Autor: Blom, Ricardo. 
   Gil-Robles (senior)     
 
 Arriba.    22/05/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

GIL-ROBLES (senior)

A la edad de setenta y nueve años el infatigable tribuno acude ante las mismas urnas donde los

padres y abuelos de los electores de hoy le otorgaron, en 1931, un escaño por Salamanca, su

provincia natal. Comparecía entonces como agrario y representa ahora a la Democracia

Cristiana del oeste, lo que, con diferentes nombres, viene a ser lo mismo. Porque José María

Gil-Robles y Quiñones es un ejemplo cierto de continuidad y coherencia política a lo largo de

cincuenta y cuatro años de activismo desde que, recién ganada la cátedra de Derecho Político

de la Universidad de La Laguna, ingresara en 1923 en el partido Social Popular de Ossorio y

Gallardo, La derecha es su terreno.

Orador excepcional capaz de sugestionar a las multitudes, parlamentaria de respuesta rápida y

acerada, escritor de pluma fácil, editorialista sutil, fue el hombre más odiado por las izquierdas

españolas durante la segunda República. El «cabeza de pera», como le llamaban, descargó

sobre socialistas y republicanos una agresividad inclemente de la que no escapaban ni los más

moderados. Fue enemigo personal, y correspondido, de Alcalá Zamora. Envalentonó y

reorganizó la burguesía rural y urbana. Vitalizó el Ejército, muy disminuido desde la ley de

retiros. Las juventudes derechistas de entonces reclamaban «todo el poder para el Jefe» con

un entusiasmo que hacia palidecer de envidia a los líderes fascistas.

Sin embargo, aunque no vacilara en asistir como observador en 1933 el congreso nazi de

Nuremberg, Gil-Robles no era un fascista, sino un cató-íleo autoritario a la moda de la época.

No llegó a impugnar esencialmente la República, pese a que no le produjera especiales

simpatías. Nunca atacó las instituciones parlamentarias, aunque había colaborado en la

redacción de algunos estatutos de la dictadura primorriverista. Defendió el sufragio universal y

acató el veredicto de las urnas, que, por cierto, nunca le fue adverso.

Redactor primer hoy subdirector después de «El Debate», gozó de la predilección de su

director. Ángel Herrara, quien sería con el tiempo importante prelado de la Iglesia española. En

1930 pertenecía al movimiento de reacción ciudadana. En 1931 se incorporó a Acción

Nacional, cuyo comité ejecutivo pasó e presidir simultáneamente al cambio de nombre por

Acción Popular Como cabeza en 1933 de la alianza de rechista CEDA, consiguió la mayor

minoría del Congreso: 115 diputados. Apoyando entonces al Gobierno Lerroux - al que se

incorporó en 1935 como ministro de la Guerra - dirigió la destrucción implacable de toda la obra

política del «bienio Azaña». Tras la derrota de febrero de 1936, perdió no sólo la fuerza

parlamentaria, sino incluso el respaldo de las derechas, que buscaron un nuevo líder en Calvo

Sotelo.

Aunque intentó colaborar en la preparación del movimiento militar de 1936, diversas

circunstancias, entre las que, sin duda, cuentan su afición al parlamentarismo y su respeto por

el sufragio, hicieron imposible que colaborase en la política oficial de la posguerra. Se acercó

entonces a Estoril y propició, en 1948 y en 1962, los acercamientos entre monárquicos y

socialistas, negociando a tal fin con Prieto y Llopis. Líder de una rama de la democracia

cristiana, dimitió en fecha reciente para facilitar la unión de este sector político, que, sin

embargo, no ha llegado a concretarse, pues, mientras la FDC comparece a las próximas

elecciones con listas propias, el PDC lo hace dentro de la coalición Unión del Centro.

Parece lógico que el viejo luchador José María Gil-Robles y Quiñones consiga, con votación

brillante, el escaño por Salamanca. En las Cortes constituyentes, este abogado astuto e

inteligente, que nunca fue un hombre cómodo, lo será aún menos cuando, por su avanzada

edad, no siente otros compromisos que los establecidos con su conciencia. Suscitará de nuevo

fuertes enemistades, pero contribuirá seguramente a elevar el tono de muchos debates.

Ricardo BLOM

 

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