Autor: García Serrano, Rafael. 
   Personal     
 
 El Alcázar.    03/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Por Rafael GARCÍA SERRANO

MIÉRCOLES, 2 DE FEBRERO

La Democracia Cristiana, cuya capital ha sido Madrid durante cuarenta y ocho largas horas, ha cambiado

mucho, y ya no organiza procesiones, ni rosarios, ni novenas, ni velas al Santísimo, ni triduos, ni canta

encendidos motetes, ni nada de eso. Allá hacia 1935, por ejemplo, Joaquinito Ruiz Jiménez, que ya

comenzaba a ahorrar de sus pagas dominicales para hacer donativos a la Falange con el fin de que

comprase pistolas para combatir "a los malos" —que yo sé a quien le daba los cuartos—, creía que el

sufragio universal era una gran misa de difuntos transmitida por Radio Vaticano con música de Perossi, y

ahora ya sabe que es otra cosa, si bien no tiene idea exacta de qué sea, pero Montini le dijo: "Anda,

Joaquín, tu a la izquierda y al sufragio universal", y a ello se dedica como en su infancia a ofrecer flores a

María. Ahora se las ofrecerá también a la señora de Carrillo, y todos los demás jefes demócratas

cristianos harán lo mismo con las señoras de los jefes de los partidos eurocomunistas y también del

soviético, porque ellos saben muy bien quien manda en la iglesia marxista.

A mí la Democracia Cristiana me conmueve mucho porque aplica a los pueblos sobre los que cae como la

langosta, los principios político-administrativos de la Iglesia, que son altamente totalitarios, porque cada

vez que muere un Papa los cardenales que no han pasado a la B eligen al sucesor muy democráticamente,

y como saben de qué va le conceden un poder autocrático tan inmenso que solamente queda paliado, en

algunos asuntos, por la intervención del Espíritu Santo, en el cual creo fervorosamente por obediencia al

dogma y por mi profunda fe. Solamente con la ayuda del Espíritu Santo se explica que nuestra Santa

Iglesia haya resistido a Dom Sturzo, a von Papen, a Gil Robles, a De Gasperi, entre los históricos, y a los

reunidos en Madrid, así como a Juan XXIII y Pablo VI.

Personalmente el único democristiano que me ha caído bien es don Camilo, aquel cura que se inventó

Guareschi para poner en solfa a los comunistas de su país. La verdad es que la pareja que componían don

Camilo y el alcalde Peppone era un soterrado y nostálgico recuerdo del fascismo.

Este Concilio de Madrid D.C. se ha llamado "Encuentro con Europa", porque hasta ahora España jamás

se había encontrado con Europa como recordarán los belgas de Leo Tindemans, los italianos de Aldo

Moro, los franceses de Jean Lecanuet, los portugueses de Freitas do Amaral los holandeses de Van der

Stee, los alemanes de no sé quien —y calculo que quien sea habrá dado las gracias por los reiterados

pedidos de "Mercedes" blindados que hacemos desde que somos libres—, etc., etc., que si son católicos

se lo deben en buena parte a la acción armada española en la Contrarreforma y a un señor borgoñón cuyo

mayor honor era formar en las filas de los Tercios Españoles como un guripa más.

De modo que nos encontramos con Europa en estos dos últimos días, con las ganas que teníamos, pero no

nos dejaron meterla mano —que es lo que Europa está necesitando y pide a gritos— porque una cosa es

suprimir los triduos y olvidar el rosario y otra muy distinta, autorizar tocamientos por parte de estos

cardenales y prelados civiles del Vaticano, que son muy rigurosos en estos asuntos, aunque a veces sean

tolerantes con otros que suelen conocerse con el nombre de "affaires". Y eso que al fin y al cabo Europa

no tiene nada que perder, que ya se la llevó al río un toro, que de ese ligue estoy enteradísimo.

Europa ya se ha ido con estos graves señores, cubierta de claveles rojos y lirios purísimos, y aquí nos han

dejado a Dollfuss-Gil Robles, magníficamente caracterizado de Charles Laughton, que es que lo ven en

Hollywood y nos lo arrebatan, lo que Dios no permita, y a nuestro viejo Joaquín, que sintió tanto no ser

camarada, con la boca florecida de homilías electoralles.

Y ahora que se han ido los europeos, los celtíberos tendrán que comenzar a contar las cucharillas, los

relojes de pulsera y las alianzas.

 

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