Autor: Tusell, Javier. 
   La Unidad de la DC, de nuevo     
 
 Ya.    19/01/1977.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

LA UNIDAD DE LA DC, DE NUEVO

HACE algunas semanas escribí en estas mismas páginas un artículo en el que solicitaba la urgente unión

de todos aquellos grupos que en nuestro país quieren inspirarse en las doctrinas de la Democracia

Cristiana. El progreso en esta dirección, desde aquella fecha, ha sido significativo: creo poder afirmar que

la conciencia de la necesidad de unidad se está haciendo patente cada día que pasa de una manera más

acusada. También ha existido un avance, aunque lento, en cuanto a fórmulas concretas. En este sentido

cabe calificar de indudablemente positiva la inclusión en el Comité Electoral del Equipo del Estado

Español de la Democracia Cristiana del Partido Popular Demócrata Cristiano, que preside el señor

Alvarez Miranda. Las llamadas a la unión son cada vez más frecuentes y existe una cierta seguridad de

fondo en que, en el momento de los comicios, se podrá ofrecer una fórmula capaz de atraer a una porción

importante del electorado español. Sin embargo, parece evidente que camino que se sigue en este proceso

unitario es demasiado lento, y ante una inminente campaña electoral la tardanza no es sólo un peligro

posible, sino que puede resultar una derrota segura.

CREO que existen tres graves tentaciones en ese camino hacia la unidad que la sociedad española

imperiosamente nos demanda. Están presentes, desde luego, en el pensamiento y en la acción de aquellos

partidos que, durante décadas, han militado en la oposición al régimen franquista y pueden constituir un

grave impedimento para que la unión se llegue verdaderamente a producir. Como éste es el medio político

en que el autor de estas líneas actúa, me siento capacitado para denunciarlas.

LA primera tentación es la del exclusivismo. Sin duda está bien fundamentada con importantes

argumentos: han habido grupo políticos que durante años han estado esperando poder lanzarse a la

palestra de la acción política con la bandera de la Democracia Cristiana, que ahora no quieren dejarse

arrebatar por otros grupos, máxime cuando, con pleno merecimiento, han obtenido un reconocimiento

internacional. A este respecto cabría, sin embargo, esgrimir un contraargumento de raíz histórica. Durante

los años de la República también determinados sectores políticos se encastillaron en posturas

exclusivistas vetando para la CEDA la consideración de partido parlamentarlo y posibilista. El resultado

de esta actitud fue todo lo contraproducente que se sabe para las instituciones republicanas. Algo así

puede suceder con la Democracia Cristiana en la hora presente. Digámoslo claramente: la UDE erró

gravemente al pretender convertirse en asociación del Movimiento o al considerar posible una evolución

hacia la democracia en tiempos en que vivía el general Franco, pero también hemos errado los que

militamos en la oposición al considerar que un tránsito de la dictadura a la democracia no era posible sino

por la fórmula de la ruptura. Si ésta debía producirse era lógico esperar en este momento un gran

crecimiento de los partidos demócratas cristianos de oposición antifranquista. Pero, como la reforma lleva

todos los visos de triunfar, se impone cierta fórmula de negociación entre los partidos del Equipo y la

UDE. No es mi misión definirla, como es lógico, pero parece evidente que si se impone en una etapa

inmediata una marginación de quienes han ocupado puestos políticos revelantes en el seno del

franquismo, se puede permitir una matización en el terreno programático en el sentido querido por

quienes, en definitiva, han jugado un importante papel en la evolución política de estos últimos meses.

OTRO peligro es, sin duda, el de la autosuficiencia. Seamos, una vez más, sinceros y reconozcamos que

en los años de oposición al franquismo, todos los partidos, por razones obvias, no han sido mucho más

que tertulias testimoniales, y la honradez y generosidad de cuyos dirigentes difícilmente pueden ser

puestos en duda. Pensar, sin embargo, que, en las presentes condiciones, los partidos de oposición

demócrata cristiana, sin siquiera unirse entre ellos, puedan desempeñar una tarea de gobierno, es algo

simplemente iluso. Sólo con un elevado grado de unidad es posible suplir las carencias de cada una de las

agrupaciones políticas existentes. Sólo con la unidad será posible dar la sensación, que el electorado exige

y merece, de que se está en condiciones efectivas de gobernar el país. Y entiéndase bien, esto no es sólo

importante para cualquier fuerza política; en el caso de la democracia cristiana es fundamental. En España

la democracia cristiana se encuentra ante esta alternativa: o ser una agrupación política decisiva o no ser

prácticamente nada. Sólo si se consigue dar la sensación de que va a constituir el mejor baluarte de una

democracia estable y bien gobernada, se conseguirá lo primero. Lo segundo puede acontecer si no se

ofrecen esas seguridades y, en consecuencia, se desplaza hacia el "franquismo, sector renovado", una

buena porción del electorado, cuyas exigencias radican en lo expuesto.

UNA última tentación es la de la irresponsabilidad. Durante cuatro décadas de oposición al régimen

franquista los demócratas cristianos, como el resto de los lectores políticos de oposición, hemos vivido en

una situación que, al margen de las persecuciones, tenia bastante de amable, en un cierto sentido. Como

no había elecciones, no teníamos que responder ante un electorado; por eso en los programas, de

la izquierda sobre todo, el componente utópico haría ruborizar al más entusiasta afiliado capaz de un

mínimo de sensatez. Ahora, en cambio, el electorado demócrata cristiano está ahí, es inmediatamente

cuantificable, en términos sociológicos, y tiene unas exigencias, en el fondo bastante claras, que pueden

no coincidir con el lenguaje para iniciados o las fórmulas bellas, pero poco practicables, de los partidos.

No era franquista en los años anteriores a la muerte de Franco, pero tampoco estaba dispuesto a afiliarse a

un grupo clandestino: desea un cambio en sentido democrático, pero también la paz, la estabilidad y,

desde luego, ningún tipo de aventura revolucionario-marxista. A estas demandas, claras y simples, ¿ les

va a contraponer la clase política demo-cristiana unas distinciones intrapartidistas tan inaprehensibles que

ni siquiera han podido ser resumidas nunca en una cuartilla?

ES necesario, obvio y urgente superar estas tres tentaciones. Es necesario iniciar una amplia gama de

iniciativas en pro de la unidad demócrata cristiana: desde la convocatoria de un congreso constituyente

para un único partido de esta significación, en el que se puedan superar de manera definitiva los

personalismos, hasta la unión de las organizaciones provinciales o regionales de las diversas tendencias.

La labor ha de ser constante y partir de la base como medio de presión sobre nuestros líderes. La desunión

es nuestro peor enemigo, porque puede desviar una porción importante del electorado hacia opciones

poco claras o que no supongan el cambio que el pueblo español desea y se merece. Combatiéndola se

cumple, por tanto, no sólo con una tarea de partido; también, sin duda, con una misión patriótica.

Javier TUSELL

 

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