Autor: Herrero y Rodríguez de Miñón, Miguel. 
   ¿Consejo o camarilla?     
 
 Diario 16.    01/06/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

¿Consejo o camarilla?

Miguel Herrcro de Miñón

De todas las instituciones del iran-quismo hay una que, los dioses sabrán la razón, tiene buena prensa: el

Consejo del Reino. Incluso demócratas sinceros o, al menos, de ocasión lo consideran pieza de equilibrio,

estabilizador de la democracia y sostén de la Corona. Sin em-bargo, el Consejo del Reino, por su

composición y funciones, síntesis de todas las instituciones . autoritarias, es, el caballo de Troya que

puede reintroducir la complejidad, la arbitrariedad y la oscuridad en una Constitución, democrática, para

dar jaque al Gobierno de la mayoría, ea el ajedrez que ahora jugamos, verdadero jaque mate al Rey y a la

institución monárquica.

El Consejo del Reino, creado en 1947, no es una originalidad franquista. Su precedente inmediato se halla

en el proyecto constitucional elaborado en 1929 por encargo del general Primo de Rivera; sus orígenes

remotos se encuentran en las, instituciones napoleónicas y sus paralelos aparecen .en todos los sistemas

autoritarios, desde el portugués, de V333 hasta el nepalí de 1962,

¿En qué consiste el Consejo del Reino? En un órgano con pretensiones de representatividad al que se

encomienda asistir al Rey, de tal manera que las principales decisiones de éste aparecen trabadas por su

dictamen semivineulante (recuerde el lector la prórroga de las actuales Cortes) y por sus propuestas (por

ejemplo, el nombramiento de .presidente del Gobierno).

En el momento de su creación, el Consejo se componía de altos funcionarios eclesiásticos, civiles y

militares a quienes, siguiendo su bien demostrada inclinación,. el entonces Jefe del Estado no hizo jqniás

el menor caso. En 1967 la ley Orgánica del Estado modificó su composición, añadiendo una mayoría de

consejeros elegidos por las Cortes, innovación que, dada la. escasa representatividad de esta Cámara, no

tuvo excesiva trascendencia.

El Consejo cid Reino comenzó a funcionar regularmente desde noviembre de 1975 .Repetidamente, en

diciembre de aquel año, en el siguiente mes de enero, siempre que tuvo ocasión, demostró una ley básica,

de la biología política: el instinto de conservación. Colegio de oligarcas nacidos a la sombra del César,

entorpeció ia acción del poder cuando éste amenazó sus privilegios.

El proyecto de reforma Arias-Fraga —que tal vez propugne Alianza Popular— intentaba recomponer el

Consejo sobre dos bases: los altos cargos del Ejército, la Magistratura y la Administración y una

representación paritaria del Senado y del Congreso. Hoy, como ayer, este sistema es profundamente

antidemocrático porque coloca forzosamente en posición minoritaria a la fracción que ostente la posición

mayoritada en el Congreso, es decir, a la fracción que, en cualquier democracia, tiene derecho a gobernar.

A qué extraña inversión de la ley de la mayoría se llegaría si a un Consejo del Reino así propuesto se le

encomendase la propuesta del candidato a la Presidencia del Gobierno!

Pero todavía existe una versión del Consejo más peligrosa por sutil y menos trasnochada. Aquélla según

la cual las Cortes elegirían a totalidad de los consejeros, de manera que el organismo en cuestión fuera

vina especie de "comisión permanente" de la Cámara. Allí se tomarían las decisiones —v. gr. propuesta

del candidato a la Presidencia del Gobierno— que las Cortes en pleno no harían sino corroborar y, de esta

manera, los poderes que el voto popular atribuye a sus representantes serían detentados por los jefes de

los diversos grupos parlamentarios. El sistema ya funcionó en la Checoslovaquia de la primera posguerra,

donde contribuyó decisivamente a esclerotizar la vida pública en beneficio de la burocracia interna de los

partidos. ¡Piense ahora el sector lo que ocurriría en las próximas Cortes si los fluyentes y aún no del todo

cristalizados grupos políticos fueran sustituidos en los aledaños del poder por sus autodsignados

dirigentes!

Porque, ¿qué es el poder? Tiene poder quien, al menos, puede tablar ante el poderoso. Tal es la esencia de

las "camarillas". Las Cortes —y el electorado que representen—- serán poderosas no tanto porque

gobiernen, sino en la medida en que puedan debatir y controlar la acción del Gobierno; en la medida en

que cada parlamentario y la fracción de opinión publica que representa pueda hacerse oír libre y

eficazmente en ellas; ea la medida en que el Gobierno responda directamente ante los representantes

elegidos por el pueblo.

Nada más contrario a unas Cortes así concebidas —concebidas como a la democracia adulta

corresponde— que ina instancia intermedia regida por la "ley de bronce" propia de los partidos, esa ley

merced, a la cual los plumíferos de turno excluyen a los parlamentarios y sus bases, y por la "regla del

sigilo" propia de las camarillas y de los Consejos.

 

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