Autor: Muñoz Alonso, Alejandro. 
   Matar una ilusión     
 
 Diario 16.    16/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Viernes 16 septiembre 77/DIARIO 16

Matar una ilusión

Alejandro Muñoz Alonso

Desde hace unas semanas se vienen multiplica:ido los síntomas de inquietud política. Pasada la euforia de

los primeros momentos y ultimados los rito., de consagración de la democracia, ha empezado a cundir la

impresión de que todo sigue igual. Hubo unas elecciones, pero propiamente todavía no tenemos un

Parlamento porque ambas Cámaras carecen aun de reglamento y faltan los mecanismos para hacer

operativa su presencia. Se formó un Gobierno homogéneo, monocolor, a base de los hombres del partido

ganador y bajo el indiscutible liderazgo de Suárez; pero tanto la opinión pública como los círculos

políticos piensan que no existe una acción de gobierno digna de tal nombre y acusan al equipo

gubernamental de navegar a ojo sin un plan de conjunto y alcance, atento solo a eludir los escollos

inmediatos.

Tan solo en el terreno económico fue posible articula: un programa, ¡pero sus mismos autores temes que

sin una negociación, que hoy parece imposible, con las fuerzas sindicales y sin la coherencia

gubernamental suficiente para impulsarlo, aquel programa quede empantanado en los varaderos

parlamentarios. En estas circunstancias, la situación económica es ahora más grave que hace medio año,

nadie ve en el horizonte síntoma alguno de recuperación y salvo los providencialistas, para quienes al

final todo se arregla, se piensa que nuestros males económicos paro, inflación, descapitalización,

descenso de la producción, ausencia de inversiones están lejos de haber tocado fondo.

Añadamos a todo esto la endeblez de las estructuras partidistas y sindicales, las dificultades surgidas en la

negociación de la; autonomías regionales, que en el caso vasco están legando al paroxismo Irracional, y,

en general, el agravamiento de los proolemas heredados de la dictadura. Por otra parte, en el ámbito

internacional la imagen de España ha mejorado notablemente y se nos nan abierto unas puertas que

estuvieron cerradas a cal y canto durante cuarenta años

¿Quien es culpable?

¿Quién es responsable de que hayamos llegado a esta compleja y descorazonadora situación? Casi no

importa. El juego infantil, que ya están practicando algunos hombres del Gobierno y de la oposición, de

asignar todas las culpas al contrario no resuelve nada, pero, posiblemente, significa mucho. Ni loa unas

ni los otros son responsables de la gravedad de ciertos problemas que vienen de muy atrás. Por supuesto,

el Gobierno, sobre todo, es culpable de no haber avanzado ni un milímetro en la solución de esos

problemas, perdiendo lamentablemente el tiempo en intrigas de gallinero y dando al país el penoso

testimonio de lo que no debe ser un Gobierno.

Pero unos y otros, gobernantes y oposición, son responsables solidarios del hecho político más grave que

ha ocurrido aquí en las últimas semanas: haber matado o estar a punto de matar la formidable ilusión

democrática de nuestro pueblo. Cuando los españoles se echaron a la calle el 15 de junio para invadir los

colegios electorales estaban apostando casi unánimemente por el cambio y la democracia.

El pueblo, al margen

A sólo tres meses de aquella explosión democrática, la desilusión ha ocupado el lugar del entusiasmo. El

pueblo, los nuevos ciudadanos, titularas teóricos del nuevo poder, siguen tan al margen como siempre de

la vida política. Los políticos que derrochaban halagos para conseguir votos han vuelto la espalda a sus

electores y se han dedicado a un juego de salón y de pasi11o, parecido, como una flota de agua a otra, a

las intrigas de antaño. Entre las filas de los hombres del Gobierno y de la oposición no sólo no abundan

los estadistas, sino que escasean los que alcanzan el nivel medio de los políticos de batalla. El franquismo

ha dejado en unos y otros más huellas de las que quieren reconocer.

Al pueblo le robaron el voto y le han dejado a solaas. Nadie se ha preocupado por hacer sentir su

importancia a los ciudadanos que están padeciendo en su carne el peso de una situación económica cada

vez más deteriorada y en su espíritu la frustración de la ilusión democrática. Un Gobierno que no tiene

programa o no lo pone en práctica, unas Cortes sin otra preocupación que la de discutir el caso de un

aporreado diputado, un partido gubernamental que no parece tener otra realidad que su división y sus

contradicciones, unos partidos de la oposición aferrados cada uno a su particular cantinela y anegando

todo un descomunal océano de demagogia: tal parece ser nuestra inmediata realidad política. Para la gente

la política sigue siendo un asunto ajeno, el asunto de ellos No hay puentes con el poder. Y sin puentes no

hay democracia.

 

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