Autor: Sena, Ernest. 
 Temas para después de referéndum. 
 Una democracia para España     
 
 Arriba.    22/12/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 11. 

TEMAS PARA DESPUES DE UN REFERENDUM

UNA DEMOCRACIA PARA ESPAÑA

Por Ernest SENA

Después del claro lenguaje del referéndum, España se dispone a abrir se a un período de elección de

opciones concretas. Sin que los criterios de nuestros colaboradores coincidan con la opinión de este

periódico - que está claramente expresada en su línea editorial - , ARRIBA abre sus paginas a la

exposición de criterios que sirvan para la clarificación de fuer zas políticas. Entre ellas está, lógicamente,

la Democracia Cristiana, con sus diversas alas. Una de ellas es la representada por Ernest Sena,

valenciano, integrado en el Equipo de Estado de la DC.

DESDE hace muchos años, en los más variados rincones de nuestra piel de toro y a través de los

instrumentos que en cada momento se han podido utilizar, los demócrata-cristianos venimos luchando por

la instauración de un sistema democrático para las pueblos de España. Nuestra lucha ha tenido, y seguirá

teniendo siempre una doble motivación: ideológica y ética, por un lado; política y práctica, por otro.

Nuestra ideología, el conjunto coherente de ideas que forman nuestra concepción de la persona y de la

comunidad, inspirada en el humanismo cristiano, nos lleva a promover la organización de los asuntos

públicos en base a principios tales como: la libertad inalienable e indivisible de la persona, la igualdad

entre todos los hombres y mujeres, la solidaridad como fruto de la necesaria proyección social de la

persona. Cuando estos principios básicos han sido transgredidos, los demócrata-cristianos lo hemos

denunciado y nuestra acción ha ido dirigida a sustituir la organización política vigente por otra basada en

su supremacía.

Nuestro sentido relativo de la política, de la convivencia pacífica entre los ciudadanos que forman la

«polis», nos aporta un espíritu pragmático de esa convivencia, alejado de todo tipo de dogmatismos y

actitudes intransigentes, como también de relativismos y aislamientos individualistas. El diálogo entre

todos los ciudadanos para solucionar cualquier tipo de problemas es nuestra actitud básica de partida. Por

ello, de entre todos los sistemas experimentados por la humanidad a lo largo de los siglos, la democracia

es el único hasta la fecha que permite la vigencia de aquellos principios y el trabajo común en base de esa

actitud de diálogo y concordia.

Pero con ello no basta. La democracia es algo más que un imperativo inaplazable de nuestro presente

histórico, algo más que una necesidad impuesta por la evolución de los acontecimientos, que una

estrategia política o que una fase intermedia hacia un estadio teóricamente superior, en el que la misma

democracia (libertad, justicia, solidaridad) está en peligro. La democracia es un fin último con entidad

propia, algo a conseguir y perfeccionar día a día. Es, en definitiva, para los demócrata-cristianos, el medio

más idóneo de alcanzar la plena responsabilización y participación de todos y cada uno de los ciudadanos

en todos y cada uno de los asuntos de la comunidad.

Quienes constituimos la colectividad política española nos encontramos hoy ante una enorme

responsabilidad que debe ser afrontada por todos, sin reservas ni exclusiones absurdas, con una gran dosis

de serenidad, de imaginación y de decisión políticas. Cerrada para siempre una etapa excepcional de

nuestra Historia conjunta, debemos dirigir nuestros esfuerzos a la consecución de un sistema democrático

que permita esa plena participación y responsabilización de la persona en la comunidad. No es una

democracia «a la española», sino una democracia, sin adjetivos, hecha por y para los pueblos de España.

Desde una perspectiva demócrata-cristiana, y partiendo del hecho nacional del País Valenciano, en que

me sitúo, la tarea enunciada implica un diálogo profundo para el establecimiento de un marco de

relaciones políticas que permita la estabilidad y el progreso de los diferentes pueblos hispánicos. Ese

marco es una nueva Constitución que dé respuesta a tres grandes problemas que venimos arrastrando

todos los españoles desde hace más de un siglo. He aquí los problemas y un primer apunte para su

solución:

1. La continua vulneración de los derechos más elementales de la persona humana y de las libertades

ciudadanas. Para poner fin a esta triste tradición es necesario establecer una auténtica separación de

poderes, acompañada de los mecanismos precisos de control entre ellos. Para garantizar la libertad y

eliminar arbitrariedades, deberán poseer rango constitucional la Declaración de los Derechos Humanos de

las Naciones Unidas de 1948, la Convención Europea de los Derechos de! Hombre de 1850 y sus

protocolos, la Carta Social Europea de 1961, los Pactos Internacionales sobre Derechos Humanos de 1966

y el Acta Final de Helsinki de 1975.

2. La injusticia producida por unas estructuras socioeconómicas en las que domina el interés

privado de unos pocos y la prepotencia de fuertes grupos de presión oligárquicos. Superar esta

situación exige partir del reconocimiento expreso de la primacía del trabajo sobre el capital en las

relaciones de producción, y de que el sistema capitalista vigente ha generado profundos desequilibrios

sociales y territoriales. Frente a estos datos, es necesario orientar las estructuras económicas hacia

fórmulas en las que sean compatibles las empresas socializadas, las autogestionadas y las de

propiedad privada; garantizar la libertad de iniciativa creadora y la eficacia del mercado, libre de

manipulaciones monopolísticas, todo ello a través de una planificación elaborada, gestionada y

controlada democráticamente.

3. La persistente marginación, y aun persecución, de las características diferenciales e intereses

propios de las comunidades nacionales y regionales que forman el Estado español, en beneficio

exclusivo de una clase política y económica caciquil y centralista. En este punto, debe partirse

claramente del reconocimiento de la base plurinacional española para encontrar una fórmula que

garantice: la vida y subsistencia de las nacionalidades y regiones, su autonomía y su coexistencia y

convivencia solidaria y fecunda.

Sólo la fórmula federal, esencialmente conexa con la idea de democracia, permite conjugar la autonomía

de todas las partes con la unidad del todo, de tal manera que mientras en lo específicamente suyo los

grupos son autónomos, en la dirección de los asuntos de la comunidad global se hallan sometidos al poder

superior, en el que necesariamente todos participan. La solución federal descansa en tres principios clave:

autonomía en la gestión de los asuntos privativos; participación y solidaridad ante los problemas

comunes, y generalidad en su aplicación, eliminando posibles situaciones de excepción o privilegio.

Miércoles 22 diciembre 1976

 

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