Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   El bastón de Chateaubriand     
 
 Hoja del Lunes.    03/10/1977.  Página: 2-. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

LAS CONSTITUYENTES

EL BASTÓN DE CHATEAUBRIAND

HE escrito en "A B C" que tanto la visión monárquica como la visión republicana están subordinadas a

una suerte de potencia histórica que va mucho más allá de una y de otra formulación. Recomendaba una

concentración de energías en la praxis, que es, venía a decir, "la secularización de las tradiciones en

nombre de imperativos concretos, necesarios e inmediatos". Si me cito es porque soy a quien mejor

entiendo, y, salvo penosas excepciones, con quien más suelo estar de acuerdo. El tema es bastante

importante, porque es el tema clave de la Constitución, que alguna vea, supongo, tendrá que ser dicutida.

En torno a ese tema empiezan a perfilarse (aguí, perfilarse, es prepararse para entrar a matar); digo que

empiezan a perfilarse ya las posiciones que sacarán a debate la forma del Estado.

Las declaraciones de don Alfonso Guerra, que no parece dispuesto a apoyar la tesis monárquica, y la

posibilidad de que el grupo parlamentario del Partido Socialista Obrero Español, al que pertenece el señor

Guerra, se incline por una alternativa republicana, puede entorpecer, o interrumpir, la fatigosa marcha

hacia una democracia liberal. Y no porque yo crea que la democracia liberal i está indisolublemente unida

a la Monarquia, sino porque no hay ahora mismo una sola razón que abone la creencia de que la

Monarquía no presuponga una democracia liberal. El presupuesto republicano serta también ése, sin

duda alguna. Pero es que la Monarquía ya está. El proceso monárquico cuenta con un desarrollo, es una

función objetiva, palpable, y ha creado un ritmo. Nos sirve como instrumento y además, nadie podría

decir seriamente que es un instrumento del antiguo régimen. Entonces, ¿de qué se trata? En este punto yo

quisiera recordar el bastón de Chateaubriand. Chateaubriand tenía, por lo menos, un bastón. Ese bastón lo

tiene ahora mi prodigioso amigo Antonio Gala. Es un bastón legitimista, y a todas luces heroico, porque

su dueño fue despojado tres veces por la legitimidad, y no por eso dejó de ser monárquico. Lo

que yo propongo a los socialistas no es el ejemplo de Chateaubriand, sino la identificación con su

contrafigura. Es decir, que viesen en Chateaubriand no lo que tuvo de monárquico, sino lo que tuvo de

racional En sus "Memoires d´outretombe" reconoce que un Estado republicano no le trataría peor que le

trató la Monarquía. Chateaubriand amaba la libertad. Y dice: "Prefiero la libertad dentro de un orden

monárquico, pero sólo la concibo dentro de un orden popular." No veía contradicción alguna. Su

racionalidad era más fuerte que su sentimiento. Y escribe estas palabras magníficas, que conservo en

francés, ya que su traducción es muy fácil: "L´áge des fictions est passé en politique; on ne peut plus

avoir un gouvernement d´adoration, de cuite et de mystére: chacun connaît ses droits; ríen n´est possible

hors des limites de la raison; et jusqu´a la faveur, dernière illusion des monarchies absolues, tout est

pesé, tot est apprécié aujourd´hui." Comprende que la república es sin duda el estado futuro del mundo, y

que su tiempo llegará; pero comprende también que la monarquía, entonces, era hija de los

acontecimientos. Y eso que Chateaubriand hablaba ante un trono vacante, cuando los franceses eran libres

de elegir una forma de Estado sin grave quebranto político. Ahora bien, si la Monarquía coarta la libertad,

por la libertad será devorada. ¿Es acaso una monstruosidad invitar a los socialistas al pensamiento de

Chateaubriand, para quien el error del partido republicano y el del partido legitimista era uno y el mismo,

el de no comprender que la soberanía general estaba por encima de cualquier soberanía particular, y que

uno y oíro no podían ser más que instrumentos de la libertad del pueblo?

ESTAS son las meditaciones que me ha sugerido el bastón de Chateaubriand.

LA Unión de Centro Democrático tiene un comité ideológico. Es como si don José Ortega y Gasset

hubiese tenido un comité de la razón vital antes de haber concebido esa filosofía y de haberla

experimentado en el mundo. Luego ya sabemos que tuvo un comité, formado por don Julián Marías. Los

miembros de la Unión de Centro Democrático han caído en la cuenta de que están desnudos y tienen un

comité para que les busque la hoja de parra ideológica. Este es un motivo cómico que no voy a explotar,

porque aquí, en cuanto uno se permite un destello del genio de Plauto, sale un editorialista circunspecto a

decir que es nada más que una ironía fácil. Don Antonio Fontán, con motivo de una reunión del comité

ideológico, dijo que "guisas tengamos que combatir con los fantasmas de las etiquetas". Yo no entiendo

muy bien esas palabras, acaso porque me falte el contexto. Las hubiera entendido mejor de referirse el

señor Fontán a las etiquetas de los fantasmas. Pero, en fin, no entremos en esto. ¿Qué es una ideología?

El individuo, situado en un medio político y social, se ve asaltado continuamente por un caos de ideas, de

experiencias, de sugestiones. Lentamente se efectúa en él un proceso de síntesis que diferencia y abstrae,

hasta que el torbellino circundante, el caos de ideas, experiencias y sugestiones, y también de sus

prejuicios, queda articulado en una entidad de pensamiento. Esta especie de masticación del mundo

exterior, seguida del cuajamiento de todas las partículas en una entidad de pensamiento organizada, es un

proceso vasto y complejo, ¿Es que se puede buscar una ideología como se buscan setas? La mente

elabora con lentitud las ideas y las experiencias, y la indagación y la duda son los aditamentos que

adoban las cristalizaciones ideológicas. O sea, toda una vida. Pero ahora resulta que basta con un comité

que trabaje de cinco a ocho, excepto festivos. ¿No sentís el hedor de lo trivial?

A pesar de cuanto he dicho voy a hacer un último esfuerzo para comprender al comité, A principios del

sigol XIX la filosofía derivó hacia la ideología (debido a un proceso en el que intervino el sensualismo de

la Ilustración), y asi las escuelas filosóficas redujeron sus intenciones a una mera sociología del saber, y

de este modo nacieron las asociaciones de ideólogos. No voy o contar la historia completa, pero sí voy a

decir que los ideologías hoy son fenómenos extraintelectuales, en cuanto que son fenómenos

condicionados. Con esto no les quito importancia a las ideologías, sino todo lo contrario. No se

preocupen, que yo no me pierdo, por más que hable. Las ideologías son formas de conciencia política, de

las que, en primera instancia, se derivan consideraciones mecánicas, arropadas, más o menos

lejanamente, por fines morales. Este salo arqueológico es el que nos sorprende tanto en el profesor

Tierno.

Podríamos decir que el profesor Tierno es un fósil vivo de la moral. Quiero decir de la moral como

primera instancia de la ideología. En todos los demás casos lo primero que se ve son los

condicionamientos y las consideraciones mecanicas. Pero tampoco esto me parece mal, porque esto es,

lisa y llanamente, la praxis, Y aquí es donde entra, luego de un rodeo que no me parece demasiado largo,

y en el que, después de todo, creo haberme lucido, la unión de Centro Democrático. La Unión de Centro

Democrático, que, como ya he escrito otras veces, es un conglomerado discorde, tiene un

condicionamiento evidente: el poder. Y aííettde a una consideración mecánica, también evidente:

conservarlo. Así, por tanto, necesita una ideología clara y distinta por dos razones. Para articular a su*

miembros en una entidad de pensamiento, y que no ocurra lo que ha ocurrido con él señor Camuñas, que

se ha ido de naja, y lo que puede ocurrir con otros señores. Esa es la primera razón. La otra es que la

Unión de Centro Democrático tendrá que defender su poder gubernamental en el Parlamento no con el

poder mismo, según ha sido costumbre hasta ahora, sino con una ideología. Todo esto es lo que ha

llevado al partido del Gobierno a una conclusión fatal, irremediable: él comité. Solo que, como ha dicho

el señor Fontán, el comité va a tener que combatir con ("con", no "contra") los fantasmas y las etiquetas, y

eso es un lío.

NOSOTROS tenemos que proceder como legisladores y gobernantes delante de un texto legislativo que

es un arma para el porvenir de España, un arma de acción española, de reorganización del Estado

español, de fusión, de unión de españoles, no de mantenimiento de divergencias y de discrepancias

históricas, sino un instrumento, a mi parecer, eficaz, y, sobre todo, el único que se ve por ahora en

nuestro horizonte político para destruir esas herencias pasadas de que yo hablaba el otro día, y para incitar

a Za unión de todos los españoles con sus apellidos propios, dentro de un Estado común..., y que no

dejará de ser unitario, compatible con las regiones autónomas, tal como lo define la Constitución, que es

el único punto de vista en que puede colocarse el Gobierno, las magníficas palabras. Resuman liberalismo

democrático, una comprensión noble de las autonomías y un sentido flexible de la unidad entre los

españoles. Fueron pronunciadas por don Manuel Azaña el 2 de junio de 1932 y podrían haber sido

pronunciadas, con algún ligero retoque, por don Adolfo Suárez en estos días de 1977. Ese ligero retoque

tendría que ser en el último párrafo, ese en él que don Manuel Azaña dice que la Constitución es el único

punto de vista en que puede colocarse el Gobierno. Naturalmente que se refiere al suyo, a su Gobierno, y

no a otro cualquiera, como, por ejemplo, al del señor Suárez. Asi y todo, pienso que el ligero retoque se

refiere nada menos que a la piedra angular de una catedral. Somos ahora demasiado felices para entender,

o para detenernos a entender, los rigurosos escrúpulos constitucionales de don Manuel Azaña. No basta la

convicción de que, en el punto de las autonomías, no haya divorcio entre la opinión pública y el

Parlamento. Tampoco basta que el decreto-ley del Gobierno que restablece la Generalitat sea a título

provisional. No basta la armonía, el civismo, la madurez, de los autonomistas catalanes y de todo el

pueblo catalán. No basta que todo esto signifique la reparación de un error histórico. No basta que el

Gobierno se haya quitado un obstáculo de encima como se lo quitan los toros, huyendo hada adelante. No

basta la templanza y la serenidad del señor Tarradellas. Y todo eso no basta porque se ha invertido el

procedimiento, (Iba a decir lo "procedimental". Abro este paréntesis para informar al señor Herrero

Rodríguez de Miñón que he reoibido una amable carta de un inolvidable profesor, don Leonardo

Prieto-Castro, que tercia, con autoridad que no voy a ponderar, en nuestro msunto. "La verdad es-dice el

ilustre profesor-que entre nosotros los procesalistas se viene usando la palabra con el fin de designar lo

externo o formal en el proceso, es decir, con cierto sentido peyorativo, a diferencia de "procesal". Oirás

cosas me dice muy sabrosas, pero que no corresponden al asunto que tenemos entre manos el tenor

Herrero Rodríguez de Miñón y yo. Falta por saber si el señor Herrero Rodriguez de Miñón le dio a lo

procedimental" ese sentido peyorativo que entraña la palabra, según dice don Leonardo Prieto-Castro).

DECIA que el decreto-ley del Gobierno que restablece la Generalitat, aun contando con el subrayado

de la prorisionalidad, invierte el proceso, y, de alguna manera, condiciona, directa e indirectamente,

las próximas deliberaciones parlamentarías, y, en último extremo, la futura Constitución. La

Generalitat en, aparte de un derecho histórico, la encarnación hoy del presente contra el pasado

inmediato. Pero el pasado, por el hecho de cancelarse mediante un decreto-ley (todo lo provisional que se

quiera, pero que reproduce los métodos de cancelación que usó el franquismo), está, en cierto

sentido, contenido en el presente. En el presente se ha actuado como en el pasado, mediante un

decreto-Ley. El aspecto provisional o interino del decreto me parece, al cabo de tantos años, una ganancia

demasiado corta. Y siendo como digo, temo que esto sea, más que un proceso de desarrollo, un proceso

de repetición, aunque a la inversa, o que sean los acontecimientos mismos los que inviertan el proceso.

Quizá no tenía razón alguna para expresarme as, cuando hombres de mucho talento político, dotados

de una lúcida impasibilidad, y cargados de experiencia, han optado por enmendar la plana a don

Manuel Azaña (que después de todo fue un perdedor), y elegir un punto de vista distinto al de la

Constitución. No olvido que a título provisional. Pero si los puntos de vista pueden ser

provisionales, lo que se ve, no. Lo que se ve una vez, desde cualquier punto de vista, ya está visto. No

es

provisional, Y entonces puede ocurrir que luego haya que forzar el punto de vista, con lo que habría el

peligro de que el proceso de repetición se impusiera al proceso de desarrollo. Estoy usando de la mayor

delicadeza posible para fundamentar una objeción al Gobierno. Bien sé que es una objeción impopular,

casi de un legalismo infecto, y que, de exponerla un comentarista de más fuste, vendría a oscurecer esta

radiante aurora de la Generalitat. Mi equivocación fiera un homenaje más a esa aurora.

No he acabado con don Manuel Azaña. En 1937, don Manuel Azaña escribió unas páginas patéticas

bajo el titulo de "Cuaderno de la Pobleta". De sus tesis y antítesis hablé yo mucho con don Manuel

Azaña. Luis Calvo y yo solíamos comer con Aznar, y también Luis Losada, que está ahora en la

televisión, y luego de hablar de "El Sol", que era el tema obligado y más querido, hablábamos

de Franco, porque Aznar sabía de él muchas anécdotas y sucedidos, y también de Cataluña y del

Estatuto. Aznar aceptaba los argumentos que nosotros exponíamos, pero siempre nos remitía al

"Cuaderno de la Pobleta". Solamente si yo tuviese la mala educación de Groucho Marx que en

paz descanse, me atrevería a recordar, siquiera compendiosamente, el conmovedor estilo que Azaña

exhibe en ese libro casi en ese testamento. Pero yo recomendaría a las gentes catalanas, en particular, y

a todas las gentes españolas en general, que lo leyesen con la temerosa intensidad que los creyentes

leen los "Ejercicios" de San Ignacio. Es la exposición de una catástrofe, la crónica de un final. Y, no

obstante, de la meditación sobre sus páginas sale una esperanza: la de que tantos errores y tantos

sacrificios no hayan sido en vano. Hoy Cataluña es el espejo en el que van a mirarse todos los pueblos

españoles. De Cataluña depende, en gran medida, que el infortunio y el ocaso de la libertad queden para

siempre desterrados de entre nosotros.

Carlos Luis ALVAREZ

 

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