Autor: Romero, Emilio (FOUCHÉ). 
   ¡Qué país!     
 
 El Imparcial.    18/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

¡Qué país!.

HAY una forma de corrupción que no es condenable, pero no es aceptable, y es la falta de

delicadeza, o de elegancia por parte del hombre público. Este país nuestro ha perdido los

estribos desde hace mucho tiempo; se ha acostumbrado a la corrupción, a la defensa de su

interés por cualquier medio, y no tiene el menor reparo de cometer actos poco delicados.

Empezamos a tener una moral sin exigencias, que siempre acaba en una moral de estercolero.

Todos los políticos saben y este es el caso de hoy que la Televisión es la moderna palanca

al servicio de quien la tenga en sus manos. Fue un espectáculo deprimente haber llevado un

día a la dirección general de la Televisión Española, a Rafael Ansón, que no era otra cosa que

un «relaciones públicas», y que fue puesto allí para hacer el servicio a un presidente de

Gobierno su viejo amigo, compañero y cofrade en la angustiosa refriega de salvar su

permanencia en la convocatoria electoral. Y como era natural, la gestión de la Televisión

referida al público la programación y otras cosas fue un desastre.

Los parlamentarios iniciaron un movimiento para estar garantizados por lo menos en las

áreas políticas e informativas de igualdad de condiciones. Hay que anotar que tenemos dos o

tres elecciones por delante y desde la televisión se hacen los mitos, o los rostros, o las

figuras.. Cesó An son, ante la justa presión de los políticos, y se designó a un hombre honesto,

diplomático, probablemente no experimentado en Televisión, pero con una cultura respetable:

Femando Arias Salgado. El asunto tendría que resolverse mediante la designación de un

Consejo Rector. Los puestos de este Consejo son treinta y seis. Parecía natural que estuviera

constituido con arreglo al pronunciamiento político en votos o en escaños del 15 de junio. La

solución sin embargo ha sido escandalosa: veinticinco miembros han sido designados por

el Gobierno, con lo cual la representación parlamentaria es una broma. Para llegar a esa cifre,

ha tenido que designar dieciocho digitales, que lógicamente ha buscado con la lupa de la

confianza y de la adhesión; y los otros siete hasta los veinticinco que digo son el resultado

de buscar su proporcionalidad en las Cortes.

Esto no es una corrupción, ciertamente, sino una grave falta de consideración al Parlamento.

Pero todavía hay más: había que elegir un presidente, que es pieza clave para las decisiones

en ese trio resolutivo compuesto por el presidente del Consejo Rector director general

Gobierno. ¿Y a quién se ha nombrado presidente? Pues a un parlamentario de Avila

provincia natal del presidente del Gobierno y miembro de su partido. ¿Puede hacerse esto?

Claro que puede hacerse. Ya se ha hecho. Pero esto no es bonito, ni elegante, ni delicado:

Esto es una de esas cosas mal vistas por los demás, y que se vienen haciendo en la política

española de una manera corriente, natural, y que nadie protesta por ello. Los mismos

parlamentarios de los otros partidos se lo han tragado; y todo termina en la maledicencia o en

el comentario de la tertulia. La Televisión, por ello, estará como estaba, y se habrá creado un

aparato democrático falso. Luego daré a la publicidad ese Consejo Rector, sus celosas

investigaciones en materia de cuentas, sus felices sugerencias en asuntos de programas; sus

patrocinios a estos y aquellos, o sus ostracismos a los otros. Pero la política, el arma decisiva

para intimidar, o para sorprender al país, y para fabricar lo que se quiera figuras o ideas

seguirá en las manos de quien estaba. Y los revolucionarios comunistas y socialistas se

callarán. Como se están callando todo, o casi todo.

Cuesta trabajo aceptar todo esto. Por eso lo que únicamente me corresponde a mí ya que no

me afecta otra cosa es señalar esta sutil forma de corrupción legal, que se llama

indelicadeza. Este escaso servicio a la pureza de los modos gubernamentales, personales y

politicos.

EMILIO ROMERO

 

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