Autor: Gil-Robles, José María. 
   El centro verdadero pide muy poco     
 
 Pueblo.    24/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 16. 

EL "CENTRO" VERDADERO PIDE MUY POCO

SI no fuera triste por sus consecuencias, resultaría divertido. En medio del torbellino de partidos, alianzas,

coordinadoras, comités y negociadoras que cada semana nacen, se alian, se pelean o desaparecen, se están

organizando espectáculos de contradanzas, en que grupos de ocho, dieciséis o treinta y dos parejas —

como marcan los cánones del baile inglés que desplazó al minué a comienzos del siglo XV11I— se

entrecruzan dentro del cuadrilátero de nuestro palenque político, con figuras que unas veces son serias, y

aun ceremoniosas, y otras divertidamente grotescas. Y que conste que, en todo caso, dejo a salvo los

respetos personales.

- Quienes hace pocos años, con convicción que debo creer firmísima y sincera, servían a un régimen

autoritario, y en cierta medida se servían de él, hoy evolucionan con gentil desembarazo en el amplio

marco de una democracia acogedora. Algunos que antaño se situaban ideológicamente en la izquierda,

hogaño aparecen enclavados en una derecha de contornos mal definidos o esperan avizores la oportunidad

de encajar en alguno de sus huecos.

- No he de censurar esas mutaciones, porque, aparte de lo curiosas y aun aleccionadoras que son, pueden

suponer, y de hecho suponen en algunos casos, un esfuerzo digno de respeto para hallar un fondeadero

seguro después de ásperas singladuras de vacilaciones y sobresaltos.

- Sin embargo, y aun cuando reconozco que no tengo titulo alguno para ello, me tomaría la libertad de

dirigir un ruego a tantos políticos valiosos que hoy solicitan la adhesión de los españoles para el día de las

elecciones presuntas, que cuando antes se instalen definitivamente. Todo lo definitivamente que permita,

una realidad política tan cambiante.

- Por la izquierda el panorama está claro, aunque no falten fragmentaciones que acabarán por fundirse, al

menos en su mayor parte.

- En la derecha también las cosas van configurándose con arreglo a unas líneas ideológicas y de intereses

cada vez menos confusas.

- Tenemos en un extremo los grupos del superfranquismo, condenables por su doctrina totalitaria y su

apelación a la violencia, pero que han tenido por lo menos el buen gusto de no disfrazarse.

- A su lado ha surgido la que pudiéramos llamar la alianza del neofranquismo histórico, con dirección

temperamental, dura e imperiosa y pequeños toques de antiguo misticismo político y de ensayismo bon

marché.

- Y, finalmente, lo que pudiéramos llamar neofranquismo reconstruido, de significación netamente

conservadora, que con los brazos extendidos desde Oriente hasta Occidente va recogiendo valiosos

elementos dispersos o todavía mal catalogados, que ansian encontrar su fondeadero desde donde pescar

un acta.

- Creo sinceramente que esos tres grandes sectores van configurando lo que se llama la derecha, tanto de

ideas como de grandes intereses. Y perdóneme el lector esa trasnochada clasificación de derechas e

izquierdas, en gracia a la facilidad de expresión que supone en un trabajo como éste, sin la menor

pretensión doctrinal o científica.

- Pero ¿no creen los políticos a que me dirijo, y la opinión, que se encuentra desorientada e inquieta, que

no dejaría de tener utilidad un centro —verdadero y no meramente nominal— que equilibrara la política

española, que rechazara con igual energía la revolución y el continuismo disfrazado, que no transigiera

con la perpetuación de los totalitarismos al servicio de los grandes intereses, y que actuara como motor de

una mayor justicia para todos e instrumento debelador de los egoísmos?

¿No han pensado los que en nombre de la unidad propugnan los fáciles esquemas maniqueístas de

buenos y malos, de derechas e izquierdas, que si no se llena el vacío entre los dos extremos con una

política de sinceridad se irá inexorablemente a la nueva y trágica división de España en dos?

- Bien está que desaparezca esa profusión de partidos que están convirtiendo la democracia española en

una caricatura.

- Me parece indispensable que se favorezcan las fusiones, las concentraciones y las alianzas, que tanto

contribuyen a la liquidación de las minifuerzas. Pero ¡que sea por móviles más elevados que el afán de

asegurar unas actas en las elecciones! Porque de lo contrario se favorecería la erección de nuevas tertulias

en partidos, que luego correrían a reforzar alianzas electorales para asegurar a las cabezas de los

grupúsculos un puesto de un cierto ingenuo protagonismo en el proceso electoral. ¡Pobres Cortes las que

salieran de esa concentración de tan pequeños «ideales»!

- Quienes creemos en la utilidad de ese auténtico centro y estamos dispuestos a gastar —sin

exclusivismos ofensivos para los demás y sin condena de posibles contactos circunstanciales— nuestras

energías en tan dura e ingrata tarea lo menos que podemos pedir es que no se pretenda que nos

desdibujemos, que vayamos a la guardarropía del teatro a buscar un disfraz de mejor o peor gusto, que

desorientemos a las gentes que crean en la sinceridad que proclamamos, que arrastremos por el suelo un

ideal que no es sólo nuestro.

- En cualquier país —y de un modo especial en España— no es cómodo estar situado entre los

extremismos de signo opuesto. ¡Que nos dejen tranquilos en nuestra incomodidad! Bien poco es lo que

pedimos a cambio de practicar una política congruente con nuestras ideas.

José María GIL-ROBLES

 

< Volver