Autor: Gil-Robles Gil-Delgado, José María. 
   Una Democracia cristiana para España     
 
 Arriba.    01/12/1976.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

UNA DEMOCRACIA CRISTINA PARA ESPAÑA

1. Al cabo de cuarenta años de un sistema autoritario que había acaparado para

sí todo el poder, los

españoles nos encontramos ante la tesitura de tener que ejercer como árbitros de

nuestro propio futuro.

Naturalmente, la ocasión se presta para que al ciudadano medio se le formulen

múltiples ofertas (al menos

al habitante de las grandes urbes, porque habría que ver cuántas opciones se

hallan realmente presentes en

zonas extensas del país), a menudo disfrazadas con etiquetas que «suenan» bien,

que tienen un aire

europeo y democrático. Así ocurre con la democracia cristiana, con la

socialdemocracia, el socialismo,

etc.

Ocurre, sin embargo, que ese ciudadano medio no es tonto. Quizá algunos «neo-

demócratas» creen lo

contrario, pero se es demócrata precisamente por confiar en el buen sentido

político de los conciudadanos,

por creer que el pueblo no es un conglomerado de menores de edad, sino un

conjunto de gentes que saben

bien lo que quieren y lo que más les conviene.

Pues bien, ese ciudadano medio sabe que en España hay una serie de partidos,

distribuidos por todo el

territorio del Estado, a los que se les suele llamar «homologados». Son los

partidos que componen la

Federación Popular Democrática (Partidos Populares Democráticos de Aragón,

Andalucía, Castilla y del

Oeste y Democracia Cristiana Vasca), Izquierda Democrática, Unión Democrática de

Cataluña, Unión

Democrática del País Valenciano, Partido Nacionalista Vasco y Partido Popular

Gallego. Todos ellos

conjuntados en el Equipo Demócrata-Cristiano del Estado Español, que tiene su

Secretariado Político, una

representación Internacional con-junta y órganos comunes en materia de

formación, investigación, etc. Es

decir, un conjunto sólido, de partidos con una misma ideología y objetivos

comunes y con siete años de

rodaje y experiencia de actuar conjuntamente.

2. El término «homologados» es equívoco. Parece indicar como si fuese la Unión

Europea Demócrata-

Cristiana la que hubiese dado un marchamo de legitimidad a los partidos que he

citado. Y eso no es

exacto. La legitimidad demócrata-cristiana no nos la ha reconocido ni nos la

tiene que reconocer nadie.

Nos la hemos ganado a pulso construyendo, en unión de los demás partidos de

nuestro continente, la

Unión Europea Demócrata-Cristiana, desde su fundación en los locales del Partido

Nacionalista Vasco en

París hasta la elaboración del Manifiesto Europeo, pasando por la participación

en todos los Congresos,

tanto europeos como mundiales, en las distintas comisiones, en el Consejo

Directivo, etc.

Ni la Unión Europea ni la Unión Mundial son algo ajeno a nosotros. Son

agrupación de quienes con

nosotros comparten unos ideales, no tribunal que nos haya de examinar y aprobar.

3. He dicho que los partidos de Equipo Demócrata-Cristiano tienen una ideología

común en sus rasgos

esenciales. No podía ni puede ser de otro modo, pues esos grandes principios

básicos, esos ideales

compartidos, son los que permiten calificar a un partido como demócrata-

cristiano.

Quien quiera separar el grano de la paja, quien pretenda ir al fondo de las

cosas y no dejarse guiar por

simples etiquetas, tiene en esos principios una guía segura. Para saber si un

partido es demócrata-cristiano

o no, no tiene más que comprobar si es fiel —con sus hechos, no con meras

palabras— a los ideales que a

continuación enumero:

a) La afirmación del valor de la persona y la fe en el hombre, en su aptitud

para ser libre y tomar por sí

mismo decisiones razonables. Es decir, la defensa de los derechos de la persona

humana, «para todos» sin

excepción, y su tutela efectiva por un poder judicial independiente.

b) La fidelidad a la democracia como un valor sustancial. La democracia no es

para nos otros un

instrumento que se usa cuando no hay más remedio, un expediente para hacerse con

el poder o para

conservarlo. Tiene un valor educativo en el respeto a las ideas e intereses del

adversario, el juego limpio

en la lucha social y política, etc., y un valor de garantía de protección a los

derechos de la persona en el

proceso de cambio social y de defensa de la participación en la toma de

decisiones a todos los niveles.

Para ser demócrata-cristiano hay que empezar por sentirse demócrata y actuar

como tal.

c) El reconocimiento de una pluralidad de comunidades, en las cuales el

hombre vive su vida y se

realiza, y que van desde la familia a la comunidad europea. Los demócrata-

cristianos hemos hecho

Europa sin descuidar la potenciación de sus regiones, de sus municipios, etc.

Quien no reconozca este

derecho de las comunidades a autogobernarse y a contribuir al gobierno de las

más ampliar (esta es la

esencia del federalismo) no ha comprendido nada de la democracia cristiana.

d) La defensa de la solidaridad, que no supone negar la lucha de clases ni

los demás conflictos, sino

rechazar el que puedan resolverse por la dominación de un grupo de una clase, ni

por la eliminación del

adversario.

e) La búsqueda de la igualdad mediante el uso de toda clase de instrumentos:

fiscalidad, planificación,

formas privadas y públicas de propiedad, huelgas y mecanismos sindicales,

sin convertirse en

prisionero de ninguno de esos medios, sino dirigiéndolos al objetivo de hacer

una sociedad de hombres

iguales.

f) La aspiración de lograr una sociedad fundada sobre normas éticas, con

libertad para cada uno de

tener sus propias convicciones y excluyendo legalmente cualquier forma de

agresión de unos hacia

otros.

Principios todos ellos decisivos para lograr una convivencia entre todos los

españoles en paz y libertad.

Ideales que estamos seguros de que comparte una gran masa de ciudadanos, que

quiere el

restablecimiento de una democracia auténtica por medio de unas elecciones libres

y limpias.

Miércoles 1 diciembre 1976

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