Autor: Blanco Tobío, Manuel. 
   El cambio     
 
 ABC.    02/07/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC

2-7-1977

SI algo han revelado las urnas del 15 de junio ha sido el deseo del pueblo español de reformar la sociedad

en que vive. Los resultados de las elecciones han sido políticos y de esta manera se manifestarán; pero la

motivación del voto ha sido sociológica. Sin duda, las libertades del individuo, sus deberes y sus

derechos, han sido importantes componentes del voto popular pero, en mi opinión, quizá el principal

definidor de ésfe ha sido la sociedad tomada en su con/unió, con sus problemas y con sus aspiraciones.

Entre éstas, una descollante: Cambiar.

El deseo de cambiar ha sido uno de los grandes protagonistas del proceso de democratización.

El cambio es una necesidad histórica y biológica. Ortega y Gasset, citando a Tácito, nos dice que "la

estructura de la vida se transforma siempre de quince en quince años». No recuerdo en qué basa Ortega

esta afirmación, pero si recuerdo que lo mismo me alio Arnold Toynbee, en una de las visitas que le hice

en su piso de Londres; sólo que en vez de quince hablaba de veinticinco años.

Y ¿qué hay que cambiar en la sociedad española?

En nuestro vasto repertorio de cambios y reformas podemos remontarnos, en el capítulo de las eternas

insatisfacciones, al siglo XVIII, como en el caso de la reforma agraria. En tiempos más recientes

¡levamos alojadas en algún recóndito lugar de nuestras frustraciones la reforma de la educación y, por

último, la reforma fiscal. Pero al lado de estas eternas reformas pendientes sentimos con urgencia otros

cambios de menor fuste, pero que siguen formando parte de aspiraciones que van de la sociedad de

consumo a la sociedad permisiva, sólo parcialmente conseguidos.

En los últimos años han ocurrido en nuestro país cambios que no han sido suficientemente estudiados; o

lo han sido mucho más desde la óptica sociológica que de la política, razón por la que eran difíciles de

identificar dentro de las urnas. Piensen, en primer lugar, en el radical giro de la Iglesia española tras el

Vaticano ti; piensen en la creciente y acelerada apertura de los medios de comunicación social; en ¡a

aparatosa demolición de ios "tabúes* culturales y sexuales; en los efectos de temor y coactivos del

terrorismo. Y piensen, sobre todo, en una juventud con un bajo Índice de formación académica, según los

patrones convencionales, pero con una notable información sobre los movimientos culturales y

contraculturales que están circulando por el mundo.

Todos estos cambios son lo bastante profundos y amplios como para modificar las estructuras de nuestra

sociedad, y quien no haya tenido conciencia de ello difícilmente comprenderé lo ocurrido en las urnas del

15 de junio. Asi. invocar íos valores de fa familia en una sociedad que está disolviendo o corrompiendo

ios lazos familiares; o defender el pudor de la mujer, cuando los matrimonios de la burguesía más

convencional llenan ¡os teatros y cines de destape; o querer mantener sistemas educacionales

tradicionales en un campo en el que ya se han escrito libros como el de Iván Illich (Deschooling Society),

de tan enorme impacto; sostener todo esto sin enmendarse puede servir para construir una admirable

biografía personal, pero con frecuencia sirve también para enterrar a un candidato.

Las sociedades democráticas de Occidente han aplicado una abrasiva critica sobre todo esto, y en todas

partes han encontrado una formidable clientela entre la multitud de padres abrumados sobre cuyos hijos

han perdido toda autoridad, y a los que apenas entienden»; Entre multitud de matrimonios que están más

Interesados en juzgarse que en amarse; entre estudiantes frustrados por el fraude de confundir enseñanza

con aprendizaje; avance académico con educación; diploma con competencia y facilidad de palabra con

capacidad de decir alqo nuevo»; y todo esto, en una atmósfera hedonístlca, en la que el cuerpo humano ha

sido revelado y desvelado, como una desnuda estatua de bronce extraída de un mar jónico.

La crítica sociológica y humanística burguesa, con un fuerte empréstito del marxismo y de su

metodología, ha caído con un hacha de abórdale sobre todo esto que venimos diciendo, y si de este campo

pasamos al de la economía, los efectos aún son más devastadores. La crisis por la que estamos pasando en

ese campo, y en la que el tactor energético sólo ha sido desencadenante, no está sino demostrando *urbl et

orb/» la incapacidad del capitalismo, al menos en Europa, para solucionar dicha crisis, sin poder poner a

pruebe, para vafiosos «tests» comparativos que nos servirían cuando menos *de consolatlone

fllosophiae». la capacidad del sistema marxista ante desafíos de tal fuste, demostrándonos de paso que la

riqueza de Europa dependía, en buena medida, de la resignación o Impotencia de unos cuantos emiratos

árabes forrados de petróleo.

Una sociedad así configurada, y a cuyos rasgos aquí abocetados habría que añadir mil más, empezando

por la pestilencia del aire que respira, ha aprendido a sospechar un embeleco detrás de todas las grandes

palabras y conceptos que antaño formaban el armazón moral de toda sociedad civilizada. Esas grandes

palabras y conceptos han dejado de ser útiles herramientas políticas; hoy no son más oue ruidosos

cacharros.

La verdad es que se había desarrollado hace ya bastantes años una fuerte demanda de cambio en múltiples

direcciones, y cuando muchos candidatos en las elecciones del 15 de junio dieron el gran salto de las

urnas, al otro lado se encontraron, probablemente por primera vez en su vida, con una realidad que no

coincidía con ¡a suya; con una sociedad española que si bien conserva su tradicional lote de

abominaciones nacionales, parece haberle perdido por completo el miedo a una Querrá civil, aunque no se

haya olvidado del todo de la última; oue si aún lleva en su cabeza cierto desorden y en su corazón cierta

pendencia, ha sabido racionalizar sus aspiraciones políticas y controlar sus emociones; que, en fin, tras

tanto correr la pólvora, parece haber hecho la paz con la vida, a ia que, por otro lado, tanto ama.

Si la respuesta a la demanda de cambio se ha manifestado en las urnas bastante clara, será buena

prudencia política de quienes nos gobiernen seguir, con el oído pegado a ia tierra, la evolución de dicha

demanda. No estoy pensando sólo en las tres grandes reformas eternamente diferidas (agraria, fiscal,

educacional): estoy pensando también en que la sociedad española todavía es demasiado clasista; en que

es demasiado inculta y en que todavía está demasiado fascinada por su pasado, remoto o Inmediato.

Escribía una vez Sulzberper que a España había que arrastrar/a kicking and screaming´ (Gritando y

pataleando») hasta el siglo XX. Pues ya estamos en él. Parece ser que al fin lo hemos conseguido.

Las demandas de cambio a que he venido refiriéndome creo que no podrán ser estacionadas

Indefinidamente en algún lugar del limbo, como ha ocurrido hasta aquí. Hemos agotado ya varías

generaciones de regeneraclonlstas clamando en el desierto por una nueva sociedad española y ahora que

quizá tenemos razones suficientes para pensar que no estamos Inaugurando una desventura nacional más,

sino una prometedora carrera de aprendizaje de la democracia, ha llegado, definitivamente, el momento

de poner manos a la obra. Esta es la hora del cambio, y no se podrán frustrar las esperanzas y las

Impaciencias que esperan en eí umbra/, sin correr graves riesgos. España está lista para instalarse de una

vez y para siempre en lo que vagamente solemos llamar «e/ mundo moderno´, que combina libertad,

democracia, tecnología y espiritualidad.

M. BLANCO TOBIO

 

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