Autor: Tusell, Javier. 
   Democracia cristiana y jerarquía eclesiástica     
 
 Ya.     Páginas: 2. Párrafos: 6. 

DEMOCRACIA CRISTIANA Y JERARQUIA ECLESIASTICA

LAS dos excelentes "cartas" que monseñor Tarancón ha dirigido a los madrileños resuelven y aclaran un

posible problema de conciencia que puede existir en nuestro país como consecuencia de las peculiares

condiciones en que se ha desarrollado la política durante las últimas cuadro décadas, pero que desde hace

tiempo tiene una solución obvia tanto desde el punto de vista doctrinal como desde el de la práctica

cotidiana. Me refiero, claro está, al de la confesionalidad de los partidos y su dependencia de la jerarquía

eclesiástica. Como dice monseñor Tarancón, aquellos partidos políticos que pretendieran, en base a la

utilización del calificativo "cristiano", monopolizar en beneficio de unas opciones políticas concretas el

sentimiento religioso de una buena proporción de los españoles, cometerían un indudable abuso y más

aún en tiempos como los presentes. Son, en cambio, lícitos e incluso pueden ser recomendables los

partidos que, sin ningún tipo de monopolio o exclusividad, profesen una inspiración cristiana, en cuanto a

sus planteamientos ideológicos fundamentales.

En este contexto obvio, pero no por ello menos necesitados de recordación, ¿qué ha de suceder con una

tendencia, política que en toda Europa recibe el nombre de democracia cristiana? Para llegar a entender lo

que esta, denominación pretende significar es imprescindible remontarse a la última década, del siglo

XIX, en que por vez primera fue utilizada en los textos papales no con una significación política concreta,

sino para describir lo que debía ser la actuación de los católicos en el terreno social. Ya en el siglo XX la

expresión "democracia cristiana" sirvió para denominar, en el terreno político, una pluralidad de

actitudes; por ejemplo, la de quienes, como Rómulo Murri, pretendieron, en un sentido que en la época

sería izquierdista y que hoy se podría identificar con lo que habitualmente se denomina como

"progresismo cristiano", monopolizar el cristianismo para sus posturas concretas, y por ello fueron

condenados. También sirvió para denominar a aquellos partidos que, por haber sido sometidos los

católicos a una discriminación política, originariamente tuvieron como motivo fundamental luchar contra

ella. Sin embargo, en pulses como Italia, en la que la mayor parte de la población era católica cuando en

1919 surgió el antecedente de la actual Democracia Cristiana, la denominación que se usó - Partido

Popular Italiano - no hada ninguna alusión a la religión, y su fundador, Luigi Sturao, proclamó su

independencia de la jerarquía eclesiástica, así como reivindicó la ortodoxia de otras posturas políticas que

no fueran la, suya, avanzando, por tanto, en el camino de la mutua independencia, de lo religioso y lo

político. Si después de la segunda guerra mundial no se volvió a aquel nombre fue porque el adjetivo

"popular" recordaba en exceso al pasado, y además tenia, el inconveniente de ser usado en aquellas fechas

por los comunistas para camuflar, al menos semánticamente, la implantación de dictaduras en el este de

Europa. Nadie en la Europa democrática actual tiene derecho a considerar como única opción posible del

católico la democracia cristiana: en el último manifiesto de la Unión Mundial Democrática Cristiana la

alusión o la religión es tan vaya que se reduce a hablar de una "inspiración en los valores espirituales y

éticos del cristianismo, particularmente en nuestra visión del hombre y la sociedad".

EN España hubo, a finales del siglo pasado, algunas iniciativas de la jerarquía eclesiástica para promover

un partido católico, pero no fructificaron. Cuando en 1922 fraguó, un primer proyecto de partido, ni su

origen había estado en la jerarquía eclesiástica ni en su denominación (Partido Social Popular) se hacia

alusión a la religión católica. Luego, en la Segunda República, la CEDA vino a ser una especie de órgano

defensivo del catolicismo que no era propiamente un partido demócrata cristiano, pero algunos de cuyos

dirigentes (Gil-Robles, Lucia, Giménez Fernández; lo eran. La CEDA cometió errores graves (aunque

probablemente lo fueron menos que los del partido socialista,), y uno de ellos fue el exacerbado

clericalismo de su propaganda, algo que nunca debió producirse y que hoy en día está definitivamente

muerto. Sin embargo, nadie podrá decir, sin faltar a la verdad, que dependió en su dirección política de la

intervención de la jerarquía, porque esto es algo de lo que no existe ninguna evidencia documental, ni es

probable que exista en el futuro porque no se dio.

CUANDO al final de la década de los cincuenta, aparecieron en nuestro país los primeros grupos

demócrata cristianos lo hicieron a partir de unos presupuestos ideológicos de oposición al régimen

franquista que no eran compartidos por una gran parte de los católicos españoles y en la fundación de

estos grupos no jugó ningún papel la jerarquía eclesiástica. Así se explica, por ejemplo, que Giménez

Fernández, primer presidente de Izquierda Demócrata Cristiana, escribiera al Papa una carta en la que se

decía que "no se nos oculta que tal intento (la fundación del partido) puede causar a sus promotores

dificultades en la legalidad civil y dispuestos estamos a ello, pero hemos de intentar evitar que un

regalismo a ultranza permita agregar contra nosotros censuras doctrinales que pueden perturbar nuestras

conciencias". Giménez Fernández no pedía el monopolio del cristianismo, por supuesto; simplemente era

consciente de que en importantes medios católicos de la época podría ser acusado de heterodoxo.

Ninguna ayuda directa han recibido de la jerarquía eclesiástica los demócrata cristianos españoles durante

años de oposición al franquismo. Bastará con recordar que, después de lo que la propaganda franquista

denominó como "contubernio de Munich", una figura principal entre los asistentes, José María Gil-

Robles, escribió, "sin rencor, aunque no sin una inmensa amargura", o determinado miembro de la

jerarquía eclesiástica, que estuvo presente en un acto oficial donde se pedía "la horca para los de

Munich".

Gil-Robles lamentaba, en esta ocasión, el "tristísimo espectáculo de quienes, pudiendo hacerlo sin riesgo,

no sólo no reaccionaron contra la iniquidad, sino que seguramente contra su más intimo deseo, parecieron

apoyarla con su indiscutible autoridad moral y religiosa".

En el momento actual, todos los grupos que en España quieren inspirarse en los principios de la

Democracia Cristiana, desde la UDE a Izquierda Democrática, están de acuerdo en que tal denominación

no les satisface: la mejor prueba de ello es que la mayor parte de los casos la palabra "cristiano" ha

desaparecido de sus siglas, y en los casos en que esto no es así, en buena parte se debe al temor a verse

descalificados en cuanto a una homologación internacional. En efecto, en un país como el nuestro, en que

un largo ayuno político ha hecho que la incultura política sea un fenómeno generalizado y temible,

incluso en los medios sociales más inesperados, "democracia cristiana" es una gran opción que, como

revelan las encuestas de opinión, es identificada de forma bastante precisa por el elector. Es, además, y

esto casi no es necesario decirlo, una gran opción en la Europa a la que ineluctablemente hemos de

dirigirnos.

En definitiva, a nosotros, demócratas cristianos españoles, nuestra misma denominación no nos gusta,

aunque quizá sea inevitable en el confuso momento presente. No pretendemos ningún tipo de monopolio:

no somos clericales ni una prolongación política de la jerarquía eclesiástica. Somos, como gustaban decir

nuestros clásicos, demócratas de inspiración cristiana, y a esa inspiración no podemos, ni queremos, ni

debemos renunciar.

Xavier TUSELL

 

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