Autor: Esperabé de Arteaga González, Jesús. 
   Democracias imposibles     
 
 ABC.    16/12/1977.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

ZONES, 16 DE DICIEMBRE DE 1977. PAG. X

DEMOCRACIAS IMPOSIBLES

Por Jesús ESPERABÉ DE ARTEAGA

EN abril de 1931 se instauró la segunda. República, y es evidente que lo que había era antialfonsinos no

republicanos. Después, ser republicano se convirtió, como con ironía subrayara un político de la época, en

un sarampión. Con el óbito de Franco en noviembre de 1975 se extinguió su poder personal e,

inevitablemente, se abrió la vía hacia la democracia. Pero, frente a tanto demócrata que por babor y

estribor aflora, cabe preguntarse si no estaremos como en 1931, ante otro sarampión.

Quede claro que la democracia no es un colectivo ni un equipo para gobernar. Es una fórmula para

ordenar el pronunciamiento político de los pueblos. Los Gobiernos son. dentro, de la ambigüedad que la

distinción connota, de derechas o de izquierdas, o, si se quiere, capitalistas o marxistas, según propugnen

la privatización de los instrumentos de producción o su colectivización. Cierto que hay sistemas mistos

con intervención de los sectores privado y público, pero eso no dejan de ser fórmulas neocapitatistas, La

alternativa está :querámoslo o no entre marxismo y capitalismo. Toda la fauna de soluciones

intermedias no hacen más que corregir o intentar corregir el cúmulo de dogmas que tanto el

marxismo como el capitalismo conllevan. El intento de configurar un socialismo racionalizado, parejo a

una derecha. civilizada en el marco de una sociedad capitalista, se ha tipificado como «válvula de

seguridad para que el capitalismo sobreviva. Pero cabía plantear la cuestión del revés y demandarse, si la

suavización del marxismo que tiene lugar, principalmente, en 1959 en el Congreso de Bad Godesberg. no

ha servido a su vez para que esta concepción de la vida, en la que el Estado trata de imponer a sangre y

fuego un programa económico a la sociedad, no acabe sus días a manos de las contradicciones internas

que, como el capitalismo, también comporta. Y que la historia nuestra de cada día se ha encargado de

evidenciar.

Recordemos las previsiones de Marx sobre la revolución social y destaquemos cómo el marxismo

leninismo, bien en su versión ortodoxa o en sus modelos más modernos, no se ha instaurado en los países

que lo padecen, mediante el aumento progresivo de un proletariado hambriento y desesperado que la

acumulación de capital y la división de trabajo habría de traer de consumo, sino como resultado final y

lógico de unas guerras internacionales que los burgueses desencadenaron, en su lucha por las materias

primas y la hegemonía mundial. Y no perdamos de vista que, en esos pueblos, el paraíso prometido de la

igualdad ciudadana y de la sociedad sin clases lleva en algunos casos más , de sesenta años en la sala de

espera, mientras en el poder se ha instalado otra dictadura más férrea incluso que la que se derrocó. Por lo

que los trabajadores, a la postre, no han hecho más que cambiar de amo. Y para ese viaje no hacían falta

alforjas revolucionarias.

La democracia no es de derechas ni de izquierdas, De eso serán los Gobiernos que la democracia, como

procedimiento, llevan dentro, ya que la democracia, además de sustancial, es procesal. Es sustancial

porque connota libertad. Sin libertades públicas subjetivas no hay democracia que valga. La democracia

es el reverso del absolutismo. No propone soluciones. Se. opone a la desigualdad flagrante, a la injusticia

y a la violencia. Y es procesal, porque además de eso que se na dicho de que la democracia es el gobierno

del pueblo por el pueblo {gobernar para el pueblo es paternalisme autoritario) o el gobierno de las

mayorías respetando el derecho de las minorías, la democracia es esto otro qne parece extraído de un

código procesal civil: Una técnica para instrumentar la discrepancia. O si se quiere, siguiendo a Jorge

Vedel, un sistema de diálogos.

La filosofía democrática rechaza la creencia de que exista armonía unanimidad social. Pero no cree

que las posiciones sean tan encontradas . que no pueda hallarse un punto de coincidencia. Sobre todo

rechaza que ese punto haya que buscarlo revolucionariamente, acudiendo incluso a la violencia como

aseveran los marxistas. Por eso, sin pluralismo no hay democracia y sin recambio relevó en el poder,

tampoco. Porque cuando personas que no piensan igual, que tienen concepciones distintas de como debe

organizarse la sociedad en la que viven, discuten serenamente, no polemizan para perder el tiempo. Lo

hacen para disuadir, para convencer y según lo vayan consiguiendo, instalar las fórmulas que postulan

alternativamente en el poder. Es lo que .los anglosajones llaman la oscilación del péndulo, que trae cansa

de la dinámica social que es cambiable y no estática y a cuyo tenor los ciudadanos de derechas se hacen

con facilidad de izquierdas y al revés, según les va en la vida. Por eso no podemos condenar eternamente

a nuestros contrarios, hasta el punto que como el personaje del Dante deban abandonar toda esperanza,

porque nosotros en un momento dado hayamos podido instaurar al calor de un sarampión pasajero, la

utopía de la sociedad sin clases, sin Gobierno que gobierne y sin Policía, Algo asi como el paraíso

terrenal laico que venga a sustituir al otro en el que no se cree. Y que además es de este mundo y no del

que está por venir.

La democracia de nuestros días, no es la de los griegos del siglo IV antes de Cristo, en la que el pueblo

tenía más Kratos poder que el qne haya podido tener después pueblo alguno. Aquélla era ana

democracia «municipal» o si se quiere una microdemocracia aclamatoria. Todos mandaban en cada uno y

cada .uno en todos, según la clásica expresión de Aristóteles.

La democracia moderna es diferente. Ne se basa en la participación, sino en la representación. No supone

el ejercicio directo del poder, pese a la moda absur da por la autogestión sino la delegación. es siquiera la

democracia gobernada que inspiró las CONSTITUCIONes revolucionarias del pasado siglo. La fórmula

de nuestros días es una democracia gobernante, en la que el papel del pueblo se centra en crear gobiernos.

En producir decisiones políticas, a través de la lucha de los partidos por los votos del pueblo.

Es, según expresión de Duverger, la democracia mediatizada, por la que el pueblo designa a los que con

libertad eligen en su nombre a quienes gobiernan. El ejecutivo pasa en esas democracias a ocupar el

epicentro del poder y el legislativo no ejerce después más papel que el de control. Limitación y freno.

Pero si tanto aquella libertad para elegir gobiernos, como ese papel de control y de freno no existen, no

puede hablarse en modo alguno ni aunque se adjetive de democracia. De ahí que los partidos

marxistas, que pese a postular un programa a modo de traje impuesto por el Estado a la sociedad se

califican de democráticos, hayan de explicarnos cómo articulan su relevo en el poder si se hacen con él e

instauran su panacea de la sociedad sin clases, de la sustitución del Estado por la simple administración

de las cosas y la abolición de la propiedad privada con la consiguiente destrucción del sistema capitalista,

si un buen dia el pueblo se cansa de tanta «felicidad» y demanda lo contrarío. Y no sólo porque destruido

el sistema vigente sea dificil reconstruirlo, sino porque en los países donde tal régimen se ha instaurado,

jamás se ha vuelto a consultar (ni oír) en serio al pueblo. Por ello esas democracias, mientras no se

demuestre lo contrarío, son unas democracias técnicamente imposibles. Que tienen más de autocracia

aunque cambien los autócratas que de otra cosa. Su vocación democràtica se reduce a simple táctica

Para apoderarse del poder por esa vía. pero con ánimo de no soltarlo. Y cabe que se empleen

procedimientos no democráticos para alcanzar objetivos de este carie. Pero que la democracia se utilice

para torpedearla es inadmisible. Entraña volver la democracia del revés. T eso, en suma, es una trampa y

no precisamente sadocea. Un engaño mucho mayor y más grave. Casi sarcástico. J. E. de A.

Por Jesús ESPERABÉ DE ARTEAGA

 

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