Autor: Papell, Antonio. 
   El PSOE y la Alianza     
 
 El País.    02/06/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

ANÁLISIS

Antonio Papell

El PSOE y la Alianza

El PSOE ha anunciado, por boca de su secretario general, que convocará un referéndum sobre la OTAN

el día que le sea encomendada la gobernación del Estado. Día que, a juzgar por los últimos resultados

andaluces y por el proceso de crisis del actual partido del Gobierno, no parece demasiado remoto si no

cambian las circunstancias de aquí a las casi inminentes elecciones generales.

El Partido Socialista que encabeza Felipe González ha evolucionado mucho en sus planteamientos desde

junio de 1977, fecha de la primera consulta democrática. No creo que nadie pueda ofenderse si digo que

el tránsito del PSOE de la clandestinidad al PSOE de ahora mismo ha supuesto el paso de un partido

tercer-mundista y africano en sus planteamientos a un partido europeo, socialdemócrata y moderado. Y es

perfectamente natural que así haya sido.

De otra parte, no hay que ser muy sagaz para advertir que la propuesta de un neutralismo matizado por el

placer a la presencia norteamericana en España ha podido servir de tesis opositora, pero muy difícilmente

puede ser sostenida por un partido en el poder. Es asimismo perfectamente lógico que el PSOE, por

coherencia ideológica consigo mismo y por oportunidad política, no haya querido sumarse a la operación

de ingreso en la Alianza Atlántica, si bien sus negativas han sido dichas con la boca pequeña, de quien

está dispuesto de antemano a transigir.

En estas circunstancias, y cuando el partido que fue creado para hacer la transición ha conseguido la

incorporación de España al esquema defensivo y atlántico, tiene poco sentido que el PSOE vuelva sobre

sus pasos y se reafirme en la voluntad de reexaminar la cuestión de la OTAN.

Salvo, quizá, a alguna derecha autoritaria, a nadie le complace especialmente engrosar en un bloque

militar, por lo que tiene de negativo y de belicista esta actitud, pero la afirmación democrática de España,

cuarenta años después de cuando debió hacerse, exige que nos pongamos explícitamente de parte de los

pueblos occidentales.

Efectivamente, el conflicto de las Malvinas ha puesto de manifiesto que España tiene que abandonar toda

elementalidad en su política exterior; la alineación española junto a Occidente no debe hacernos ignorar

ni postergar nuestros vínculos americanos, ni nuestras especiales relaciones con los países árabes, pero

tampoco estas consideraciones deben llevarnos a una excesiva simplificación: España, por ejemplo, podrá

cumplir mucho mejor su papel de mediador entre Hispanoamérica y Europa desde dentro de las

instituciones del continente europeo que desde una marginación.

En resumidas cuentas, el PSOE ha caminado a pasos de gigante en la evolución de sus planteamientos

socioeconómicos y políticos, pero parece haberse quedado rezagado en la política exterior, según un

síndrome, bien conocido aquí, que sería el causante de una identificación espuria entre «progresismo» y

amistad con Fidel Castro, por poner un ejemplo concreto.

Y una vez que se ha logrado vincular al Ejército español con los europeos, una vez que los Pirineos están

empezando a desaparecer del horizonte diplomático español, cualquier retroceso en este camino suena, en

primer lugar, a demagogia, y, en segundo lugar, a una confusión lamentable entre las estrategias

circunstanciales y las verdaderas cuestiones de fondo.

 

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