Autor: Ruiz Gallardón, José María. 
   Y ahora, qué     
 
 ABC.    29/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

ABC. SÁBADO 28 DE ENERO DE 1977

APUNTE POLÍTICO

¿Y ahora, qué?

Por José María RUIZ GALLARDON

Tres nuevas víctimas. Tres nuevos asesinatos en las personas de tres servidores del orden publico. Un

paso trágico más en la escalada terrorista que está imitando a nuestro país. Un paso más, pero no el

último, porque tampoco esta vez,, se va a quebrar la línea política del Gobierno. Sin embargo, esto tiene

que acallar. Porque no es de ninguna manera incompatible el ejercicio contundente de la autoridad con el

proceso democratizador. Entre todos —entre el Gobierno, los ciudadanos, las instituciones y los partidos

políticos tenemos que encontrar la fórmula que permita esa compatibilización del orden con la

democracia.

Muchas veces he escrito desde estas mismas columnas que, lejos de oponerte, son conceptos que se

exigen mutuamente: no puede haber democracia sin autoridad (es el caos), no puede haber autoridad que

no defienda las derechas fundamentales en su recto ejercicio.

El gran problema para el político —y nuestros gobernantes tienen que responder a ese alto concepto—

consista precisamente en armonizarlos en la práctica diaria. Pero para que la acción política sea eficaz hay

que lograr, por lo menos, los siguientes objetivos:

1. Un auténtico consenso, sin veleidades hipócritas, sin demagogias fáciles, de todos los grupos políticos

en orden a la condena y también la expulsión de su seno y la denuncia pública, de todos aquellos

individuos que, por cualquier título, se irroguen la terrible facultad de atentar contra la vida y la libertad

de los demás.

2. Un apoyo decidido —sobre todo y principalisimamente, por parte de los medios de comunicación

social— a las Fuerzas de Orden Público. Por activa y por pasiva. Ayudándoles, y también absteniéndose

de incitar al pueblo al irresponsable ejercicio —hoy— de derechos, como los de manifestación. Que

pueden verse enturbiados precisamente por los asesinos, causantes del clima de inestabilidad que vivimos.

3. Dotación totalmente adecuada de medios —en hombres y en material— a las Fuerzas de Orden

Público.

4. Agilización de los trámites judiciales para la sustanciación de los procesos penales correspondientes en

los que, sin merma de los derechos de defensa, los culpables sean castigados y su castigo tenga eficacia

social.

5. Para lograr la eficacia social de que hablo, se hace absolutamente imprescindible que se desvanezca de

una vez por todas la posibilidad de medidas generalizadas de amnistía, indulto o perdón de los reos

implicados en delitos de sangre. Mientras se siga predicando y pidiendo la amnistía y se continúe

haciendo creer a todos que está al llegar, loa asesinos contarán con una cierta impunidad —por lo menos

psicológica—, precisamente nacida al calor de esa ola en la que con posibles justificaciones loables en

abstracto, en concreto se olvida el carácter de ejemplaridad pública que toda pena comporta.

Con todo ello, se podrá seguir el proceso democratizador que de ninguna manera exige que se empareje

con lenidad o benevolencia con los criminales.

A la pregunta que millones de españoles se hacen en estos momentos: «¿Y ahora, qué?»» bien puede

responderse con la adopción urgente de esas cinco medidas

J. M. R G.

 

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