Autor: García Escudero, José María (NEMO). 
   La gran huelga nacional     
 
 Ya.    20/11/1977.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

BUSTOS POLÍTICOS

la gran huelga nacional

SE dijeron de todo. Lo que no de palabra, con la mirada y hasta con la forzada, estereotipada sonrisa.

Se replicaban, se contrradecían, se impacientaban, se quitaban los argumentos de la boca... Con más

culpa del socialista, todo hay gue decirlo. Los telespectadores que acogieron con desmayo el anuncio del

diálogo se reanimaron ante el regalo inesperado. Yo también. Pero por debajo de la diversión rondaba la

pregunta: ¿Y "esto" es el poder sindical?

Lo grave es que la base humana de ese poder existe, y que mientras el socialista Nicolás Redondo y el

comunista Marcelino Camacho, portavoces de las centrales sindicales más importantes del país, se

tiraban del moño -es un decir- y exhibían públicamente sus trapos sucios, dejando casi inéditos sobre

la mesa los grandes temas, otros portavoces, a cuyo lado los dialogantes de la televisión resultan hasta

responsables, mantenían sobre las cabezas de 36 millones de españoles la espada de Damocles de esa

huelga de aeropuertos irracional, exorbitada, alevosa, brutal, incoherente, desalmada (ni un solo adjetivo

es mío), que ha hecho olvidar sus posibles razones iniciales y ha realizado el milagro de provocar la más

general repulsa que conoce la historia de nuestra flamante democracia.

¿ESPADA de Damocles? Por emplear un símil menos clásico y más aeronáutico, ¿no corresponde

esa huelga a la imagen del terrorista que amenaza con volar el avión, a sus rehenes y a él mismo si no se

accede a sus exigencias? El avión es el país los rehenes somos los 36 millones que lo poblamos y el

terrorista es... ¡Qué espectáculo habrían sido los nueve dirigentes de la huelga en la pequeña pantalla!

Habría valido la pena para que las regiones a las que la huelga va a hundir, los centenares de miles de

personas perjudicadas y los que deberemos pagar los miles de millones de pesetas perdidos, es decir,

todos los «españoles, sepamos a quién se lo debemos.

Y lo peor no es ni siquiera esa huelga, ni otras no comparables en magnitud con ella, pero de igual

naturaleza, sino lo que entre unas y otras están produciendo: la gran huelga nacional de cada día, el

desánimo general, la desmoralización de todos, la sensación común de que trabajar no vale la pena y, en

consecuencia, el hurtar el esfuerzo si se puede, y poner el dinero a buen recaudo si se tiene, o gustarlo en

lo que sea, con tal que sea de prisa: echar la casa por la ventana, porque, como podía decir Juan Español

parafraseando la coplilla de una jota.

"Si el mundo s´hunde, que s´hunda mientras yo siga p´alante."

Aunque lo cierta es que si tu mundo "s´hunde", españolito, tú te hundirás con él. Y mientras, los señores

diputados y senadores recordando románticamente su resistencia al franquismo. Y los que pusieron todas

sus esperanzas en la democracia con un rictus de amargura y el ¡no es esto! que hace medio siglo selló

una gran frustración política.

Pero ¿saben los españoles que es la democracia? Democracia s convivencia, y precisamente los

que hablan más de democracia no hablan de convivencia, sino de

revancha; ni pretenden tanto superar la guerra civil como volverla a escribir, para que la ganen los que

la perdieron. Democracia es responsabilidad, y aquí el que hable de esto se expone a que le llamen

fascista. Democracia es solidaridad y sacrificio, y que la ley sea para todos, y aquí cada cual quiere tener

su propia ley. Y el país es como un "yo, y sólo yo" en todas las bocas y una colosal mano tendida,

pidiendo, apremiando, que cada vez con más frecuencia se cierra exigiendo, amenazando.

Pidiendo, apremiando, exigiendo, amenazando a una nación progresivamente empobrecida que cada día

tiene menos que dar.

¿Digo el país? Acaba de escribir Ricardo de la Cierva que la democaracia necesita tres cosas:

Constitución, participación y espíritu de convivencia. Las tres existen hoy; la última, también, y sólo

impide verlo la locura de unas minorías que infectan al conjunto, como la manzana podrida estropea a

las demás. Pues para esos casos está el Gobierno. Que debe ser el Gobierno de todos, pero que no puede

ser tan de todos que deje de ser Gobierno.

Para salvar la democracia, los romanos inventaron su institución de la dictadura, pero a su costa

aprendieron los romanos y hemos aprendido muchos después que las dictaduras (¡y ojo!, que las hay

unipersonales y colectivas, militares y políticas, revolucionarias y reaccionarias, de, derechas y de

izquierdas, declaradas y tácitas; pero todas son dictaduras) llegan más fácilmente que se van. También

sabemos que nunca aparecen sino como el último remedio, aunque tantas veces él remedio sea peor que

la enjermedud; no caen llovidas del cielo, porque sí, sino atraídas por el vacío de autoridad.

NEMO

 

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