¿Una trampa saducea?     
 
 Diario 16.    01/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

¿Una trampa saducea?

La dimisión del presidente de las Cortes y del Consejo del Reino es un acontecimiento político de gran

alcance, tanto en sí mismo como por el hecho de que se haya decidido no cubrir, al menos por el

momento, tan importante puesto que seguirá siendo desempeñado interinamente por el dimisionario. El

mutis político de Tor-cuato Fernández-Miranda puede ser así el primer paso para !a desaparición de dos

de los elementos de índole más netamente franquista mantenidos por la ley para la Reforma Política: el

Consejo del Reino y la misma presidencia de las Cortes.

Aquella ley, aprobada por referéndum nacional, después de crear unas Cortes bicamerales compuestas por

el Congreso de Diputados y por el Senado, y después de establecer que ambas cámaras "elegirán sus

respectivos presidentes", mantiene la vieja figura del presidente de las Cortes y del Consejo del Reino que

"será nombrado por el Rey".

Ea ningún sistema político puede encontrarse la figura de un superpresidente del Parlamento colocado

teóricamente por encima de los presidentes de las cámaras, carente, por su modo de designación, de toda

legitimidad democrática y dotado de unos poderes imprevistos, imprecisos y, por tanto, temibles y

peligrosos para el funcionamiento normal, libre y democrático de las institu-ciones parlamentarias. Ese

extraño ente jurídico-político mediatizaría la soberanía parlamentaria y haría perder a las cámaras la

autonomía indispensable para actuar como órganos representativos, deliberantes y de control sólo

responsables ante los electores.

Otro tanto hay que decir del Consejo del Reino, clara supervivencia franquista incapaz de encaje en un

sistema democrático. Este curioso organismo, que a lo largo de la dictadura ha sido tan inoperante como

el resto de las creaciones caudilliles, sólo ha servi-do como reducto, de la más reaccionaria oligarquía y

como triste muestra del servil sometimiento a la caprichosa voluntad del amo. Las relaciones, entre jefe

de Estado, Parlamento y Gobierno deben ser claras, directas e inmediatas, sin que democráticamente

puedan aceptarse las interferencias de un organismo secreto.

Fernández-Miranda había querido diseñar un tipo específico de monarquía que si ya no era absoluta,

estaba a años luz de la democracia. Según su concepción —conocida inmediatamente después de su

nombramiento y reflejada, según parece, en un proyecto de Constitución del que sería autor— el Consejo

del Reino, en estrecho contacto con el Rey, sería el supremo órgano de gobierno, algo así como el consejo

de administración del Estado, quedando el Gobierno relegado a la mera condición de comité ejecutivo. El

Consejo del Reino en esa concepción, lejos de ser un organismo intermitente, actuaría permanentemente

dotado de todo el poder e. influencia que le daría el ser punto de convergencia de los demás poderes del

Estado. Tal esquema es claramente incompatible con un sistema democrático y con la propia monarquía,

que sólo es concebible en una sociedad moderna si se aviene con las fórmulas parlamentarias.

Es de esperar, por todo lo anterior, que las nuevas Cortes, cutre las muchas disposiciones transitorias que

han de tomar, adopten la de dejar vacante esa superpresidencia de las Cortes y declaren a extinguir el

Consejo del Reino. Ninguna consideración legu-lesca deberá impedir que los legítimos representantes del

pueblo rechacen. el legado institucional franquista, que si fuera mantenido podría dinamitar esta endeble

democracia a plazo más o menos largo.

 

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