin críticas, es

una democracia históricamente sin salida. Nadie puede poner en duda que la particular circunstancia

española ha obligado a las fuerzas democráticas a tener que forzar su Imagen de fuerzas pacificadoras en

el orden ideológico y social. Después de cuarenta años de presentar a la democracia como el mundo del

caos, de la injuria y del insulto permanentes, se hacia necesario demostrar exactamente lo contrario. Ha

sido este caso el más encomiable y noble mérito de nuestros partidos políticos. Sin embargo, nadie puede

ignorar tampoco que esta actitud de serenidad y comprensión ha servido también para ocultar una efectiva

capacidad para la critica. La ausencia de vida parlamentaria que atrajera los entusiasmos de la nación, se

ha visto correspondida socialmente por la ausencia de una conciencia nacional vigilante y preocupada por

el significado del momento que estamos atravesando.

Falta de ideas

Se ha acusado a la prensa de vapulear injustamente a los personajes públicos y a la élite política. Pero,

¿qué noticias, qué temas, qué problemas han sido capaces de presentar nuestros políticos a los medios de

comunicación, con íuerza bastante para atraer la atención nacional? Probablemente, si nuestra clase

dirigente hubiera sabido suministrar las ideas que el país está reclamando, la critica de los nombres y de

los hombres, siempre lamentable, se hubiera visto sustituida por la critica de los programas y de las ideas.

Lo que resulta absurdo e incongruente es montar, frente al protagonismo de los programas y de las ideas,

el protagonismo de los hombres y de los partidos, y protestar luego porque, unos y otros, se tomen corno

objeto de atención y comentario.

Pretender condenar al silencio a ¡a opinión pública, además de ser democráticamente inadmisible, acaba

íiendo a la larga politicamente suicida, Asistimos actualmente en España El curioso espectáculo de que en

nombre de los principios democráticos, órganos de opinión y personas de tradición y vocación claramente

antidemocrática están ejerciendo una crítica que los demócratas no se atreven o no saben hacer. No deja

de ser chocante, por ejemplo, que preclaros defensores de las Cortes Orgánicas se rasguen ahora las

vestiduras porque los pactos de la Moncloa se hayan llevado a efecto al margen del Parlamento. Y lo

malo del caso estriba, no en el hecho de que puedan tener razón, Bino en que impunemente han pasado a

cumplir la ¡´unción que los demócratas verdaderos se están resistiendo a desempeñar.

Consciente o inconscientemente, estamos colaborando todos a la creación de una democracia a la

española, que, como la experiencia histórica nos demuestra. ha sido siempre limitada en el tiempo y

precaria en sus realizaciones. Acaso sea todavía la ocasión para rectificar y cambiar el rumbo de los

acontecimientos. Muchos han sido los errores cometidos desde el 15 de junio en el proceso constituyente.

Con todo, lo peor no es que esos errores ee hayan cometido. Lo verdaderamente penoso y lamentable

sería que se siguieran cometiendo.

 

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