Autor: Gil-Robles Gil-Delgado, José María. 
   Basta de propaganda gratis     
 
 Pueblo.    09/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

BASTA DE PROPAGANDA GRATIS

Por José María Gil-Robles

CASI veinte minutos, de los treinta y cuatro que duró su alocución televisada del pasado 3 de mayo, los

dedicó don Adolfo Suárez a justificar su reciente y manoseada resolución de reconocer la legalidad del

Partido Comunista. Esperamos que con ello se cierre la campaña de propaganda de ese partido que

gracias a los tanteos, vacilaciones y torpezas del Gobierno se nos viene haciendo en los últimos meses.

* Que el nacimiento y el desarrollo inicial del Partido Comunista ha sido en casi todos los países en

grandísima parte fruto de la política totalitaria de signo opuesto, es casi un axioma que como tal no

precisa demostración. Por lo que a España respecta, pocos serán los que no reconozcan que la machacona

propaganda anticomunista del régimen del general Franco, su actuación arbitraria continua y su empeño

en mantener en la clandestinidad - con todos los grandes favores que ello implica - al grupo al que

acusaba de obediencia a Moscú, ha dado al Partido Comunista la oportunidad, que ha sabido aprovechar

hábilmente, de presentarse como la única víctima verdadera de la persecución dictatorial del régimen y de

los grupos violentos que con mayor vehemencia enarbolaban la socorrida bandera antimarxista.

* Como en todos los países que siguen parecidos métodos, el comunismo pasó de ser entre nosotros un

fenómeno social de proporciones más bien modestas a la amenaza de un fantasma agrandado por el temor

de los mismos que le combaten. El miedo ha sido siempre un pésimo consejero.

* De mi posición doctrinal respecto al comunismo no creo que nadie pueda dudar de buena fe.

Por su materialismo irreligioso, por su incompatibilidad con mi concepción del hombre y por su innata

esencia antidemocrática, no he sido, no soy y no seré partidario ni aliado del comunismo. A pesar de ello,

y por las mismas razones que el día pasado expuso el jefe del Gobierno, propugné sin vacilar su

reconocimiento. El enemigo conocido pierde en gran parte su peligrosidad, y el día en que un régimen

político deja de ser perseguidor sistemático, el perseguido pierde grandísima parte de su carácter de

víctima. No creo que sea un acierto hacer del anticomunismo la única bandera.

* Lo que nunca pude pensar fue que

un régimen nacido del franquismo y fiel en gran parte a su mentalidad se convirtiera, seguramente sin

quererlo, en el mayor propagandista que el comunismo ha tenido en España, obligando a la Prensa,

cumplidora de su labor informativa, a llenar diariamente varias de sus páginas - y no durante una ni dos

semanas - para contarnos las incertidumbres, las contradicciones y los errores en torno al Partido

Comunista.

* Fue en primer lugar el exordio carrillista. ¿Viene o no viene a España el secretario del Partido

Comunista? ¿Se le concede o no se le concede pasaporte? ¿Qué se hará con él si se atreve un día a pasar

la frontera? Los comunicados oficiales, con insistencia digna de mejor causa, hacían gala de la firmeza de

sus propósitos, casi con tanto énfasis como en los buenos tiempos en que el flamante candidato popular-

demócrata a la senaduría por Madrid, señor Arias Navarro, disponía de la suerte de buen número de

españoles desde la Dirección General de Seguridad.

* Y entre tanto, pocos eran los españoles con contactos con la política, por superficiales que fueran, que

no supieran que el bueno de don Santiago cruzaba la frontera cuando le placía, se paseaba como quería

por Madrid y convocaba ruedas de Prensa, hasta que un cuidadoso servicio policiaco dio fin al entretenido

episodio, poniendo al señor Carrillo y su peluca a disposición de la autoridad. El episodio acabó en agua

de borrajas, pero la publicidad batió todos los récords, si no llega a superarle el «show» de La Pasionaria,

que ocupará tal vez muy pronto páginas y columnas de los órganos informativos.

* Pero nada de esto se iguala con lo ocurrido en torno al reconocimiento del Partido Comunista. Pudo

muy bien el Gobierno haber soslayado el tema, con un flexible régimen transitorio con efectos meramente

electorales, hasta que las futuras Cortes, que deben ser constituyentes, aunque no estoy muy seguro de

que consigan serlo, decidiera el régimen definitivo de todos los partidos político. Entre tanto habla el

margen necesario para convencer a los recalcitrantes, tranquilizar a los alarmistas y dar margen a que el

tiempo ayudara a distinguir entre realidades y fantasmas.

* Los juristas que asesoran al Gobierno - y que se han hecho acreedores, por lo menos, a la Cruz

de San Raimundo de Peñafort - lo entendieron de otro modo, y contra los más sanos principios que

establecen una neta distinción entre lo político y lo jurisdiccional, largaron el paquete al Tribunal

Supremo. No se necesitaba ser hombre muy versado en el Derecho para saber cuál tenía que ser la

decisión de nuestro más Alto Tribunal; y que en vista de ello el Gobierno no tendría más solución que la

que tomó el último día de la Semana Santa: reconocer al Partido Comunista, después de que el fiscal del

Reino, tan competente en materias terroristas, dictaminara, según mis noticias, que un grupo político que

presentaba a aprobación unos estatutos impecables, no tenía por

qué ser objeto de un trato discriminatorio.

* La solución fue la razonable, pero su premiosa y poco feliz tramitación dio lugar a que durante largos

días las necesidades informativas obligaran a los medios de comunicación social a una intensa

propaganda del partido contra el que el tiempos pasados y aun presentes se han formulado tantos y tan

severos vetos.

* Teníamos derecho a pensar que la propaganda gubernamental - gratis por supuesto - en torno al

Partido Comunista y sus figuras más destacadas había concluido. La extensión con que el señor Suárez ha

vuelto sobre el tema en su alocución televisada me ha preocupado ligeramente. ¿Es que no estaría

convencido do que acertó cortando de una vez por lo sano? ¿Han surgido nuevas dudas o antiguos

dudosos a los que todavía es preciso convencer? No lo creo ni lo quiero.

* Prefiero pensar que la poco feliz argumentación en que apoyó su decisión de lanzarse a la arena

electoral, necesitaba una derivación a temas tras conflictivos. Pienso que en esto se equivocó. El

reconocimiento del Partido Comunista es, hoy por hoy, materia archivable.

* ¡Por amor de Dios! No volvamos a un tema que durante tantos años ha monopolizado en labios de

los gobernantes, y en la preocupación de los gobernados el espacio que otros asuntos habrían ocupado con

mayor provecho. ¡Y acabemos de una vez con esa propaganda alimentada por la falta de tino de los que

gobiernan!

 

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