Autor: Massó Tarruella, Ramón. 
   Nuestra bomba de neutrones     
 
 Diario de Barcelona.    18/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 24. 

Opinión

Nuestra bomba de neutrones

Ramón Massó Tarruella

En noviembre de 1975 se cerró un largo periodo de nuestra historia. Un paréntesis, más bien. Libres del

corsé que nos oprimía, quedaron al descubierto gravísimos problemas políticos, sociales y económicos.

Nuestra situación de ruina tenía algo que ver con la Alemania de 1945, tras la guerra. Se imponía la

reconstrucción y el relanzamiento del país.

Las apariencias externas, no obstante, prolongaban el engaño. Los edificios permanecían en pie,

circulaban los automóbiles, funcionaban los electrodomésticos... No había escombros materiales

visibles. Con metáfora actualizada podríamos decir que aquí habla caído una bomba de neutrones, el

polémico artefacto de nuestros días que mata habitantes y conserva objetos. Una bomba cuyos profundos

alcances será difícil describir.

El espejismo de lo aparente deslumbró, en cambio, a la mayoría pensando que la democracia nos haría

iguales, en poco tiempo a los países europeos. Había conciencia de que era preciso reformar, pero no, de

que era imperativo reconstruir.

Tal vez sea por eso que, a los tres meses de celebradas las primeras elecciones, se perciba en el ambiente

un creciente clima de decepción, pesimismo, angustia, desorientación... Las voces de alarma surgen, no

ya de la derecha más extrema -de quien cabía esperar lógicamente la más resentida crítica- sino

también de la derecha civiliziada, del centro-izquierda, del centro-izquierda y aún de más allá.

El ciudadano, en general, se cree defraudado. Tiene la sensación de que el país va a la deriva, de que los

proyectos no son realizables, de que estamos en un callejón sin salida.

Limitándonos, por ejemplo, a la cabeza responsable del gobierno, la óptica con que se te ve públicamente

ha cambiado. De

aquel Suárez no es nadie» de hace un año; se pasó al posterior e injustificado «Suárez tiene la solución»

para acabar

en un escepticismo que se formula en frases como «el presidente ya no sabe lo que hay que hacer».

Ciertamente, el país está al borde de la crispación y de la neurosis política. Pero, en ocasiones tales,

bueno es detenerse a realizar un diagnóstico del psicólogo con el consejo del psicólogo americano C.

Rogers

cuando afirmaba que la superación de la neurosis estaba en aceptar la realidad que nos rodea y aceptarse

también a uno mismo. Es decir, que una persona equilibrada «que funciona plenamente es aquella que se

mantiene en un estado de apertura a la apariencia - a la, realidad- y en un esfuerzo flexible y

equilibrado para satisfacer las necesidades -resolver los problemas-, aceptando las condiciones dadas».

Diagnosis: Seguimos en la Pre-democracia

Unas semanas antes de las elecciones legislativas expuse el extraño «poloiling» de las elecciones, tan

propio de una etapa pre-democrática. Aquellos síntomas que tanto escandalizaban a algunos politicólogos

-como el baile de siglas o el abultado porcentaje de encuestados (del 50 a 60%) que ante las preguntas no

sabían o no contestaban- me parecían lógicos en una etapa inicial de inmadurez electoral, si bien

desaparecerían o disminuirían después de las elecciones. El pronóstico se cumplió. Pero el primer paso

que suponen unas elecciones legislativas no puede, en ningún caso, significar la entrada mágica de la

democracia: porque ése es un camino duro y leído del que somos millones los protagonistas.

De ahí que subsistan aún circunstancias que caracterizan el síndrome pre-democrático, síntomas gue se

dan en mucha menor medida en las democracias afianzadas, pero que aquí afectan todavía a los líderes, a

los programas, a los militantes y cómo no, a los ciudadanos. El país va madurando lentamente en la

democracia, y por ello, no es extraño que los problemas se acumulen y que confundamos el orden de su

prelación. Son indicios parecidos a los de la adolescencia.

Y es que cuarenta años de ineducación política no pueden salvarse en sólo dos. Si nuestro pueblo tiene

capacidad política -y no hay duda de que lo está demostrando- se trata, no hay que olvidarlo, de una

capacidad natural, de ningún modo heredada ni aprendida.

Tal vez el horizonte hubiera sido más esperanzador ahora, si en tugar de elegir para la transición la

pseudoruptura (sistema suavemente progresivo, gradual, de pequeños tirones, que ha exigido

intermitentemente una movilización de la calle, en ocasiones con pago de vidas humanas) hubiéramos

optado por la verdadera ruptura, la «trencadissa». Psicológicamente, nos hubiera sido más útil para no

esperar milagros repentinos, para tomar conciencia de que, por fuerza, habíamos de partir de la nada,

Si por ejemplo, un buen día nos hubiéramos despertado como los portugueses el 25 de abril de 1974,

viendo que el poder cambiaba de manos (con todas las elecciones, intentonas y cambios gue se

produjeron) tal vez hubiera cuajado en la mayoría de los ciudadanos su conciencia de que pasar de la

dictadura a la democracia es algo complejo y difícil por el que hay que pagar un alto precio.

Por desgracia no está generalizada la convicción de que no podemos prescindir de ese costo. Es entonces

cuando surge el nerviosismo, la desorientación y una dura calificación moral para acontecimientos que,

en realidad, son pura y simple mutación biológica o el fruto del juego político de cada día.

Todo ello es lo que podríamos definir como una neurosis colectiva que esiá surgiendo por todo el país con

el riesgo de que se convierta en una epidemia. La neurosis de la falta del realismo.

Perder el miedo al miedo

De la confusión general participan no pocos líderes. No es fácil desembarazarse

del pasado y abandonar fórmulas y hábitos, que, si fueron efectivos en otros tiempos, no responden ya a

las realidades de hoy, Pero si Lenin habló de la inutilidad del revolucionario de primera hora, una vez que

la revolución ha triunfado, podríamos ahora referirnos a tantas figuras de la oposición y del partido en el

poder a los que habría que recordar que se impone perder el miedo al miedo y aceptar nuestras

«circunstancias objetivas».

Y también habría que mencionar la obsolescencia actual de muchos empresarios que tuvieron éxitos

económicos en épocas franquistas y que pretenden mantener un «status» favorecedor en el mismo grado.

Unos por egoísmo, otros por irrealismo y por imprevisión los más, colaboran a que no acertemos a salir

de este callejón sin salida, porque se nos enseñó la música de la democracia, pero no su letra.

Dirigentes y organizaciones se encuentran ante la obligación de hacer aprender a sus militantes -y a todos

los ciudadanos- la complejidad y contradicciones de una etapa pre-democrática. Estaríamos en la vía

clarificadora que indica el aforismo clásico: «Plantear con claridad los problemas es tener medio andado

el camino».

Tal vez el Gobierno y las propias Cortes, elaborando calendarios diáfanos y exponiendo con suficiente

claridad el contenido de cada uno de los plazos, contribuirían a devolver al país la serenidad perdida, que

permitiese hacer frente a cada uno de tos graves problemas que tenernos: sin que nos persiguiese el

fantasma de la desorientación.

Ha dicho Felipe González que «la democracia es de cristal". Yo completaría afirmación del líder del

PSOE señalando que la pre-democracia es todavía más frágil. No debe someterse, por tanto, si no es con

cautela, a los enfrentamientos dialécticos habituales de una plena democracia, aunque ello nos duela.

Como responsable y digna de agradecer se nos présenta la actitud del «utópico» senador Xirinacs quien,

ante la relativa modestia de lo conseguido en el restablecimiento provisional de la Generalitat, afirmaba:

«Cal pagar aquest preu, mal que ens dolgui». Esto es praxis política. E irrealismo es lo que Rogers

calificaba de neurosis.

 

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