Escuela-criba y estructura de clases     
 
 El País.    04/03/1978.  Página: 27. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

EL PAÍS, sábado 4 de marzo de 1978 EDUCACIÓN 27

Escuela-criba y estructura de clases

Cuando de enseñanza se trata, ya se sabe, el tono más adecuado es el de dignidad ofendida. Empezando

por esa especie de tic que mecánicamente se nos dispara: igualdad de oportunidades ante la enseñanza.

Puede que resulte algo fuerte, pero es cierto: doscientos años después de la Revolución Francesa no se

nos ocurre defender otros principios que los más o menos explícitos en la concepción jacobina de la

Escuela.

¿Y el socialismo? ¿Dónde están los socialistas? Porque, que se sepa, tampoco la izquierda—al menos la

de campanillas ha inventado nada: igualdad de acceso, a cada cual según sus capacidades, y como adobo,

esa cosa tan inefable y candida, y sobre todo confusa, de la Escuela liberadora. O sea la vertiente escolar

del principio de la sociedad de iguales, y de la democratización y todo eso. Justo —en la letra y en la

música— los ideales de la pequeña burguesía jacobina.

La única nota desafinada en este coro, mezcla de votos piadosos y de grandes gestos, resulta ser la de esa

versión neo-romántica y antiintelectualista que nos viene servida desde el underground, esto es, desde las

cavernas, y qué es (perdón, así lo creo yo) expresión de fascismos inconfesables: «La cultura, esa

mierda», «¡Abajo los intelectuales!», «Destruyamos la universidad», y, en fin, otros parejos terrorismos.

Como decía, de la misma madera del fascismo.

Contrastando con la incoherencia de nuestra izquierda, la pequeña burguesía jacobina sabía lo que quería

decir. Combatía las jerarquías artificiales del nacimiento y del dinero, y defendía el establecimiento de la

jerarquía tenida por natural y verdadera, a saber, la jerarquía del mérito escolar, del talento, del grado de

instrucción. Que todos seamos iguales ante un sistema de enseñanza erigido en juez de la desigualdad

entre los hombres. Sistema de enseñanza cuyo cómétido sea el de dar a cada uno su merecido, escolar y

socialmente. O sea como en el teatro de . Calderón; pero ahora con un repartidor de papeles más

inteligente y eficaz: el aparate escolar.

Sin embargo, las sociedades divididas en clases encuentran las garantías ideológicas de su supervivencia

precisamente en estos principios. Estos principios no son otros qué la versión escolar y dulcificáda de la

práctica del capitán de empresa manchesteriano. Una escuela abierta para que cada cual pueda ;probar sus

dotes intelectuales es el equivalente de un mercado abierto para que cada cual pueda probar su capacidad

depredadora. Es precisamente a través de la puesta en práctica de la versión escolar de la lógica capitalista

que las sociedades divididas en clases —o sea todas las que conocemos se legitiman, se mantienen y se

reproducen.

Consagración del orden capitalista

Sostenidos miméticamente por la izquierda de más bulla, los ideales jacobinos consagran dos pilares

básicos del orden capitalista: el de la competencia, o lucha de todos contra todos, y el de la desigualdad

social; vertebrada en un concreto sistema de clases. Precisamente de lo qué menos se trata es de conseguir

una sociedad igualitaria. Todo lo contrario, se lucha por una sociedad desigualitaría, pero justa (sic).

Pero, ¿qué ocurre cuando se ponen los alumnos á competir por esos salvoconductos y patentes de corso

que dispensa la Escuela? Ocurre, que el acceso a ésta está determinado por el origen social. Ocurre que la

organización escolar dispone de tantos compartimentos como grupos sociales característicos existen en su

entorno: centros para pobres y centros para ricos, centros para alumnos con vocación de albáñil y centros

para alumnos con vocación de grandes accionistas. Ocurre qué la división interna del aparato escolar

constituye un espejo, un calcó de la división de la sociedad en clases.

Todos los problemas de escólarización, de acceso, de diferenciación y jerarquizaron de centros, grados o

especialidades, está atravesado por el problema de la clase social de origen del alumnado. Pero dejemos

esto a un lado. ¿Qué pasa cuando se cierra la puerta del aula y se ponen los alumnos a estudiar, o sea a

competir? Ocurre que nada de lo que sucede dentro de las aulas —curriculum, relación alumno/profesor,

actitudes ante el estudio, horizonte social, calificaciones escolares, comportamiento académico, fracaso

escolar—, nada, digo, es independiente de la clase social de origen. Y ocurre, sobre todo, que la cultura

escolar es una cultura de y para las clases dominantes, y que los procedentes de clases trabajadoras tienen

otra cultura que esa, otro lenguaje, otras categorías de pensamiento: proceden de un universo cultural

distinto, contrapuesto.

En estas condiciones, la presencia de este alumnado en las clases constituye una invitación a que se

desdasen, y, alternativamente, un ejercicio de sado-masoquismo: entran a la escuela como pobres,, y salen

de ella como pobres y, además, como tontos, esto es, no tienen vocación, no tienen aptitudes. Estos niños

—la mayoría de los españoles— serán descalificados socialmente, y no de un modo grosero, o sea por ser

pobres, sino ahora con guante blanco: porque no han estudiado, porque no valían para otra cosa.

Bajo la ficción de la neutralidad el aparato escolar consigue individualizar el problema: estos alumnos han

fracasado. Por lo demás, el resultado será considerado tanto más incuestionable cuanto mejor funcione la

Escuela.

Legitimar las desigualdades

A todo lo largo de la carrera escolar, en eso consiste el cometido del sistema de enseñanza: desconocer

(de derecho) las desigualdades sociales y legitimarlas (de hecho) por la vía de la conversión en

desigualdades escolares. Existen suficientes materiales empíricos —incluso para la sociedad española—

que testimonian que esa operación de trucaje ocurre en los diferentes grados de enseñanza. Ofrezco al

lector dos botones de muestra (véase tablas adjuntas) tomados de un libro en el que sobre todos estos

problemas me despacho más a gusto que lo que puedo hacerlo aquí.

Los principios jacobinos— a los que aparece sumada la izquierda, y no ya la española, sino la europea—

constituyen la vertiente escolar de la política burguesa del enriqueceos y del sálvese quien pueda: Esta

política consiste en utilizar el aparato escolar como vía dé soluciones individuales al problema de la

existencia de las clases sociales. El sistema de enseñanza se ha potenciado como instrumentp de

movilidad social controlada. Y está claro que la movilidad, mal llamada social, refuerza la legitimidad de

la estructura de clases.

Con todo, la chachara sobre este tema insiste: la educación está en crisis, la Escuela ha muerto.

Dejémonos de tonterías. Para lo que realmente sirve, este sistema de enseñanza cumple eficazmente su

papel: esa larga operación del examen, del registró, del chequeo-cacheo, del test, de la prueba y, en fin,

del estampillado de títulos. Cada día va a tener más trabajo y cada día ese trabajo es más y más

importante. Con el concurso de la izquierda, los ideales jacobinos se están lentamente cumpliendo: la

trayectoria de los últimos doscientos años, aunque tan lenta, actualmente se está acelerando; Dígalo, si no,

la LGE de 1970.

Ahora bien, la Escuela-criba es la misma que la Escuela-tapadera: la desigualdad social se traduce en

desigualdad escolar; la ventaja económica, en ventaja académica. En suma: igualdad ante la enseñanza...

para después seguir siendo desiguales. Sólo que ahora las desigualdades que antes podían ponerse en

causa son ya legítimas, incuestionables.

Concluyendo, la Escuela que conocemos constituye una creación surgida en determinado momento del

desarrollo de las sociedades divididas en clases —Europa: fines del siglo XII—. Esta Escuela fue

teorizada, mucho antes, por Sócrates-Platón, y remozada ideológicamente por Kant-Rousseau, padre

espiritual, éste último, de los más conspicuos peones de brega del movimiento pedagógico reformista. Los

principios de funcionamiento del aparato escolar —en su estado puro: los principios jacobinos— son

inseparables de una sociedad radicalmente competitiva y desigualitaria. Cuanto mejor se plasmen en la

práctica estos principios, más cerca se estará de conseguir la legitimación y consagración de la actual

estructura de clases.

Quienes quieren luchar contra la dominación de clase tendrían que pensar como mínimo, mientras dura la

transición, y mucho más allá de la emulación de esos refugios-oasis que hacen las delicias de la cultura

progre y que alimentan su narcisismo (del tipo del de Summerhill), en un sistema de enseñanza que no sea

la traducción escolar (básicamente, examen y diploma) dé latógiea de la competencia, de la

diferenciación, de la desigualdad, de¡ la jerarquía, de la división; en suma,:que no sea la traducción

escolar de la lógica capitalista.

Esta Escuela de transición, la nuestra, está; desde luego, por pensar y por hacer: En cuanto a la otra, la

Escuela-criba, a ésa ya la conocemos y debería estar claro que no es la nuestra. Es la suya. Que la

defiendan ellos.

Gráficos de las calificaciones escolares y del horizonte social, obtenidos de una muestra de alumnos del

primer nivel de.EGB (seis-diez años). La clasificación de ocupaciones se elaboró a partir de las respuestas

de los niños a una pregunta abierta: ¿Qué te gustaría ser cuando seas mayor? Fuente: la obra citada de

Lerena Alesón. Editorial Ariel.

Páginas 405 y 410.

 

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