Base económica para la democracia     
 
 ABC.    09/08/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

BASE ECONÓMICA PARA LA DEMOCRACIA

Más que la exposición de un programa económico completo, la información pública del vicepresidente

Fuentes Quintana ha sido, según palabras iniciales de su muy claro discurso, un anticipo, «una primera

entrega», de lo que va a ser la política económica del Gobierno, tal y como el Gobierno del presidente

Suárez la proyecta, y a salvo, desde luego, de las variaciones sobre el tema que puedan introducir las

Cortes, en cuanto de las votaciones del poder legislativo dependa.

Sin embargo, ni la limitación del contenido, ni el condicionamiento de la división de poderes, a la que

acabamos de aludir, ni siquiera el carácter provisional de las medidas en algunos aspectos, disminuyen, de

modo apreciable, la enorme importancia de la información ofrecida al país.

El comunicado del señor Fuentes Quintana esboza las líneas maestras de un programa —como decíamos

en anterior comentario— para sanear la economía española. Pero significa, evidentemente, algo más que

esto. Es también, y sobre todo, un esquema de programa o un plan de urgencia para proporcionarle a la

democracia, todavía no consolidada, aún inerme, la base económica que le es imprescindible para su

firme asentamiento y su limpio ejercicio.

Consumadas las elecciones del 15 de junio, formado el primer Gobierno con auténtica base democrática e

iniciados sus primeros pasos, cayó sobre algunos sectores del país, muy amplios por su cuantía

representativa, muy decisivos por su aportación a la actividad económica, una densa sombra de

desaliento. El Gobierno, pese a la autenticidad del respaldo democrático que le dio una mayoría de votos

—apurada, pero mayoría—, parecía lanzado a la realización de una política económica con más rasgos de

la política económica de la oposición que principios de la suya propia. Así, al menos, se deducía de una

aparente demasía en las consultas al partido más fuerte de la oposición —al P. S. O. E.—, y de ciertas, tan

incongruentes como sonadas afirmaciones de algunos ministros. El termómetro de la Bolsa acusó —

¿quién lo duda?— esta confusa incertidumbre; este demagógico desequilibrio.

El anticipo del programa económico, hecho con serena autoridad por el vicepresidente Fuentes Quintana,

ha cancelado incertidumbres, ha borrado confusiones, y ha contribuido, en gran parte, a restaurar la

confianza en soluciones económicas válidas para todos. No sólo válidas para una parte de la comunidad,

porque no serían así democráticas, aunque a esta parte se le suela atribuir, en exclusiva, lo social con

notoria parcialidad.

Las medidas económicas de ¡a parte del programa iniciado como plan de urgencia son correctas,

acertadas. Y si obtienen el respaldo social que merecen probarán su eficacia. Aquellos matices en los que

pudiera centrarse la crítica con más fundamento —algunos en los que se perciben huecos por donde

continuará el flujo de la inflación— deben seguramente ser orillados en consideración a la

excepcionalidad de las circunstancias políticas. En cambio, han sido afirmadas con suficiente claridad y

con consciente compromiso muy fundamentales proposiciones en favor de la economía de mercado, de la

libre iniciativa privada, de la autoridad del empresario y de su insustituible papel, de la necesaria

moderación salarial y de la adecuada retribución del ahorro.

La balanza adopta, así, una posición mucho más próxima a su punto de equilibrio. Y así, y con el esfuerzo

y el trabajo y el sacrificio de todos, sin excepciones privilegiadas de ninguno, será posible comenzar a

superar la crisis económica que pone en peligro la subsistencia misma de la democracia liberal en España.

De la democracia que desea el pueblo y que desea y ampara la Corona. Por mucha sal social que se eche

al tema, si hemos terminado, con general consenso, una dictadura, no ha sido para desembocar en otra.

 

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