Autor: Massó Tarruella, Ramón. 
   El crepúsculo de los gestores     
 
 Diario de Barcelona.    01/10/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 26. 

DIARIO DE BARCELONA SABADO 1 DE OCTUBRE DE 1977

Opinión

El crepúsculo de los gestores

Decía M. DUverger que, en política, distintos tipos de hombres se ven compelidos, a causa de sus

tendencias personales, hacia una posición política determinada.

Un análisis histórico, por rápido que sea, nos muestra -como agudamente observaba Joaquín Garrigues

comentando el parcialiamo de la tipología política de Ortega ("Mirabeau o el político")- que no existe un

tipo, exclusiva de político. Políticos fueron personalidades tan distintas como Mirabeau y Fouché,

Napole6n y Talleyrand. Como lo han sido De Gaulle, Salvador Allende, Kennedy o Churchill.

Sin pretender analizar o pormenorizar los siete u ocho posibles tipos de políticos, puede ser de interés un

análisis de dos modos de participar en la política que se dan con frecuencia.

Estrategas y tácticos

La vieja clasificación militar que distinguía entre los que planean las líneas generales de las guerras y los

responsables de dirigir las batallas concretas se incorporó hace tiempo al mundo de la empresa.

Siguiendo este esquema, se distingue claramente en las empresas entre directivos y administradores.

La misión de los directivos consiste en fijar los planes generales, los criterios que regirán la actuación y

los objetivos que se pretenden alcanzar. Los administradores son, en cambio, aquellas personas cuya

misión es poner en práctica de modo ordenado, puntual y minucioso lo proyectado en los

planes generales. Los estrategas son creativos. Los administradores son gestores.

También en el plano político se produce esta dualidad tipológica entre el político que hace previsiones de

futuro y el gestor que desarrolla los acuerdos tomados. Ocurre, sin embargo, que es frecuente que en las

dictaduras obsesionadas por dar una imagen de efectividad material para paliar la ausencia de valores

superiores y no suficientemente tangibles que la misma dictadura ha arrasado- los gestores o

administradores ocupan un protagonismo que no tendrían en una sociedad democrática.

En 1957, en el importante relevo ministerial que dirigió Carrero Blanco e inspiró López Rodó, se

sustituyó a los improvisadores de la posguerra por administradores y técnicos. La aportación de estos

hombres, si hacemos salvedad de la filosofía política en que se sustentaba, fue efectiva y condujo al

desarrollo de los «felices» sesenta. Entre aquellos hombres destacó por su constancia, por su capacidad

para poner en practica «dossiers» y proyectos, López Rodó.

El «politing» de López Rodó

Recientemente, Laureano López Rodó, diputado de Alianza Popular, ha publicado un extenso libro

titulado «La larga marcha hacia la Monarquía», el exministro describe en sus páginas las peripecias de la

sucesión de Franco por el sendero monárquico, desde los lejanos tiempos de la guerra civil, hasta el 20

de noviembre de 1975.

López Rodó se presenta en el libro como uno de los principales artífices del nombramiento, como

heredero, del actual titular de la Corona, después de hacer disminuir las posibilidades del conde de

Barcelona y de otros pretendientes al Trono.

Como el tema me ocupó activamente durante años, he leído el libro con atención encontrando en él varios

datos erróneos. Por haber vivido más cerca de algunos personajes que el propio López Rodó, rectificaré

algunos -sólo algunos- de estos errores.

Así, por ejemplo, la primera expulsión de España de D. Carlos Hugo no se produjo en 1957 con motivo

de

mi presentación en Montejurra, como dice el autor, niño dos años después, (El error es importante porque

Franco tenía noticia de aquella primera aparición del líder carlista y no la impidió, ya gue la expulsión no

se produjo hasta dos años más tarde.)

En cuanto al lema de la nacionalidad de los Borbón-Parma, López Rodó silencia -aunque conocía

perfectamente el dato puesto que de ello hablamos en Presidencia del Gobierno en febrero de 1964- que

el actual presidente de las Cortes, profesor Hernández Gil, emitió un dictamen favorable al expediente de

reconocimiento de la nacionalidad española de la familia Borbón-Parma.

Estos errores, ausencia de datos fidedignos o versiones de segunda mano, se traen en colación

únicamente porque las impresiones de López Rodó, que evidentemente a él le parecerán nimiedades,

revelan que de su ponderación de los acontecimientos está ausente el peso de lo estratégico.

Con esta óptica, López Rodó transcribe prólijamente en su libro las innumerables versiones del texto de la

«concesión-reconocimiento» de título que se hizo a don Alfonso de Borbón Dampierre (otro de los

pretendientes) dando primacía al formulismo nobiliario de la anécdota sin penetrar decididamente en la

trastienda de la cuestión sucesoria.

El ocaso del gestor político

Aunque el análisis gue vengo realizando se refiera a una sola persona, pretende ser más amplio y tiene en

realidad como objetivo diseccionar un prototipo; el de aquellos políticos que, cegados por el inmediato

presente, olvidan la estrategia de futuro y dedicantodos sus afanes a la gestión o a la táctica cotidiana.

El resultado suele ser que, cuando el futuro llega, les desconcierta.

Tal puede haber sido el caso de López Rodó, a quien sus principios políticos le llevaron a decir, en la

década de los sesenta, que «los fieles gue apoyarán al régimen serán los funcionarios del Estado».

Su lógica era coherente y lineal. Quienes entiban sujetos a un juramento, en ningún momento se iban a

rebelar, replanteándose las bases institucionales del Estado a cuyo servido se habían adscrito. En su

mentalidad de leal administrador era inconcebible que, después de la muerte de Franco, pudieran

modificarse las Leyes Fundamentales. Siendo ministro afirmó textualmente: «quiero decir que el nuevo

Gobierno podrá modificar, si tú quieres, el reglamento de las industrias insalubres y cosas por el estilo...»

(S. Paniker, «Conversaciones en Madrid».)

A esta luz puede comprenderse mejor el singular fracaso de Alianza Popular en su campaña electoral.

Una

campaña que sus promotores nutrieron del pasado olvidando que el franquismo había desaparecido.

Los escasos logros obtenidos por Alianza en las elecciones y la mutación legislativa acaecida no

deberían ser, sin embargo, para López Rodó lances sorprendentes y extraños a la política. Años atrás,

cuando Carrero fue dinamitado, el poder de López Rodó se volatilizó. Con lógica sorpresa por su parte,

Franco no se volvió a llamar. Pero tampoco, posteriormente, la Corona, a cuya implantación contribuyó.

Había servido al País, o a Franco, o a la Institución Monárquica a través de un personaje interpuesto.

Había estado ejecutando planes que otros habían prefigurado.

El político democrático

La política española nos demuestra diariamente que un político democrático es algo muy distinto aun

administrativista o a un gestor. El político barrunta constantemente lo que ocurre, lo que se hierve en la

calle, lo que puede suceder, lo que se espera de él. Un ejemplo; Suárez, con su habitual estrategia de

adelantarse a los acontecimientos y con su capacidad de maniobrar en grandes áreas, es un político, guste

o no a sus adversarios. La misma minusvaloración que López Rodó manifiesta hacia Suárez es todo un

índice de la dificultad que encuentra el ex ministro para percibir el fenómeno político.

Tenía razón el presidente López Portillo de los Estados Unidos de México cuando decía que el presidente

Suárez pertenecía a una nuem generación. Es muy posible que la clave del ocaso del gestor político esté

precisamente en lo que alguien ha llamado ruptura generacional.

Si la campaña electoral ha dado indicios de que la mayoría de los políticos de antes -fueran franquistas,

republicanos de la Segunda o de la CEDA- tienen poca capacidad para engranar con el país, es muy

punible que la dinámica del proceso constituyente en la que hemos entrado nos muestre que los políticos

que serán capaces de llevarse el poder a su parcela serán los que, además de haberse identificado con los

principios de la democracia, sean estrategas de la realidad y no simples gestores de un programa más o

menos aprendido o aceptable sumisamente.

Ramón Masso Tarruella

 

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