Autor: Garrigues, Antonio. 
   Situación excelente, ¡ataco!     
 
 ABC.    14/10/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

"SITUACIÓN EXCELENTE, ¡ATACO!"

YA he recordado antes de ahora esta frase del general Foch al iniciar la batalla del Marne:

"Atacan duramente por la derecha; mi centro sucumbe, imposible maniobrar, situación

excelente ¡ataco!». Y atacó, no sólo en un primer momento, que eso es fácil, sino todo el

tiempo necesario hasta primero restablecer el equilibrio y luego cambiar el signo de la

situación.

En España, nuestra batalla del Marne tiene estas características: la inflación se desencadena y

amenaza devorar los afectos de la devaluación; el ahorro no existe o se dilapida; la balanza por

cuentas corrientes es fuertemente deficitaria; el desempleo aumenta; la inversión brilla por su

ausencia; las suspensiones de pagos, no ya de las empresas estructurales enfermas

-respecto de las cuales las crisis son un saneamiento-, sino de las más sólidas y arraigadas,

están latentes o patentes; la base financiera, que es la clave de la economía libre, falla; los

créditos se conceden con cuentagotas; las tetras se descuentan tarde o nunca; el costo del

dinero se eleva a cifras que lindan la usura; el interés interbancarlo alcanza cotas increíbles; la

Bolsa se hunde; el endeudamiento exterior es fuerte; la tendencia del costo de la energía es a

subir; falta capacidad exportadora, en parte por la debilidad de la estructura industrial y en

mayor parte por inexperiencia,

Excepto la Monarquía, que esté cumpliendo admirablemente "su misión, las nuevas

instituciones no dan la medida y a veces dan la desmedida: el orden públic0o flaquea; los

partidos no tienen base, son poco más que una denominación; igual les pasa a las centrales

sindicales; la Constitución -en medio de un «vacuum legal" avanza lentamente; la

regionalización, sorprendentemente; las huelgas, salvajemente; la democracia hace agua y

nadie hace nada por achicarla, como si se navegara por un mar de rosas, y cuando las

Fuerzas del Orden Público cumpen con su deber, que es el de restablecer el orden, bajo

cualquier régimen político, se las tilda de «represivas», como si su operación debiera ser la de

cooperar o contemplar el desorden.

La gente tiene miedo; está ganada por el desaliento; el sabor de la vida se está haciendo

amargo, se ha desatado un verdadero furor crítico, se critica todo y, lo que es peor, se injuria y

se calumnia, y se revuelven morbosamente todos los pesos hasta lograr enturbiar las aguas

más claras; de la pornografía, que en una sociedad sana es cosa marginal, se está haciendo

un verdadero culto central; un revanchismo siempre latente está tomando cuerpo y figura: el

terrorismo, que es una plaga internacional y una maldición, se discrimina en bueno y malo

y en asesinatos o ajusticiamientos, según sea el color de sus autores, y las izquierdas (viejas y

nuevas) y las derechas disputan entre ellas sobre si todo es consecuencia de los mal llamados

cuarenta años o, al contrario, de su no prolongación indefinida, cosa que recuerda mucho, en

las circunstancias presentes, esa otra disputa de los conejos -prototipo de la medrosidad-

sobre si los perros que, mortalmente, se les venían encima, eran galgos o podencos.

Y dicho esto, que es, desgraciadamente, así, hay que añadir lo siguiente: el tránsito del poder

personal al de participación e institucionalizaión se está produciendo de una manera

admirable: primero, por la acción estabilizadora de la Monarquía de Don Juan Carlos; segundo,

por los Gobiernos de la Monarquía, y tercero, que no es en modo alguno el último, por la

moderación y el instinto político de que está dando pruebas el pueblo español en su conjunto.

El que las Cortes funcionen deficientemente es lo natural -lo contrario seria sobrenatural-.

Desde el acabamiento de la Monarquía absoluta, a principios del siglo XIX, España no ha

vivido nunca una verdadera democracia hasta la etapa de la restauración alfonsina, con la

democracia caciquil pero funcional, para esa época, del canovismo; luego vino la Dictadura de

Primo de Rivera; luego la República, en cuya muerte todos pusieron sus manos; luego la

guerra civil; luego los cuarenta años del franquismo, hasta la restauración de la Monarquía

actual. Que de estos polvos hayan nacido estos barros y no una democracia perfecta y armada

de todas sus armas como si saliera de la cabeza de Júpiter es lo que está siendo y tiene que

ser así por algún tiempo; un tiempo que el arte de la política tiene que esforzarse en acortar y

disminuir; pero pensar en otra cosa es soñar esos sueños mágicos y taumatúrgicos a que son

dados los españoles.

El problema económico es gravísimo porque, aunque es verdad que con sus más y sus menos es universal,

en España está

sobreagravado por la situación política, que es especial. Pero los problemas de la inflación, del

desempleo, de la falta de

inversión, de la escasez de recursos financieros, del desequilibrio de la balanza de pagos, del

endeudamiento

exterior, etcétera, son problemas comunes cuyo tratamiento es conocido como son conocidas

las limitaciones y dificultades de su aplicación. No hay nada que descubrir ni inventar, sino que

es cosa de poner manos a la obra.

Es cierto que el poner manos a la obra en estas cuestiones que afectan profundamente al vivir

de las gentes es una de las tareas más difíciles y arriesgadas de la empresa política, pero,

paradojicamente, es mucho más difícil y arriesgado cuando hay otras opciones que cuando

sólo hay una. Y éste es el caso de España, y lo es en tal manera que la gente española no está

asustada de las medidas que se puedan tomar, sino de las medidas que se deben de tomar.

Por repetir otra cita histórica recordaré las palabras de Jenofonte, que en la famosa "Retirada

de los 10.000» logró sacarlos desde el fondo de Asia hasta las orillas del Mar Negro rodeados

de enemigos y de formidables accidentes naturales, salvando así de la muerte a este puñado

de heroicos soldados. Estas fueron sus palabras: "¿Por qué permanezco acostado? La noche

avanza y lo más probable es que apenas raye el día se presenten los enemigos. Nadie piensa

en defenderse, nadie busca los medios para rechazar al enemigo; permanecemos acostados

como si el ocio nos fuese permitido. Y yo, ¿a qué edad aguardo? Ciertamente que nunca seré

mayor si hoy me entrego a los enemigos.»

Hay que poner manos a la obra porque la noche avanza y el despertar puede ser irreparable;

y ponerlas conscientes de que no es la obra de un día, sino de algo que requiere, con una gran

determinación para vencer foda posible resistencia, de una larga paciencia, porque eso es la

política.

Y hay, sobre todo, que ganar la confianza y la fe de las gentes. Pero la fe es por el oído, y si no

se habla, si no se dice nada, ¿cómo se puede tener fe en lo que se desconoce? En la

oscuridad y en la ignorancia todos los desatinos son posibles.

No hay más que una opción, como Cortés y el puñado de sus hombres no tenían más que una

cuando quemaron sus naves. La opción única en España es la Monarquía democrática, pero

de una democracia que no renuncie a lo que legítimamente le pertenece, que es el sentido de la

autoridad. La situación es, pues, excelente; hay que atacar.

Antonio GARRIGUES

 

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