Dos años de democracia     
 
 Ya.    20/11/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

DOS AÑOS DE DEMOCRACIA

Al cumplirse dos años de la fecha en que la muerte de Francisco Franco cerró una época y se

abrió otra, en la que estamos, nos preguntamos por el camino recorrido desde entonces.

A los nostálgicos del pasado debemos recordarles que un país no puede vivir

permanentemente de espaldas a su realidad, y la realidad de España (guste o no guste, pero

las cosas no dejan de ser lo que son porque se cierren los ojos para no verlas) es exactamente

la que tenemos delante de los ojos: una sociedad plural, que podrá conseguir o no armonizar

sus pluralismos, pero que, desde luego, no podrá mantenerse sobre la base de que una mitad

cualquiera sofoque la libre manifestación de la otra mitad.

La transición política: un éxito

El paso desde el régimen anterior al nuevo era difícilísimo, y se explica el asombro que ha

producido de fronteras afuera; es algo por lo que muy pocos habrían apostado hace dos años.

Es justicia estricta destacar como artífice principal de la transición al Rey, cuya dimensión política

no ha hecho sino crecer durante, este tiempo. Noes sólo que don Juan Carlos haya hecho

posible la democracia, sino que, en este momento, democracia y Monarquía pueden

considerarse prácticamente inseparables, y sería una grave irresponsabilidad histórica, si se

quiere de veras la primera, prescindir de la segunda.

Es igualmente justo mencionar después al presidente del Gobierno, don Adolfo Suárez, y le

citamos con nombre y apellido porque entre él, como factor de convergencia de los votos que le

confirmaron en el poder el 15 de junio, y lo que en esos millones de votos había de incoación

de un gran partido político, está precisamente uno de los grandes vacíos de la situación actual:

el partido político gubernamental, con una ideología precisa, cuadros dirigentes preparados y

una organización que el día de mañana le permita vivir por sí mismo.

Crisis económica: la mayor amenaza

HASTA aquí, el saldo positivo, evidentemente brillante, de estos dos años: un saldo sobre el

cual se proyecta, amenazante, la sombra de una crisis económica que, si no se remedia, puede

dar al traste con el país y, naturalmente, con la esperanza de una sociedad democrática

estable. El llamado pacto de la Moncloa es la respuesta que han dado a la crisis

económica los partidos protagonizas de la transición política. ¿Qué perspectivas hay de que

el famoso pacto no se convierta en papel mojado?

Nada nos agradaría, tanto como poder agregar al saldo positivo la existencia de una oposición

responsable, cuya necesidad hemos defendido desde el primer momento, y no de manera

abstracta, sino encarnada en un partido, el socialista, que nos parecía llamado a ser el

interlocutor natural del partido gobernante y el principal agente de la indispensable

colaboración de las masas al pacto citado. La decepcionante realidad es que el PSOE ha

estado muy por debajo de sus responsabilidades; que en amplios sectores del mismo, e incluso

de sus dirigentes, se manifiesta una radicalización tan anacrónica como peligrosa, y que el

partido, en su conjunto, cabecea entre la colaboración y la tentación de pricipitar un relevo en el

Poder, cuyas consecuencias, vista su obvia falta de preparición, podrían ser catastróficas,

Por de pronto, se ha disipado la esperanza de que el socialismo fuese cap e» i da encauzar al

mundo laboral, en el que tolo una mínima parte de los trabajadores están afiliados a los

sindicatos marxistas, los cuales carecen de fuerza y probablemente de voluntad para oponerse

a la demagogia que desde la extrema izquierda solicita y frecuentemente arrastra a las masas.

También se toca ahí la consecuencia del abandono del campo sindical por parte de la UCD,

que seguramente confió más de lo que era prudente en las posibilidades de su dudosa

"colaborador" socialista.

Una necesidad: gobernar

PLANTEADAS las cosas como quedan expuestas, al Gobierno no le queda más que un

camino: ponerse a gobernar, con el débil respaldo que suponen los acuerdos de la Moncloa,

pero apoyándose principalmente en sus propias fuerzas, que no son pocas, y consciente de

que la etapa de las transigencias y habilidades políticas ha pasado, y el país, en la esfera

económica, pero también en las demás, en todos los sectores y a todos los niveles, sólo pide

una cosa: autoridad. Pero, en segundo lugar, el Gobierno debe decidirse a aparecer como lo

que realmente es: Gobierno de partido. Vamos a explicarnos las circunstancias de la transición

pudieron tal vez aconsejar un Gobierno de conentracíón, el qual habría debido limitar su

actuación al denominador común de las fuerzas políticas integrantes. Esa fórmula fue

desechada. Por c o n siguiente, el Gobierno ha sido y va a seguir siendo Gobierno de un

partido: la UCD. Pero ocurre que, paradójicamente, la UCD ha sido la sacrificada a una política

suprapartidista que podía justificarse mientras se trató solamente de levantar el edificio de la

democracia, pero que, si se mantiene una vez que el edificio está construido, únicamente

puede servir para que se introduzcan en él los que, menos escrupulosos, sólo pretenden hacer

la política de su partido. Con lo cual podría suceder que, cuando los que han levantado el

edificio quieran entrar en él, no tengan sitio.

¿No será ésta la posible consecuencia de la notoria infiltración marxista en los medios de

comunicación oficiales que el Gobierno, llevado de un prurito democratizador tan noble como

ingenuo, está desalojando no tanto para dar paso a la pluralidad de opciones, que era, sin

duda, su propósito, como para abrírselo a una politización demasiado patente para que

tengamos necesidad de dar ejemplos?

¿Sucedería lo expuesto si se hubiese creado ei gran partido que los electores del 15 de junio

tenían derecho a esperar, puesto que ellos le habían dado lo más importante: masas? Hay

síntomas da que el señor Suárez se ha dado, al fin, cuenta del problema y está volcando hacia

él parte de las energías que, hasta el momento, había consagrado íntegramente a otras

atenciones. Nos alegraría que esto signifique un principio de solución del problema.

Somos conscientes de que no hemos tocado muchas cuestiones fundamentales, pero creemos

que las grandes lineas del cuadro quedan trazadas con fidelidad: una transición política

ejemplar; una institución acreditada: la Monarquía; las dos figurai del Rey y el presidente del

Gobierno; una oposición que no acaba de cuajar como la alternativa responsable de poder

que hace falta, y un panorama henchido de sombríos interrogantes, pero cuya solución no

triene por qué ser imposible si la han tenido los graves problemas de los dos años últimos. Basta

con que los de ahora sean percibidos como son y se actúe en consecuencia.

 

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