Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   La función y el objetivo     
 
 Hoja del Lunes.    12/12/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 4. 

LAS CONSTITUYENTES

LA FUNCIÓN Y EL OBJETIVO

REPASO, para hacer mi comentario teatral de "Blanco y Negro", algunas obras de Alfonso Sastre, que ha

estrenado en Madrid "La sangre y la ceniza", en la gue tuestan a Miguel Servet. En "La cornada" hay un

personaje que finalmente dice estas palabras: "Si sé, por lo que he visto ya, que hay unos en esta vida que

viven con la desgracia de los otros; que se aprovechan, para vivir, de todo lo que está en peligro, de lo

que se muere, de todas las cosas pobres que se consumen poco a poco... Eso también es una historia

española, ¿verdad? Echar a pelear a la gente y ver los toros desde la barrera y guardarse el dinero de los

muertos." De esa frase no extráigo nada, aunque piense en Málaga; es sólo que viene a hacer concreto

mi

desconsuelo. Porque yo siento un gran desconsuelo al ver cómo semana tras semana van confirmándose

mis sospechas, que por más que me esfuerzo nunca terminan en calumnia. Siempre, al cabo de los días,

mis disparates aparecen como silogismos. Aquí, más que en ningún otro sitio, los bufones son profetas.

No quisiera que mis palabras viniesen a enturbiar todavía más las próximas fiestas, que, por otra parte,

interrumpirán las constituyentes mucho más de lo que estn interrumpidas. En realidad tendrían que

suspenderse, porque la jerarquía ha establecido ya su canal de mando, que va de arriba abajo, quizá

porque de las urnas sale, efectivamente, la voluntad nacional, pero no la inteligencia nacional. Ha sido

consumada la obra de los juegos reunidos Ucedé, y aunque hay leves disensiones, que dan una apariencia

de agradable dramatismo al emplasto, la mayoría equívoca ha pasado a ser unívoca. Esto ha ocurrido por

la misma fuerta de las cosas, ya que los grupos fusionados eran ficciones. Sus diferencias eran de forma

y sus semejanzas de fondo, y, sobre todo, contaban con un poderoso centro de unidad, que ahora queda

reforzado: su concepción socioeconómica. Que pueda expedirse un decreto, por decirlo así, de

unificación, un verdadero mandato para alinearse en el término de ocho días, y se cumpla, indica bien a

las claras el rango y la seriedad de esos partidilios. ¿Qué podemos esperar de su democracia hacia afuera

si tienen esa idea de la democracia hacia adentro? Por un simple oficio de apremio esos partidillos

tumbones y fingidos han venido a convertirse en el escabel del señor Suárez, en su clientela. Ya tenemos

una mayoría sin fisuras, tanto parlamentaria como administrativa y técnica, y en este punto recuerdo

aquello de Benjamín Constant referente a que el mayor abuso del poder acaso provenga de la mayoría

parlamentaria, más que del Gobierno. Lo recuerdo porque ahora, en el Gobierno, hay más fisuras y más

o menos disimuladas disensiones que en la mayoría del Parlamento. Una mayoría parlamentaria tiende

mecánicamente, podríamos decir, hacia la inconstitucionalidad, porque una supuesta inconstitucionalidad

de la mayoría es, a la postre, constitucional, a no ser que haya un poder especial protector, un poder que

esté por encima del Gobierno y de las mayorías, y que, descartado el poder judicial, que sólo actúa

cuando hay queja de parte, tendría que ser un árgano especial Pero los "órganos especiales" siempre

terminan pareciéndose a los de Carl Schmitt, y ése es el camino del fascismo. Si esto puede ocurrir

cuando hay Constitución, figúrense lo que será cuando no la hay. La inconstitucionalidad de la mayoría,

cuando no hay Constitución, es mucho menos inconstitucionalidad que en cualesquiera otras ocasiones.

La impunidad es absoluta. Se trata de una mayoría impune.

LOS partidos de la izquierda deberían de tener muy en cuenta estos razonamientos, porque podría ocurrir

que un día se encuentren con que son mayoría y el esquema de mayoría dentro del qual tengan que

moverse esté viciado hasta los huesos y así vengan, irónicamente, a dar la razón a Donoso Cortés cuando

decía aquella cosa tan estupenda de que la democracia es un elemento de tiranía. Como ya ni se sabe por

dónde van en la segunda lectura del borrador, si es que no van ya por la tercera o la cuarta, o lo han perdi-

do, o lo están poniendo en octavas reales, o vaya usted a saber, no queda otra opción que pensar en todo

lo que puede influir y de hecho está influyendo, directa o indirectamente, en el texto de la Constitución,

En general está influyendo en este texto el discurso de los hechos políticos. Influirá, asimismo, el bloque

de poder conseguido por el presidente, las deducciones que vayan obteniéndose de la aquiescencia o

resistencia a los acuerdos de la Moncloa y la adaptación o no adaptación de la izquierda a la organización

social y económica mantenida desde el poder, que es ía de siempre, aunque sus términos hayan sido

moderados, porque estamos en un periodo de transición. Y porque estamos en un período de transición, la

moderación es transitoria. La organización, no. Esto es lo que tiene que ver la izquierda cuando, en la

práctica, el pacto de la Moncloa está haciendo las veces de Constitución y modelando históricamente los

objetivos sociológicos y políticos de la Constitución misma. No diría esto de existir ya una Constitución

bien definida, para la que ha habido tiempo de sobra. Entonces el pacto de la Moncloa y sus derivaciones,

que pueden alejarnos mucho del esquema inicial, se moverían dentro de unos límites precisos e

insalvables, porque las Constituciones, como las enfermedades, aquietan los sueños perversos, de

manera que levantarse de la cama o salirse de una Constitución para hacer una picardía exige un esfuerzo

que puede costar muy caro. Pero no habiendo Constitución, no habiendo norma constitucional, la

organización política, social y económica está imponiéndose desde fuera, y son las funciones del poder y

no los iniciales objetivos de cambio lo que insensiblemente, quizá, reflejará la Constitución. Nadie

desprecia los objetivos de cambio, pero las funciones de poder a que irán obligando los acuerdos de la

Moncloa, de las que sólo es responsable el Gobierno, crearán todo un proceso de medidas y

determinaciones concomitantes que influirán sobre los objetivos hasta un punto en que el objetivo quede

impedido lógicamente por la función. Comprendo que esta forma de discurrir no es, por ejemplo, la del

ilustre comentarista don Abel Hernández, y que cosas como las que yo digo nunca se me pasaran por la

imaginación. Sin embargo, las pongo aquí porque quiero. Porque formo parte de la voluntad nacional,

aunque no de la inteligencia.

El "cara a cara" entre don Luis Gómez Llorente y don Manuel Fraile sobre un punto del borrador que ha

puesto sobre ascuas a los obispos, el de la aconfesionalidad del Estado, fue un modelo de urbanidad y

resultó algo metafórico. Se conoce que recordaban el estilo de germanía que usaron los senores Camacho

y Redondo cuando trataron del problema sindical ante la polifémica pantalla. En realidad hablaron de la

libertad de enseñanza, en cuyo fondo no hay otra cuestión que la de las subvenciones del Estado a la

enseñanza privada. Difícilmente la voluntad nacional, de la que, como digo, formo parte, aunque con la

modestia que me caracteriza, pudo seguir las circunvoluciones mentales de estos dos señores, que

acabaron literalmente fumando la pipa de la pan, y esto si que no es una metáfora, porque en la última

composición de sus imdgenes se les vio fumar en pipa. Pero eso fue una humor a da de Televisión, o más

bien que le gusta que todo acabe como en una égloga. Hubo un punto ejemplar en esa conversación,

vamos, una línea, más que un punto, y fue la de que ambos interlocutores se daban cuenta de que el

problema es sociológicamente difícil. Pasaron los tiempos en que, para unos, tanto daba Robespierre que

Giner de los Ríos, y en que, para otros, no había más norte que aquellas palabras de Pío XI en la

"Educación Cristiana": que... "la iglesia,,, pone a disposición de las familias su oficio de maestra y

educadora, y las familias... acuden presurosas para aprovecharse de él". El problema es bastante más

complejo y menos ingenuo. Aquí nadie se quiere comer a nadie. La misma Iglesia sabe que, aparte de la

moral individual, que se funda esencialmente en la conciencia, tiene que haber una moral colectiva que

se funde en una conciencia social, porque el comportamiento del hombre tiene siempre consecuencias

sociales. Por eso es mejor que el Estado sea aconfesional, o, como parece que dicen ahora (recuerden lo

que he dicho acerca de las influencias que va recibiendo la "pretendida" Constitución), que el Estado

respetará por igual todas las confesiones. Se dice que el número de católicos y el peso de la tradición

católica en España es un dato que debe tenerse en cuenta al hacer la Constitución. Pues eso es lo que ha

hecho la famosísima ponencia, que por lo visto "pretende hacer una Constitución democrática. Si es

democrática

deberá tener en cuenta que el mayor número no sujete al menor, él más fuerte al más débil, el de más peso

al que

tenga menos, el más rico al más pobre, y así sucesivamente. Si la democracia no es esto, ¿qué es

entonces?.

La aceptación de la democracia tiene ese precio. Todos sabemos, por otra parte, que la aconfesionalidad o

laicidad del Estado no está ligada a la laicidad de la enseñanza. SI problema, por tanto, es el de las

subvenciones.

Pero respecto a esto yo ya escribí hace tiempo que el principio clásico expuesto por el francés Suffert es

el

más claro y limpio: a fondos públicos, enseñanza pública; a fondos privados, enseñanza privada. Más o

menos esto era lo que palpitaba en el fondo de la civilizada controversia entre el señor Fraile y el señor

Gómez Llorente. Quien más claramente habló de los dos (iba a escribir "de entrambos", pero a lo mejor

me sale la izquierda extraparlamentaria diciendo que soy arcaizante) fue el señor Gómez Llorente, ya que

el señor Fraile pertenece a la constelación del poder que es, naturalmente, con quien tiene que

entenderse, o desentenderse, la Conferencia Episcopal. El señor Gómez Llorente dijo, entre otras cosas:

"Afirmo que mientras haya menos de mujeres trabajadoras que no tienen donde llevar a sus hijos, no es

moral el ir a una subvención igualitaria en estos momentos de los centros que, de los centros que, en

definitiva, son para una élite sociológica." Se entendió muy bien, incluso la sintaxis.

COMO, si no hay sorpresas, porque aquí todo está en borrador, habrá esta semana un pleno para aclarar

las

responsabilidades de lo ocurrido en Málaga con motivo de la manifestación por la autonomía andaluza,

comentaré los sucesos, y al hecho mismo de los procesos de autonomía, teniendo en cuenta la

información que reciba el pleno de las Cortes y las conclusiones que se obtengan en pocos asuntos

como en éste hace tanta falta la serenidad y el discernimiento. Por eso en vez de citar a alguien de

la izquierda prefiero citar a alguien de la derecha para evitar malentendidos, y en este caso un hombre

de ideas inequívocamente tradicionalistas. Me refiero a don Víctor Pradera, nada menos. Pues una vez

este señor dijo en el Parlamento lo siguiente: "Nosotros, al hablar de regionalismo, queremos

únicamente defender la autonomía de las provincias, no... como lo facultad de hacer una carretera, de

hacer una fuente o de hacer un puente, porque esa facultad la tienen ahora; nosotros queremos defender

la provincia como entidad que tiene derechos anteriores," Más adelante, en su discurso, aclara que

esas entidades "son anteriores al Estado nacional". Por si la ultraderecha no lo sabe, diré que el señor

Pradera defendía las autonomías frente a los liberales. Claro, porque él era carlista. Pero es evidente, por

eso mismo, que la autonomía regional de los pueblos de España, que me parece que también es una

expresión de aquel político, no es una novedad del infierno sacada a colación por la República. Está en la

medula de la tradición española. No obstante, el proceso de las autonomías está cargado de peligros

y abocado continuamente a la confusión. Como estamos viendo, la sangre y la ceniza.

Carlos Luis Alvarez

 

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