Autor: Álvarez Álvarez, Carlos Luis (CÁNDIDO) (ARTURO). 
   El asunto de Luis XVI     
 
 Hoja del Lunes.    17/10/1977.  Página: 2-. Páginas: 2. Párrafos: 5. 

LAS CONSTITUYENTES

EL ASUNTO DE LUIS XVI

jyO, señor Carro, oí fondo no está ía guillotina, ¿Usted sabe per qué subió al cadalso Luis XVI f Porque el racionalismo dejó de ser una moda y se vio que el buen rey ae había retribuido cualidades misteriosas e inexplicables. Entonces las cualidades explicables asaltaron la Bastilla y lo decapitaron. Todos seguimos lamentando la muerte de aquel monarca, puede creerme, pero no hay razón alguna para que ttsled funda en un mismo movimiento la muerte de Luis XVI y la amnistía española de 1977, que cierra formalmente

una guerra civil bastante más heterodoxa y gratuita, desde el punto de iisfa histórico, que la Revolución francesa. Y no es que yo piense que la amnistía es un ensalmo que cerrará la vieja herida como por ensalmo. La división de los españoles, mantenida y alentada durante mucho tiempo con exquisito cuidado, ha penetrado en las cabezas, y asi la amnistía no podrá más que madurar lentamente en las cabezas de todos nosotros. Su nemonición es una astucia, porque bien sabemos que la ley de tu amnistía no supoi*e una reconciliación instantánea y radical, que, por lo visto, es la prueba que usted necesita, a sabiendas de que es una prueba imposible. El próximo desmán, el próximo crimen, no será un argumento contra la amnistía, todavía será un argumento contra la guerra civil. Y no diga que me voy demasiado atrás, porque usted «e ha ido a Luís XVI, con lo que su intervención en las Cortes hubiera sido pintoresca de no prefigurar una teoría de concomitancias y un mensaje parabólico al Rey. Su abstención y la del grupo que representa pertenecen completamente al pasado. Ustedes ven en la ley de la amnistía una venganza o cuando menos una forma política de humillar al antiguo régimen, que jamás dictó una ley que mereciese de verdad el nombre de amnistía, dicho sea como de paso. Pero no es eso. La amnistía aprobada en las Cortes (doscientos noventa y seis votos a favor, dos en contra, dieciocho abstenciones y un voto nulo) quiere

tmancipar, desvincular a los españoles de la vigencia psicológica de una guerra civil y de toda su muerta.

La abstención no encarna ningún género de filosofía social; es sencillamente una apología del antiguo régimen en aquella parte que mejor, lo definió y que más lo sostuvo: la distinción entre vencedores y vencidos. Yo no sé si la amnistía será infructuosa, pero, aunque lo fuera, eso no le hará perder su verdad.

Es un hecho mediador entre antagonismos que desde ahora no tendrán ninguna disculpa para volver a Jas fuentes de la contienda civil. La ley de la amnistía surge de la representación más clarividente posible de la situación histórica que deseamos inaugurar, y que sigue estando condensada en tres palabras inolvidables y patéticas: paz, piedad y perdón. No tengo que recordarle al señor Carro quién las pronunció, pero alguna vez tendrían que hacerse ciertas. Si se hubieran escuchado a tiempo, acaso la política no hubiese generado crímenes, y los crímenes no hubiesen generado política. La amnistía es un presupuesto éíico y político, como vino a decir don Rafael Arias Salgado, de la libertad común y del derecho democrático que nos tiene que amparar a todos. Pero además hay otro razonamiento. Bastantes de los últimos crímenes han tenido por objeto originar un clima de resentimiento y desconfianza que hiciese imposible la amnistía, y que prolongase los términos de ía guerra ciyiZ. E insisto en creer que la abstención ae ha mantenido no como un concepto referido al

orden público, sino como convicción de que la guerra civil no ha terminado. Entonces, el primer crimen será la primera prueba. JSse argumento es falso en cuanto el primer crimen de loa llamados políticos vulnerará la amnistía, pero no será, en modo alguno, que la amnistía haya servido para vulnerar «I orden público. La amnistío no es un artilugio infalible; es una proposición moral que objetivamente dota a Uu leyes punitivas ya existentes de todo su poder, sin postóilídad de que la reclamación política la enturbie o la debilite. Lo que yo quiero decir no es que desde ahora esto vaya a ser un paraíso de inocentes, sino que el

Gobierno es moralmente más fuerte y podrá castigar sin restricciones.

pIENSO, señor Cano, que Alianza Popular cumple un papel necesario en esta transición y que sin duda alguna lo cumplirá también cuando el concierto democrático quede instituido definitivamente. En su pensamiento general hay apelaciones hondas y dignas al individuo y la sociedad, y valores de seníido común, foníamcHíe despreciados por esa facción hortera del cambio que no sabe nada y que, por lo que se ve, nunca aprenderá nada. Pero de eso a que nos saque a relucir la giiiíioütia y al pobre Luís XVI, que en paz descanse, hay un abismo. No se debió pasar usted de legitimista. Nadie quiere la guillotina, señor Carro, y, aunque usted no lo crea, si se hubiera hecho caso a Voltaire, a D´Alambert, a Condorcet y, en general, a todos los enciclopedistas, que eran cotno ios intelectuales de ía República, se hubiera cuitado no sólo la decapitación de Luis XVI t sino también Za de otras muchas personas. Y se hubiera evitado a Napoleón, que tampoco habría sido mal negocio.

1?L jueves fue aprobado el reglamento del Congreso de loa Diputados. Es un desconsuelo que loa oradores puedan leer aua folios, en contra del proyecto inicial. El señor Carrillo ea tremendo, porque apoyó la tesis, finalmente victoriosa, mediante argumentos de piedad. Pero es una falsa piedad, señor Carrillo. Porque «hora quedara* demostrado sin lugar a dudas que la mayor parte de las señorías no sólo no saben hablar, sino que tampoco saben escribir. El señor Carrillo es un hombre cruel.

No comprendo muy bien cómo un debate puede realizarse tirando de las cuartillas que te llevan en el boísiíío. Eso no va a ser un Parlamento, eso va a .ser un congreso de física atómica. En un Parlamento surgen de pronto, por vía marginal o por el desarrollo dialéctico de un tema, cuestiones de ías que el parlamentario debe hacerse cargo inmediatamente y para las que necesita ideas y formas de exposición que casi nunca llecará escritas. Un ocialista, pongo como ejemplo, no puede subir al estrado con todos los discursos de Willy Brandt para discutir con un comunista que tampoco puede llevar consigo las obras completas de Carlos Marx. El debate necesita de una espontaneidad responsable y culta y de unos conocimientos más o menos aproximados acerca del sujeto, del verbo y del complemento. Yo siempre he explicado el tenis diciendo que es como el frontón, con la diferencia de que en el tenia la ared es inteligente. Es un diálogo en el que hay dos paredes que piensan. Pues en el Parlamento alguna vez tendría que pasar lo mismo. ¿Cómo sabrá un parlamentario a lo que deberá responder? No podrá decir, como los chicos en el colegio, que eso no viene en su libro. No estoy abogando por un Parlamento romántico ni porque se organice allí una zapatiesta un día sí y otro también. Pero el diálogo es el método supremo de conocimiento, y en el "Banquete", de Platón, Sócrates y los demás no se andaban levantando todo el rato para consultar el Espasa. De haber sido así, todavía estaríamos esperando a que hubiese cultura griega. El oír la repetición machacona de las mismas frases no me seduce, les digo "mi" erdad.

Naturalmente que si se entiende por diálogo el cruce de adjetivos exasperados e inútiles, yo también estoy de acuerdo en que las sesiones te conviertan en una retahila interminable de lecturas. Pero si el diálogo es una atención mutua a reflexiones sustantivas, hechas al hilo de un tema propicio y oportuno en busca de una verdad que tendrá que ser objetivada mediante una votación, no estoy de acuerdo con el rollo. Claro. Se levantará el señor Carrillo, o el señor Fraga, pongo como ejemplos de gente despierta, y dirán: ´´Pues todo ese rollo que su señoría tíos ha leído no es así, ni tiene nada que ver con la cosa, ni con lo que aquí se ha suscitado ace quince minutos, y que su señoría no estaba en condidoíies de prever." Entonces yo no creo que diga la señoría: "Pues me van a perdonar que vaya a casa y vuelva dentro de

cuatro días con la respuesta adecuada." Dirá seguramente.´ "Pues estos /cí.´o* están scritos con el sudor de mi frente y no pretenderán que los tire." Y todos ae quedarán algo desconcertados y sin saber qué decir, porque es muy enojoso obligar a la gente a que tire sus folios, y menos en una democracia. En fin, lo único que deseo ya es que a los parlamentarios no se les traspapelen los folios.

jfN cuanto a los pactos de la Moncloa, yo no he sacado nada en limpio. No parece que el Gobierno haya obtenido el consentimiento de los partidos y de los diversos grupos de intereses que los sustentan (grupos de intereses, o clases, da lo mismo) a su programa económico, y tampoco a su programa político. El Gobierno del señor Suárez ha corrido un riesgo. Un riesgo que tal vez sea generoso, pero que no deja de ser grave. Si de la Moncloa no sale un consentimiento pleno, el Gobierno volverá al Parlamento siendo menos dirigente. £1 riesgo de haber sustraído la necesidad de esos pactos al proceso parlamentario ha sido prácticamente obligado, debido a una situación de urgencia y a la certidumbre de que el riesgo en el Parlamento hubiera sido mucho mayor para el Gobierno. Pero si en la Moncloa no hay consenso, to autoridad del Gobierno en las Cortes será mucho más precaria. Este es •I riesgo de alterar las disciplinas y los cauces. El Gobierno, en el Parlamento se teñirá de su propio fracaso *n la Moncloa y sus argumentos de pacto serán utilizados como prueba de su debilidad. Realmente habría que aenfir que la afiliación llegase a ese extremo. Estamos tocando el fondo de la objetividad de lo real, y ese fondo puede ser la anulación de I« democracia mediante fórmulas "salvadoras" demasiado temibles.

De una manera u otra estarnos condenados al Gobierno Suárez, como escribe Eduardo Haro Tecglen, y es interés de todos no hundir ese Gobierno mientras los datos del problema no cambien. Si no es posible el Gobierno de concentraoión> y si los socialistas no quieren compartir el Gobierno, es preciso mantener y apoyar este ministerio, cargado de perplejidades, como, por ejemplo, esta de no saber cuál ha de ser su verdadera función política en medio de Z«a fuerzas en pugna. Los empresarios rechazan el programa económico, y los trabajadores también, incluso los trabajadores que militan en los cuadros de las

Comisiones Obreras, que dicen aceptarlo todo menos el detalle de la congelación salarial. ¿Y eso qué esf sino rechazar de plano el progt´ama? Ahora se h>m formado comisiones qite i rutarán de adaptar o de readaptar las conclusiones, y esto es como un meandro en el seno de. otro meandro, y asi nos alejamos un poco más del Parlamento, con el peligro de herir la cualidad democrática y su expresión natural.

Queremos engendrar una sociedad sin coerción política y de pronto el instrumento activo se aleju de! inedia acordado para engendrarla. Y todo porque el Gobierno se encuentra incómodo allí y porque los partidos le hacen incómoda su situación.

T\E otro lado, la pretendida ley para la defensa de la democracia} que habría de ser aplicada por dominios especializados que ya conocemos muy bien y que no han sido reformados ni aclarados en lo que toca a su dependencia ideológica ni a sus determinaciones respecto a la misma democracia (el caso del tráfico de armas, que ha saltado a los periódicos, tiene detalles bastante significativos^ difícilmente podrá ser aceptada. Los instrumentos de esa ley serían mucho más poderosos que los instrumentos de la democracia, y la situación correría el peligro de invertirse, en él sentido de que un simple croquis democrático, que es por ahora lo que tenemos, vendría a ser el mejor argumento para estorbar su consolidación. Una ley para la defensa de la democracia, fuera de un cuadro sólido de libertades jurídicas y sociales, apresaría la médula de la democracia naciente entre las fuertes mandíbulas del régimen anterior, porque no creo yo que el señor Martín Villa disponga de otras. Entre ellas, cualquier opción democrática podría ser masticada y luego proclamada como un juicio subjetivo fuera de los límites democráticos. La idea, por ejemplo, de amparar el programa económico del Gobierno bajo una ley para la defensa de la democracia no dejaría de ser ingeniosa, y mucho más ingenioaa todavía en e! caso de que no se He/jase a ningún pacto en lo referente a esos extremo.*. Pero no e.s por esa ría como tiene que rcsoltcr.se el problema. Vna ley para la defensa de la democracia en este mámenlo .scrí« la manera más ftiicinta de acabar con la democracia. Sería "demasiada" ley pnra tan "poca" democracia, y el aparato de aquélla, excesivamente experto para nuestra inexperiencia democrática. El progreso de la democracia sería tan maravilloso que se dejaría atrás a ,sj mismo.

Carlos Luís ALVAREZ

 

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