Autor: Fernández Armesto, Felipe (AUGUSTO ASSÍA). 
   En la democracia, el nombre de la unidad no debe tomarse en vano     
 
 Ya.    08/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

CARTA ABIERTA DE AUGUSTO ASSIA

En la democracia, el nombre de la unidad no debe tomarse en vano

Querido director:

A pocas cosas somos aquí más adeptos que a coger grandes palabras y zarandearlas o ensalzarlas con el

entusiasmo y la convicción indispensable hasta dejarlas convertidas en zorros.

Unas veces puede ser la palabra gloria, o la palabra honor, otras, puede ser grandeza, pueda ser libertad,

puere ser imperio; da igual. Nuestra afición nacional consiste en hacer de las grandes palabras grandes

farsas, cuando no grandes tragedias. ¿Qué es lo que nos proponemos hacer ahora y en qué acabará lo que

nos proponemos hacer con la palabra "unidad"? ¿acabara en tragedía o en farsa o sencillamente, y en el

mejor caso, a lo que estará destinada es a encresparse en una sede de trifulcas como aquella por la que

acabamos de pasar en Málaga?

Ni que decir tiene, querido director, que aunque el último por un lado como por el otro lado, el de la

huelga, el de la unidad, es uno de los recursos de la dialéctica democrática. Inglaterra prescindió de la

dinámica parlamentarla y recurría a la unidad el día que se vio confrontada con Hitler; recurrió la

República Federal Alemana cuando Rusia amenazó Berlín con la muralla; acudió Francia a la unidad el

día que se vio obligada a recoger el reto de Argelia adelantando a De Gaulle sobre la escena.

Aun en tan señaladas ocasiones, la unidad establecida por Francia, Alemania o Inglaterra ha sido

selectiva y circunscrita a fuerzas afines, de las que estaban excluidas no sólo las ácratas, las disolventes,

las revolucionarias, sino las comunistas y hasta las socialistas marxistas.

LA MANIFESTACIÓN, POCA UNIDAD

Siendo españoles, no nos vamos aquí a andar por las ramas y, si establecemos la unidad para algo que

necesita poco de la unidad como una manifestación, unjamos en ellas no sólo a los afines sino a los

contrarios, lanzándonos tan campantes, unos del brazo de los otros, por esas calles, centristas,

cristianodemócratas, aliancistas, liberales, conservadores y socialistas, comunistas, separatistas o

anarquistas, en una amalgama de la que, al parecer, el único adversario eon las fuerzas armadas y las

autoridades.

¿Es en efecto una unidad contra las autoridades y contra las fuerzas armadas aquella para la que

reclamamos aquí el foro de la calle, señor director, y en la que quieren fundirse cristianos y marxistas,

tirios y troyanos, propietarios y desvalidos? ¿O el único adversario de nuestra unidad digno de que nos

levantemos contra él va a ser, además de las autoridades y las fuerzas aliadas, la bandera nacional? ¿Va

a ser la bandera nacional el objetivo contra el que se una la nueva democracia españóla, como la vieja

inglesa se unió contra los nazis, contra los soviets la alemana, contra la amenaza de la rebelión colonial

la francesa? Yo ya se lo advertí a usted hace algún tiempo.

Lo que ha pasado en Málaga no me cogió para nada por sorpresa, y lo que me tiene ahora mismo dándole

gracias a Dios, mientras contemplo en la televisión los escombros malagueños, es que no haya pasado lo

mismo en La Coruña o en Vigo. "Excepto por la misericordia de Dios, ahí voy yo." El sentimiento del

poeta ingles es mi sentimiento si miro hacia las hermosas calles, los atrayentes escaparates, los verdes

parques de las dos ciudades gallegas, salvadas de la ruina, que, en nombre de una unidad espúrea y

ociosa, además de falaz, ha hecho pacto de las malagueñas.

A ver si aquí aprendemos por fin, señor director, que en la democracia el nombre de la unidad no debe,

como el del Señor, ser invocado en vano. Son las dictaduras las que necesitan de la unidad ficticia. De lo

que la democracia se nutre es de las discrepancias razonablemente expuestas y sostenidas.

Aquí hay que entenderse con los comunistas, si ellos quieren entenderse con nosotros, pero no a base de

marchar con ellos del brazo por las calles, fingiendo una unidad que ni existe ni conviene que exista, sino

discutiendo en el Parlamento, en la tribuna, nuestras discrepancias, y también nuestras coincidencias;

pero, sobre todo, nuestras discrepancias, que son, desde un prisma democrático, lo importante y lo que a

cada uno nos interesa saber del otro.

Una unidad ficticia e hipócrita entre diputados del centro, pongo por ejemplo, y diputados comunistas,

inspirada sólo en los del centro por el miedo a que les llamen franquistas, y en los comunistas, por el

miedo a la reacción de las fuerzas armadas, no parece fácil que pueda acabar formando aquí la base

moral que la democracia necesita, y esto para hablar sólo de los comunistas del eurocomunismo, cuanto

más de los separatistas o disolventes, que sólo aguardan la ocasión propicia para cometerlos a su terror.

Una democracia no tiene que avergonzarse, como parece que se avergüenza la nuestra, de sus

discrepancias, sino que lo que tiene que hacer es saber usarlas, querido director. Yo, como gallego, para

ser galleguista y autonomista no necesito estar convencido de que, según parecen creer algunos de mis

paisanos recién convertidos a las dos cosas, todos los gallegos son ahora unánimemente autonomistas y

galleguistas, como todos los alemanes eran nacionalsocialistas, como todos los italianos fascistas, como

todos los rusos estalinistas o todos los españoles franquistas..

Ya dijo Shakespeare que en lo que discrepas es en lo que te muestras. No dijo que en lo que coincides es

en lo que te superas.

De usted, amigo y servidor,

Augusto ASSIA

 

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